Había pensado inicialmente dedicar esta semana a Mr. Sherlock Holmes, pero no. Mi inspiración se inclina más por otra rama del arte para esta semana: La Pintura.
Y, nada que me atraiga más para comentar primero que Goya, y específicamente sus pinturas negras, aunque muy seguramente me ande entre las ramas antes de comentarlas.
Tuve la oportunidad de visitar el Museo del Prado, en Madrid, en marzo de 2008. Como en todo lugar interesante, no dejan tomar fotos, el flash puede afectar los lienzos. Luego de un par de horas, se llegó por fin el momento de visitar las salas con obras de Goya. Con un poco de pena admito que era la primera vez que yo oía de las Pinturas Negras y no pudo ser de mejor manera.
Antes de llegar, caminando al lado de La maja vestida y La maja desnuda, mis ojos pasaban de una pintura a otra sin poder detenerse mucho tiempo en una sola obra... Y es que este precisamente es uno de los problemas de visitar de un tirón todo un museo, mucho más tratándose de uno como El Prado. ¿Por qué? Porque, tal como Nigel Glendinning -catedrático emérito de la Universidad de Londres, hispanista muy enamorado de la literatura y pintura españolas, gran estudioso de José Cadalso (a quien dedicaré alguna entrada en mi blog) y sobre todo, el más destacado conocedor de Goya- en una entrevista a un diario español, decía que no es lo más apropiado hacer grandes exposiciones, pues la gente en vez de contemplar detenidamente las pinturas en exhibición, van asomándose a las salas sin detenerse, para poder abarcarlo todo. En este sentido, dice, es mejor exponer 50 y no 100 obras.
Eso mismo me pasó a mí, porque al entrar al Museo, había dos opciones, entrada a la exposición temporal pero enorme de "Retratos del Renacimiento", indudablemente muy interesante, las luces que lograban esos artistas, el extremo realismo de los ojos de los retratos; los encajes en los trajes reales, las telas de pana y de hilos de oro con texturas casi palpables... había que abrir los ojos al estilo andaluz, o sea mucho, jijiji, para poder alcanzar a ver que era pintura y no tela real. La otra opción era entrar además a las salas permanentes. Obviamente elegimos la opción doble.
Pues, continuando con mi interrumpido relato, seguía yo mirando retratos y el tiempo pasaba sin darme cuenta, y al acabar la exposición del Renacimiento y entrar directamente a las salas permanentes del museo, ya mis angelicales plantas (o sea pies) andaban un poco cansadas pero con ganas de descubrir los tesoros de cada sala. jijiji... recuerdo pasar rápidamente por las salas, tratando de ir en orden con las numeraciones, y si hubiera estado sola, aún hoy andaría vagando por la sala 54b, con salida a la 52a, y regresando por la misma puerta pero apareciendo en la sala 53c. Todo un laberinto. También recuerdo cómo de una manera muy discreta nos colocamos, fingiendo examinar una obra, detrás de una pareja que llevaba un guía, y durante unos minutos escuchamos la explicación de un par de cuadros, hasta que se movieron ellos al siguiente y ya hubiera sido demasiado obvio movernos "casualmente" nosotros también...
Pues, volviendo al tema, llegó el tan esperado momento de ver esas Pinturas Negras... y de entrada en la sala, ver El Aquelarre... y más allá, Saturno devorando a su hijo... y yo como era la primera vez que las veía, estaba sin poder apreciarlas como las apreciaría ahora.
Ahora, digo, conozco por lo menos un poco de su historia y detalles, y para ustedes, un resumen aquí:
Sin entrar en detalles personales de los artistas, que no me gusta eso aunque tal vez a veces sea necesario o interesante, diré que Goya adquirió cuando ya estaba mayor y sordo, en 1819, una especie de casa de campo de dos plantas, que hoy se conoce como "La quinta del sordo", ya que el propietario anterior también era sordo. Estaba ubicada en las afueras de Madrid, y hay varias teorías en que, por un lado, se dice que ya había algunas pinturas en las paredes cuando Goya se mudó ahí, y por otro lado, se dice que fue el mismo Goya el que hizo las pinturas iniciales. Como iba haciéndose mayor, estando sordo, y con la historia muy reciente de las guerra finalizada, pues se dice que su inspiración estaba exhaltada con motivos tanto de guerra, como de protesta en contra de la Inquisición, mezclados estos sentimientos con los problemas personales tales como los que mencioné.
Al considerar luego de un tiempo mudarse de esa casa por ciertos motivos, Goya cedió la finca a su hijo, y en ella, tanto en la primera como en la segunda planta, se encontró una serie de catorce pinturas que no había realizado por encargo, que no había realizado para vender, sino que eran obras para él mismo, por tanto muy personales y muy sinceras en mi opinión. Eran obras en donde predominaban las combinaciones de colores oscuros, tonalidades ocre, tierra y negras. Son las muy conocidas Pinturas Negras.
Como cuando algo me gusta lo tengo que investigar, y digo tengo que, porque se vuelve una necesidad para mí saber todo acerca de ese algo. En las breves noches de estudio, leí en un documento de tesis doctoral de Agustín Benito Oterino, que tituló "La luz en la quinta del sordo", en la Universidad Complutense de Madrid, que se han hecho radiografías a las Pinturas Negras, que muestran aspectos, para mí, por mucho, impresionantes e impactantes, pues se distinguen de manera clarísima pinturas inspiradas en paisajes campestres y pastoriles, totalmente contrarias a las pinturas que ahora las cubren. Valeriano Bozal -colaborador en la Enciclopedia en línea del Museo del Prado- opina que las pinturas anteriores y de carácter más alegre sí fueron pintadas por Goya, porque es la única manera de explicar que reutilizara algunas partes de los paisajes para las nuevas pinturas.
La técnica utilizada por Goya para las Pinturas Negras fue Oleo al secco, que es pintar al óleo sobre el mismo revoco o yeso que recubre la pared. Eso resalta el hecho de que eran pinturas propias sin otra intención que expresarse para él mismo. No las hizo sobre un lienzo, no usó un caballete, simplemente pintó en la pared.
Un dato curioso es que Goya no puso nombre a ninguna de estas obras. Fueron posteriormente los críticos los que, uniendo criterios, dieron los nombres por los que actualmente los conocemos, lo cual deja una especie de vacío entre el verdadero significado que para Goya tenían.
Para no volver muy largo este post, en el siguiente voy a hablar sobre la distribución de las mismas en La quinta del sordo, y las veremos una por una. Además, continuaré con la historia de cómo fue que llegaron al Museo del Prado.
Un gran abrazo!!