miércoles, 25 de febrero de 2009

Tres fechas - II

Hola a todos, ¿están listos para leer la segunda parte de la leyenda? ...nos quedamos viendo a Bécquer escribir en su cuaderno de dibujo la primera fecha, sentado en el coche que lo llevaba de nuevo a Madrid, dejando la hermosa Toledo tras una colina...

II

Al cabo de algunos meses, volví a encontrar ocasión de marcharme de la corte por tres o cuatro días. Limpié el polvo de mi cartera de dibujo, me la puse bajo el brazo y, provisto de una mano de papel (1), media docena de lápices y unos cuantos napoleones (2), deplorando que aún no estuviese concluida la línea férrea (3), me encajoné en un vehículo para recorrer en sentido inverso los puntos en que tiene lugar la célebre comedia de Tirso "Desde Toledo a Madrid" (4).

Ya instalado en la histórica ciudad, me dediqué a visitar de nuevo los sitios que más me llamaron la atención en mi primer viaje, y algunos otros que aún no conocía sino de nombre.

Así dejé transcurrir, en largos y solitarios paseos por entre sus barrios más antiguos, la mayor parte del tiempo de que podía disponer para mi pequeña expedición artística, encontrando un verdadero placer en perderme en aquel confuso laberinto de callejones sin salida, calles estrechas, pasadizos oscuros y cuestas empinadas e impracticables.

Una tarde, la última que por entonces debía permanecer en Toledo, después de una de estas largas excursiones a través desconocido, no sabré decir siquiera por qué calles llegué hasta una plaza (5) grande, desierta, olvidada, al parecer, aun de los mismos moradores de la población y como escondida en uno de sus más apartados rincones.

La basura y los escombros arrojados de tiempo inmemorial en ella se habían identificado, por decirlo así, con el terreno, de tal modo que éste ofrecía el aspecto quebrado y montuoso de una Suiza en miniatura. En las lomas y los barrancos formados por sus ondulaciones crecían a su sabor malvas de unas proporciones colosales, corros de gigantescas ortigas, matas rastreras de campanillas blancas, prados de esa yerba sin nombre, menuda, fina y de un verde oscuro, y meciéndose suavemente al leve soplo del aire, descollando como reyes entre todas las otras plantas parásitas, los poéticos al par que vulgares jaramagos, la verdadera flor de los yermos y las ruinas.

Diseminados por el suelo, medio enterrados unos, casi ocultos por las altas hierbas los otros, veíanse allí una infinidad de fragmentos de mil y mil cosas distintas, rotas y arrojadas en diferentes épocas a aquel lugar, donde iban formando capas en las cuales hubiera sido fácil seguir un curso de geología histórica (6).

Azulejos moriscos esmaltados de colores, trozos de columnas de mármol y de jaspe, pedazos de ladrillo de cien clases diversas, grandes sillares cubiertos de verdín y de musgo, astillas de madera ya casi hechas polvo, restos de antiguos artesonados (7), jirones de tela, tiras de cuero y otros cien y cien objetos sin forma ni nombre eran los que aparecían a primera vista a la superficie, llamando asimismo la atención y deslumbrando los ojos una miríada (8) de chispas de luz derramadas sobre la verdura como un puñado de diamantes arrojados a granel, y que, examinadas de cerca, no eran otra cosa que pequeños fragmentos de vidrio, de pucheros, platos y vasijas que, refractando los rayos del sol, fingían todo un cielo de estrellas microscópicas (9) y deslumbrantes.

Tal era el pavimento de aquella plaza, empedrada a trechos con pequeñas piedrecitas de varios matices formando labores, a trechos cubierta de grandes losas de pizarra, y en su mayor parte, según dejamos dicho, semejante a un jardín de plantas parásitas o a un prado yermo e inculto.

Los edificios que dibujaban su forma irregular no eran tampoco menos extraños y dignos de estudio.

Por un lado la cerraba una hilera de casucas oscuras y pequeñas, con sus tejados dentellados de chimeneas, veletas y cobertizos, sus guardacantones (10) de mármol sujetos a las esquinas con una anilla de hierro, sus balcones achatados o estrechos, sus ventanillos con tiestos de flores y su farol rodeado de una pared de alambre que defiende sus ahumados vidrios de las pedradas de los muchachos.

Otro frente lo constituía un paredón negruzco lleno de grietas y hendiduras, en donde algunos reptiles asomaban su cabeza de ojos pequeños y brillantes por entre las hojas de musgo. Un paredón altísimo, formado de gruesos sillares, sembrado de huecos de puertas y balcones tapiados con piedra y argamasa, y a uno de cuyos extremos se unía, formando ángulo con él, una tapia de ladrillos desconchada y llena de mechinales (11), manchada a trechos de tintas rojas, verdes o amarillentas y coronada de un bardal (12) de heno seco, entre el cual corrían algunos tallos de enredadera.

Esto no era más, por decirlo así, que los bastidores de la extraña decoración que al penetrar en la plaza se presentó de improvisto a mis ojos, cautivando mi ánimo o suspendiéndome durante algún tiempo, pues el verdadero punto culminante del panorama, el edificio que le daba el tono general, se veía alzarse en el fondo de la plaza, más caprichoso, más original, infinitamente más bello en su artístico desorden que todos los que se levantaban en su alrededor.

- ¡He aquí lo que yo deseaba encontrar! - exclamé al verle.

Y sentándome en un pedrusco, colocando la cartera sobre mis rodillas y afilando un lápiz de madera me apercibí a trazar, aunque ligeramente, sus formas irregulares y estrambóticas para conservar por siempre su recuerdo.

Si yo pudiera pegar aquí con dos obleas (13) el ligerísimo y mal trazado apunte que conservo de aquel sitio, imperfecto y todo como es, me ahorraría un cúmulo de palabras, dando a mis lectores una idea más aproximada de él que todas las descripciones imaginables.

Ya que no puede ser así, trataré de pintarlo del mejor modo posible, a fin de que, leyendo estos renglones, pueda formarse una idea remota, si no de sus infinitos detalles, al menos de la totalidad de su conjunto.

Figuraos un palacio árabe, con sus puertas en forma de herradura, sus muros engalanados con largas hileras de arcos que se cruzan cien y cien veces entre sí y corren sobre una franja de azulejos brillantes; aquí se ve el hueco de un ajimez partido en dos por un grupo de esbeltas columnas y encuadrado en un marco de labores menudas y caprichosas: allá se eleva una atalaya (14) con su mirador ligero y airoso, su cubierta de tejas vidriadas, verdes y amarillas, y su aguda flecha de oro que se pierde en el vacío; más lejos se divisa la cúpula que cubre un gabinete pintado de oro y azul o las altas galerías cerradas con persianas verdes, que al descorrerse dejan ver los jardines con calles de arrayán, bosques de laureles y surtidores altísimos. Todo es original, todo armónico, aunque desordenado; todo deja entrever el lujo y las maravillas de su interior; todo deja adivinar el carácter y las costumbres de sus habitadores.

El opulento árabe que poseía este edificio lo abandona al fin. La acción de los años comienza a desmoronar sus paredes, a deslustrar los colores y a corroer hasta los mármoles. Un monarca castellano (15) escoge entonces para su residencia aquel alcázar que se derrumba, y en este punto rompe un lienzo y abre un arco ojival y lo adorna con una cenefa de escudos, por entre los cuales se enrosca una guirnalda de hojas de cardo y de trébol; en aquél levanta un maciso torreón de sillería con sus saeteras estrechas y sus almenas puntiagudas; en el de más allá construye un ala de habitaciones altas y sombrías, en las cuales se ven, por una parte, trozos de alicatado reluciente; por otra, artesones oscurecidos, o un ajimez solo, o un arco de herradura ligero y puro, que da entrada a un salón gótico severo e imponente.

Pero llega el día en que el monarca abandona también aquel recinto, cediéndole a una comunidad de religiosas, y éstas a su vez, fabrican de nuevo, añadiéndole otros rasgos a la ya extraña fisonomía del alcázar morisco. Cierran las ventanas con celosías; entre dos arcos árabes colocan el escudo de su religión esculpido en berroqueña, donde antes crecían tamarindos y laureles, plantan cipreses melancólicos y oscuros, y, aprovechando unos restos y levantando sobre otros, forman las combinaciones más pintorescas y extravagantes que pueden concebirse.

Sobre la portada de la iglesia, en donde se ven como envueltos en el crepúsculo d}misterioso en que los bañan las sombras de sus doseles, una andanada (16) de santos, ángeles y vírgenes, a cuyos pies se retuercen, entre las hojas de acanto, sierpes, vestiglos y endriagos (17) de piedra, se mira elevarse un minarete (18) esbelto y afiligranado con labores moriscas; junto a las saeteras del murallón, cuyas almenas están ya rotas, ponen un retablo, y tapian los grandes huecos con tabiques cuajados de pequeños agujeritos y semejantes a una tabla de ajedrez; colocan cruces sobre todos los picos, y fabrican, por último, un campanario de espadaña (19) con sus campanas, que tañen melancólicamente noche y día llamando a la oración, campanas que voltean al impulso de una mano invisible, campanas cuyos sonidos lejanos arrancan a veces lágrimas de involuntaria tristeza.

Después pasan los años y bañan con una veladura de un medio color oscuro todo el edificio, armonizan sus tintas y hacen brotar la hiedra en sus hendiduras.

Las cigüeñas cuelgan su nido en la veleta de la torre; los vencejos, en el ala de los tejados; las golondrinas, en los doseles de granito, y el búho y la lechuza escogen para su guarida los altos mechinales, desde donde en las noches tenebrosas asustan a las viejas crédulas y a los atemorizados chiquillos con el resplandor fosfórico (20) de sus ojos redondos y sus silbos extraños y agudos.

Todas estas revoluciones, todas estas circunstancias especiales hubieran podido únicamente dar por resultado un edificio tan original, tan lleno de contrastes, de poesía y de recuerdos como el que aquella tarde se ofreció a mi vista y hoy he ensayado, aunque en vano, describir con palabras.

Ya lo había trazado en parte en una de las hojas de mi cartera; el sol doraba apenas las más altas agujas de la ciudad; la brisa del crepúsculo comenzaba a acariciar mi frente, cuando, absorto en las ideas que de improviso me habían asaltado al contemplar aquellos silenciosos restos de otras edades más poéticas que la material en que vivimos y nos ahogamos en pura prosa (21), dejé caer de mis manos el lápiz y abandoné el dibujo, recostándome en la pared que tenía a mis espaldas y entregándome por completo a los sueños de la imaginación. ¿Qué pensaba? No sé si sabré decirlo. Veía claramente sucederse las épocas y derrumbarse unos muros y levantarse otros. Veía a unos hombres, o, mejor dicho, veía a unas mujeres dejar lugar a otras mujeres, y las primeras y las que venían después, convertirse en polvo y volar deshechas, llevando un soplo del viento la hermosura, hermosura que arrancaba suspiros secretos, que engendró pasiones y fue manantial de placeres. Luego... ¡Qué sé yo!... Todo confuso, muchas cosas revueltas, tocadores de encaje y de estuco con nubes de aroma y lechos de flores; celdas estrechas y sombrías con un reclinatorio y un crucifijo; al pie del crucifijo un libro abierto, y sobre el libro una calavera; salones severos y grandiosos cubiertos de tapices y adornados con trofeos de guerra, y muchas mujeres que cruzaban y volvían a cruzar ante mis ojos; monjas altas, pálidas y delgadas; odaliscas (22) morenas con labios muy encarnados y ojos muy negros; damas de perfil puro, de continente altivo y andar majestuoso.

Todas estas cosas veía yo, y muchas más de esas que después de pensadas no pueden recordarse; de esas tan inmateriales que es imposible encerrar en el círculo estrecho de la palabra, cuando de pronto di un salto sobre mi asiento y, pasándome la mano por los ojos para convencerme de que no seguía soñando, incorporándome como movido de un resorte nervioso, fijé la mirada en uno de los altos miradores del convento.

Había visto, no me puede caber duda, la había visto perfectamente, una mano blanquísima que, saliendo por uno de los huecos de aquellos miradores de argamasa, semejantes a tableros de ajedrez, se había agitado varias veces, como saludándome con un signo mudo y cariñoso. Y me saludaba a mí, no era posible que me equivocase... Estaba solo, completamente solo en la plaza.

En balde esperé la noche clavado en aquel sitio y sin apartar un punto los ojos del mirador. Inútilmente volví muchas veces a ocupar la oscura piedra que me sirvió de asiento la tarde en que vi aparecer aquella mano misteriosa, objeto ya de mis ensueños de la noche y de mis delirios del día. No la volví a ver más...

Y llegó, al fin, la hora en que debía marcharme de Toledo dejando allí, como una carga inútil y ridícula, todas las ilusiones que en su seno se habían levantado en mi mente. Torné a guardar los papeles en mi cartera con un suspiro; pero antes de guardarlos escribí otra fecha, la segunda, la que yo conozco por la fecha de la mano. Al escribirla miré un momento la anterior, la de la ventana, y no pude menos de sonreírme de mi locura.

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(1) Mano de papel: medida de papel consistente en cinco cuadernillos.
(2) napoleón: moneda francesa de plata de cinco francos que estuvo un cierto tiempo de uso legal en España, con valor de diecinueve reales.
(3) Bécquer, aunque había llamado antes a la civilización "demoledora" y "prosaica", aquí echa de menos que no esté acabado el ferrocarril a Toledo; se inauguraría el 15 de junio de 1858. Es, en cierto modo, una indicación de actualidad periodística, recogiendo un deseo general.
(4) Es una de las comedias de enredo de este autor, hábil y graciosa, que gustó en el siglo XIX por sus rasgos costumbristas; Bécquer pudo leerla en la edición de la Biblioteca de Autores Españoles, Madrid, Rivadeneyra, 1848.
(5) La plaza, según V. Benito, pudiera ser la de Santa Isabel de los Reyes en el estado en que se encontraba cuando Bécquer la visitó.
(6) Otra vez la diligente curiosidad de Bécquer expone el sentido cultural de Toledo, aquí en un planteamiento casi técnico del estudio de la Historia.
(7) artesonados: techos adornados con artesones o piezas de madera que, encajando artísticamente unas con otras, los cubren y embellecen.
(8) miríada: una gran cantidad sin determinar.
(9) Obsérvese cómo Bécquer incorpora tecnicismos científicos en la prosa del periódico.
(10) guardacantón: poste de piedra situado en la esquina de una calle para evitar los desconchones de los carruajes que circulan por ella.
(11) mechinal: agujero que se hace en la pared de una casa para que sirva como lugar de apoyo de los maderos de un andamio.
(12) bardal: cubierta de ramaja, aquí heno, que se pone en lo alto de una tapia para protegerla.
(13) oblea: hoja delgada de harina que se usaba para pegar papeles.
(14) atalaya: torre que sobresale y desde la que se ve un gran espacio de terreno.
(15) Se trata del Alcázar del rey don Pedro, demolido en las reformas urbanas.
(16) andanada: propiamente es la descarga de un grupo de cañones puestos en fila; aquí un grupo numeroso de las estatuas, una al lado de la otra.
(17) vestiglos y endriagos: seres fantásticos, propios de los relatos de los libros de caballerías. Vestiglo es un animal monstruoso y endriago es otra especie de monstruo, con cara humana y rasgos de fieras. ...Yo sé, Huguito, que estas dos palabritas quedarán para nutrir tu vocabulario y aparecerán alguna vez en alguno de tus escritos jijijiji ¿verdad?
(18) minarete: o alminar, torre árabe que se levanta por encima de las mezquitas, desde la que se llama al pueblo a la oración o se anuncian las horas.
(19) campanario de espadaña: el que está constituido por un lienzo de pared en el cual hay huecos donde se sitúan las campanas.
(20) Otra vez un término técnico, de la Química en este caso.
(21) Vuelve otra vez a enfrentar poesía-pasadoy prosa-presente.
(22) odalisca: esclava del harén, palabra en uso entre los románticos orientalistas.

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Me encantó notar la sinceridad con que Bécquer comparte sus pensamientos, y más específicamente sus pensamientos acerca de las mujeres. Mañana en el último post, donde leerán el final de esta leyenda, hay un halago hermosísimo a las mujeres en general, y el cuadro que pinta con palabras en la última de las tres fechas... es maravilloso...

Hasta mañana entonces, y gracias por leer!!

4 comentarios:

  1. Que interesante!!!, de verdad que este tal Bequer me gusta mucho, mire que me esta haciendo leer y eso no se lo perdono a nadie..
    Bueno talvez a ud, por favor siga adelante con esto que esta por demas interesante pero no se desvele tanto igual el blog no va a ningun lado o talvez si, quien sabe, muchos saludos Yvo y miles de gracias por las rimas, hoy las leo todas (casi, hehe) Saludos
    J.Ortiz

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  2. :D "este tal Bequer" jijijiji le aseguro que el pobre dio dos vueltas en su tumba cuando usted escribió eso jijijijiji

    Pues este tal Bécquer es el poeta romántico más representativo de España... el que yo más admiro y después Antonio Machado.

    No quiero que mi blog vaya a ningún lado, solo a los ojos de mis amigos... ya ve que si lo busca en google no lo encuentra, solo lo ven quienes tienen la dirección, por eso me tomo la libertad de escribir tal y como lo pienso.

    Lea las Rimas, es por ahí por donde hay que empezar, luego cuando lea las demás obras de él va a encontrar los orígienes de esas Rimas... como en esta leyenda.

    jijijiji no me de carreta porque ya vio que después no paro de escribir jajajaja un gran abrazo y gracias!!

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  3. Mmmm, está bonita la historia. Creo que tiene demasiadas descripciones con palabras raras, además de las que pusiste su significado. Tal vez no entiendo mucho porque no he leído mucho a Bécquer, pero esas palabras me pierden y a veces me enredan, siento que no logro imaginarme bien lo que está describiendo. Tal vez las descripciones de Poe son más sencillas o más fáciles de recrear en la imaginación. Ah, cómo le gusta a Bécquer la expresión "un punto", verdad? Aquí, "sin apartar un punto los ojos del mirador" y allá, en alguna rima, "te vi un punto..."
    Imaginate si se pudiera pagar con "obleas", los sobrinos, felices, jajaja...
    Está muy bonito, como te digo, no lo entendí ni pude imaginármelo todo, pero ya... me voy a leer la última fecha.
    Muack!

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  4. Yo por el contrario encuentro a Bécquer muy gráfico. Sus palabras me parecen llenas de colores y de formas que me hacen imaginar la escena con todo y Bécquer ahí sentado.
    Algo que podés tomar en cuenta, es que estás leyendo el español que se usaba en 1875 en España, y hay palabras que o ya no se usan tanto o se usan sólo en España.
    Con Poe, ayuda que es traducción del inglés al español y se pone todo bien coordinado, aunque esto no quiere decir que no sea mejor describiendo escenas.
    Que linda, leyendo Tres fechas... no te preocupes que hay una leyenda que no se me va a ocurrir poner :D ya sabrás cuál es, ¿verdad? jijijijiji

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