Tal como lo había anunciado en mi post de ayer, hoy voy a compartir con ustedes la leyenda que más me gusta de Bécquer, aunque en sí no sea una leyenda, sino más bien una experiencia personal del poeta en su visita a una ciudad que yo, a partir de lo que leí precisamente en esta leyenda, la imagino majestuosa, poética, intocable y como envuelta en una suave gasa que la hace incomparable: Toledo. Tengo que visitar Toledo, tengo que ir a buscar los lugares que Bécquer menciona en Tres fechas... cuando lean, tal vez me den la razón.
Voy a dividirla en tres partes, más específicamente compartiré una de las tres fechas en cada post, y no porque sea excesivamente larga, sino porque Bécquer la publicó en El Contemporáneo (diario de la época para el que escribía), en tres entregas, los días 20, 22 y 24 de julio de 1862. Así, me aseguro de contar con la visita de ustedes por tres días, porque les aseguro que si leen la primera parte, querrán leer el resto. Hoy ya casi media noche del 24 de febrero (tal vez el post lo publique en la madrugada del 25, pero lo comencé el 24)... casualmente comienzo a publicar el día del mes en que él terminó de publicarla... ¿serendipia? jajajaja son bromas... supongo que mis hermanos entenderán esa broma :D
Como comentario previo, debo decir que voy a transcribir la obra con mis propias manos, para irla leyendo de nuevo, pues hace muchísimos años que la leí ya, y me va a encantar recordar los detalles, así voy a lograr mantener la poesía y no caer en un prosáico copy-paste...
Esta obra es relativamente extensa si se le compara con las demás leyendas, y reitero que no es una leyenda propiamente, en el sentido de que contenga un relato procedente de una tradición, sino que se trata de un relato personal del propio Bécquer en el que hilvana las impresiones de tres visitas que hizo a Toledo, ciudad a la que iba para tomar notas y apuntes para sus dibujos (ya me gustaría a mí poder hacer lo mismo...).
Pasado mañana al terminar la tercera parte les voy a dejar mis conclusiones y algunas anotaciones del libro de donde la transcribo, que por ser muy completa se las recomiendo: "Gustavo Adolfo Bécquer: Leyendas" Edición de Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy, para la Colección Austral (es que me dan un dólar por ponerlo jajajajajaja otra vez bromeando...). Bueno, he aquí, con cariño para ustedes, Tres Fechas, de Gustavo Adolfo Bécquer:
Voy a dividirla en tres partes, más específicamente compartiré una de las tres fechas en cada post, y no porque sea excesivamente larga, sino porque Bécquer la publicó en El Contemporáneo (diario de la época para el que escribía), en tres entregas, los días 20, 22 y 24 de julio de 1862. Así, me aseguro de contar con la visita de ustedes por tres días, porque les aseguro que si leen la primera parte, querrán leer el resto. Hoy ya casi media noche del 24 de febrero (tal vez el post lo publique en la madrugada del 25, pero lo comencé el 24)... casualmente comienzo a publicar el día del mes en que él terminó de publicarla... ¿serendipia? jajajaja son bromas... supongo que mis hermanos entenderán esa broma :D
Como comentario previo, debo decir que voy a transcribir la obra con mis propias manos, para irla leyendo de nuevo, pues hace muchísimos años que la leí ya, y me va a encantar recordar los detalles, así voy a lograr mantener la poesía y no caer en un prosáico copy-paste...
Esta obra es relativamente extensa si se le compara con las demás leyendas, y reitero que no es una leyenda propiamente, en el sentido de que contenga un relato procedente de una tradición, sino que se trata de un relato personal del propio Bécquer en el que hilvana las impresiones de tres visitas que hizo a Toledo, ciudad a la que iba para tomar notas y apuntes para sus dibujos (ya me gustaría a mí poder hacer lo mismo...).
Pasado mañana al terminar la tercera parte les voy a dejar mis conclusiones y algunas anotaciones del libro de donde la transcribo, que por ser muy completa se las recomiendo: "Gustavo Adolfo Bécquer: Leyendas" Edición de Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy, para la Colección Austral (es que me dan un dólar por ponerlo jajajajajaja otra vez bromeando...). Bueno, he aquí, con cariño para ustedes, Tres Fechas, de Gustavo Adolfo Bécquer:
TRES FECHAS (Leyenda de Toledo)
En una cartera de dibujo que conservo aún llena de ligeros apuntes, hechos durante algunas de mis excursiones semiartísticas a la ciudad de Toledo, hay escritas tres fechas.
Los sucesos de que guardan la memoria estos números son, hasta cierto punto, insignificantes. Sin embargo, con su recuerdo me he entretenido en formar algunas noches de insomnio una novela más o menos sentimental o sombría, según que mi imaginación se hallaba más o menos exaltada y propensa a ideas risueñas o terribles.
Si a la mañana siguiente de uno de estos nocturnos y extravagantes delirios hubiera podido escribir los extraños episodios de las historias imposibles que forjo antes que se cierren del todo mis párpados (historias cuyo vago desenlace flota, por último, indeciso, en ese punto que separa la vigilia del sueño), seguramente formarían un libro disparatado, pero original y acaso interesante.
No es eso lo que pretendo hacer ahora. Esas fantasías ligeras y, por decirlo así, impalpables, son, en cierto modo, como las mariposas, que no pueden cogerse en las manos sin que se quede entre los dedos el polvo de oro de sus alas.
Voy, pues, a limitarme a narrar brevemente los tres sucesos que suelen servir de epígrafe (1) a los capítulos de mis soñadas novelas, los tres puntos aislados que yo suelo reunir en mi mente por medio de una serie de ideas, como un hilo de luz; los tres temas, en fin, sobre que yo hago mil y mil variaciones, en las que pudiéramos llamar absurdas sinfonías de la imaginación.
Los sucesos de que guardan la memoria estos números son, hasta cierto punto, insignificantes. Sin embargo, con su recuerdo me he entretenido en formar algunas noches de insomnio una novela más o menos sentimental o sombría, según que mi imaginación se hallaba más o menos exaltada y propensa a ideas risueñas o terribles.
Si a la mañana siguiente de uno de estos nocturnos y extravagantes delirios hubiera podido escribir los extraños episodios de las historias imposibles que forjo antes que se cierren del todo mis párpados (historias cuyo vago desenlace flota, por último, indeciso, en ese punto que separa la vigilia del sueño), seguramente formarían un libro disparatado, pero original y acaso interesante.
No es eso lo que pretendo hacer ahora. Esas fantasías ligeras y, por decirlo así, impalpables, son, en cierto modo, como las mariposas, que no pueden cogerse en las manos sin que se quede entre los dedos el polvo de oro de sus alas.
Voy, pues, a limitarme a narrar brevemente los tres sucesos que suelen servir de epígrafe (1) a los capítulos de mis soñadas novelas, los tres puntos aislados que yo suelo reunir en mi mente por medio de una serie de ideas, como un hilo de luz; los tres temas, en fin, sobre que yo hago mil y mil variaciones, en las que pudiéramos llamar absurdas sinfonías de la imaginación.
I
Hay en Toledo una calle estrecha, torcida y oscura, que guarda tan fielmente la huella de las cien generaciones que en ella han habitado, que habla con tanta elocuencia a los ojos del artista y le revela tantos secretos puntos de afinidad entre las ideas y las costumbres de cada siglo, con la forma y el carácter especial impreso en sus obras más insignificantes, que yo cerraría sus entradas con una barrera y pondría sobre la barrera un tarjetón con este letrero:
"EN NOMBRE DE LOS POETAS Y DE LOS ARTISTAS, EN NOMBRE DE LOS QUE SUEÑAN Y DE LOS QUE ESTUDIAN, SE PROHIBE A LA CIVILIZACIÓN QUE TOQUE A UNO SOLO DE ESTOS LADRILLOS CON SU MANO DEMOLEDORA Y PROSAICA." (2)
De entrada a esta calle, y por uno de sus extremos, un arco macizo, achatado y oscuro, que sostiene un pasadizo cubierto.
En su clave hay un escudo, roto ya y carcomido por la acción de los años, en el cual crece la hiedra, que, agitada con el aire, flota, sobre el casco que lo corona, como un penacho de plumas. (3)
Debajo de la bóveda, y enclavado en el muro, se ve un retablo (4), con un lienzo ennegrecido e imposible de descifrar, su marco dorado y churrigueresco (5), su farolillo pendiente de un cordel y sus votos de cera.
Más allá de este arco, que baña con su sombra aquel lugar, dándole un tinte de misterio y tristeza indescriptible, se prolongan a ambos lados dos hileras de casas oscuras, desiguales y extrañas, cada cual de su forma, sus dimensiones y su color. Unas están construidas de piedras toscas y desiguales, sin más adorno que algunos blasones (6) groseramente esculpidos sobre la portada; otras son de ladrillo, y tienen un arco árabe, que les sirve de ingreso; dos o tres ajimeces, abiertos al capricho en un paredón grietado (7), y un mirador que termina en una alta veleta. Las hay con traza que no pertenece a ningún orden de arquitectura y que tienen, sin embargo, un remiendo de todas; que son un modelo acabado de un género especial y conocido, o una muestra curiosa de las extravagancias de un período del arte. Éstas tienen un balcón de madera con un cobertizo disparatado; aquéllas, una ventana gótica recientemente enlucida y con algunos tiestos de flores; las de más allá, unos pintorreados azulejos en el marco de la puerta, clavos enormes en los tableros y dos fustes de columnas, tal vez procedentes de un alcázar morisco, empotrados en el muro.
El palacio de un magnate (8), convertido en corral de vecindad; la casa de un alfaquí (9), habitada por un canónigo; una sinagoga judía, transformada en oratorio cristiano; un convento levantado sobre las ruinas de una mezquita árabe, de la que aún queda en pie la torre; mil extraños y pintorescos contrastes, mil y mil curiosas muestras de distintas razas, civilizaciones y épocas compendiadas, por decirlo así, en cien varas de terreno (10).
He aquí todo lo que se encuentra en esta calle, calle construida en muchos siglos, calle estrecha, deforme, oscura y con infinidad de revueltas, donde cada cual, al levantar su habitación, tomaba una saliente (11), dejaba un rincón o hacía un ángulo, con arreglo a su gusto, sin consultar el nivel, la altura ni la regularidad; calle rica en no calculadas combinaciones de líneas, con un verdadero lujo de detalles caprichosos, con tantos y tantos accidentes que cada vez ofrece algo nuevo al que la estudia.
Cuando, por primera vez, fui a Toledo, mientras me ocupé en sacar algunos apuntes de San Juan de los Reyes, tenía precisión de atravesarla todas las tardes para dirigirme al convento desde la posada con honores de fonda en que me había hospedado.
Casi siempre la atravesaba de un extremo a otro, sin encontrar en ella una sola persona, sin que turbase su profundo silencio otro ruido que el ruido de mis pasos, sin que detrás de las celosías (12) de un balcón, del cancel (13) de una puerta o la rejilla de una ventana, viese, ni aun por casualidad, el arrugado rostro de una vieja curiosa o los ojos negros y rasgados de una muchacha toledana. Algunas veces me parecía cruzar por en medio de una ciudad desierta, abandonada por sus habitantes desde una época remota.
Una tarde, sin embargo, al pasar frente a un caserón antiquísimo y oscuro, en cuyos altos paredones se veían tres o cuatro ventanas de formas desiguales, repartidas sin orden ni concierto, me fijé casualmente en una de ellas. La formaba un gran arco ojival rodeado de un festón (14) de hojas picadas y agudas. El arco estaba cerrado por un ligero tabique, recientemente construido y blanco como la nieve, en medio del cual se veía, como contenida en la primera, una pequeña ventana con su marco y sus hierros verdes, una maceta de campanillas azules, cuyos tallos subían a enrredarse por entre las labores de granito, y unas vidrieras con sus cristales emplomados y su cortinilla de una tela blanca, ligera y transparente.
Ya la ventana, de por sí, era digna de llamar la atención por su carácter; pero lo que más poderosamente contribuyó a que me fijase en ella fue el notar que, cuando volví la cabeza para mirarla, las cortinillas se habían levantado un momento para volver a caer, ocultando a mis ojos la persona que sin duda me miraba en aquel instante.
Seguí mi camino, preocupado con la idea de la ventana, o, mejor dicho, de la cortinilla, o, más claro todavía, de la mujer que la había levantado, porque, indudablemente, a aquella ventana tan poética, tan blanca, tan verde, tan llena de flores, sólo una mujer podía asomarse, y cuando digo una mujer entiéndase que se supone joven y bonita.
Pasé otra tarde, pasé por el cuidado, apreté los tacones, aturdiendo la silenciosa calle con el ruido de mis pasos, que repetían, respondiéndose, dos o tres ecos; miré a la ventana, y la cortinilla se volvió a levantar.
La verdad es que, realmente, detrás de ella no vi nada; pero, con la imaginación, me pareció descubrir un bulto: el bulto de una mujer, en efecto.
Aquel día me distraje dos otres veces dibujando. Y pasé otros días, y siempre que pasaba la cortinilla se levantaba de nuevo, permaneciendo así hasta que se perdía el ruido de mis pasos, y yo, desde lejos, volvía a ella, por última vez, los ojos.
Mis dibujos adelantaban poca cosa. En aquel claustro de San Juan de los Reyes, en aquel claustro tan misterioso y bañado en triste melancolía, sentado sobre el roto capitel de una columna, la cartera sobre las rodillas, el codo sobre la cartera y la frente entre las manos, al rumor del agua que corre allí con un murmullo incesante, al ruido de las hojas del agreste y abandonado jardín, que agitaba la brisa del crepúsculo, ¡cuánto no soñaría yo con aquella ventana y aquella mujer! ¡Qué historias imposibles no forjaría en mi mente! Yo la conocía. Ya sabía cómo se llamaba y hasta cuál era el color de sus ojos (15).
La miraba cruzar por los extensos y solitarios patios de la antiquísima casa, alegrándolos con su presencia, como el rayo del sol que dora unas ruinas. Otras veces me parecía verla en un jardín, con unas tapias muy altas y muy oscuras, con unos árboles muy corpulentos y añosos, que debía haber allá, en el fondo de aquella especie de palacio gótico donde vivía; coger flores y sentarse en un banco de piedra, y allí, suspirar, mientras las deshojaba, pensando en... ¡Quién sabe! Acaso en mí. ¿Qué digo acaso? En mí, seguramente. ¡oh! ¡Cuántos sueños, cuántas locuras, cuánta poesía despertó en mi alma aquella ventana, mientras permanecí en Toledo!...
Pero transcurrió el tiempo que había de permanecer en la ciudad. Un día, pesaroso y cabizbajo, guardé todos mis papeles en la cartera, me despedí del mundo de las quimeras y tomé un asiento en el coche para Madrid.
Antes de que se hubiera perdido en el horizonte la más alta de las torres de Toledo, saque´la cabeza por la portezuela para verla otra vez, y me acordé de la calle.
Tenía aún la cartera bajo el brazo, y al volverme a mi asiento, mientras dobláamos la colina que ocultó de repente la ciudad a mis ojos, saqué el lápiz y apunté una fecha. Es la primera de las tres, a la que yo le llamo la fecha de la ventana.
(1) servir de epígrafe: es decir, el escritor nos da sólo la mención inicial que un autor sitúa delante de la obra como cifra (o resumen de lasignficación) de la misma.
(2) Un tema muy frecuente en Bécquer es el temor de que la civilización (esto es, los adelantos de las ciencias aplicadas) acabe con los testimonios de la tradición secular. La civilización es prosaica, mientras que la tradición es poética.
(3) Muchísima poesía, tal como Bécquer dirá más adelante en esta obra, llegó a su alma con la visión de la ventana, y este párrafo es una de las mayores muestras:
En la clave del arco ruinoso
cuyas piedras el tiempo enrojeció,
obra de cincel rudo campeaba
el gótico blasón.
Penacho de su yelmo de granito,
la yedra que colgaba en derredor
daba sombra al escudo, en que una mano
tenía un corazón.
A contemplarle en la desierta plaza
nos paramos los dos;
y "Ese - me dijo - es el cabal emblema
de mi constante amor".
¡Ay! Es verdad lo que me dijo entonces;
verdad que el corazón
lo llevará en la mano..., en cualquier parte...
pero en el pecho, no.
A lo largo de la historia hay más párrafos que inmediatamente me hacen recordar otras rimas... que bonito!!
(4) retablo: aquí, hornacina que contiene una pintura, ya sucia por el tiempo, que está en la calle para la devoción del pueblo.
(5) churrigueresco: propiamente el arte del arquitecto José Churriguera (1650-1723); en términos generales, las manifestaciones extremas del arte que hoy llamamos barroco.
(6) blasón: en sentido estricto es cada una de las figuras que componen el escudo; aquí, el mismo escudo.
(7) grietado: como en otras ocasiones prefiere esta forma, que sus amigos en la edición de 1871 corrigen por agrietado.
(8) Podrían ser las ruinas del palacio del Marqués de Villena, en donde hoy se encuentra la casa del Greco.
(9) alfaquí: entre los musulmanes, hombre sabio, conocedor del Corán y sus comentarios.
(10) Bécquer intuye que el rasgo fundamental de Toledo es haber servido de punto de encuentro y comunicación entre las diversas culturas que se establecieron en España, sobre todo las correspondientes a cristianos, moros y judíos.
(11) saliente: parte del edificio que sobresale del plano de la fachada.
(12) celosías: enrejado de madera que se pone en las ventanas para que no se vea el interior de las habitaciones.
(13) cancel: puerta de madera que se adosa a la reja que sirve de entrada a la casa para que no pase el frío y quede reservada...(¿eso era nuestro cancel muchis?)
(14) festón: adorno de flores, hojas y frutas, usado en la ornamentación de la piedra.
(15) El periodista que escribe el caso es, al mismo tiempo, poeta y dibujante, y por eso soñador. Aquí nos cuenta de qué manera imaginaba cómo había de ser la mujer apenas entrevistada detrás de la ventana.
------
Bueno, hasta aquí la primera parte. ¿Les gustó? Espero que sí.
¡¡Hasta el próximo post!!
Un abrazote a todos.
"EN NOMBRE DE LOS POETAS Y DE LOS ARTISTAS, EN NOMBRE DE LOS QUE SUEÑAN Y DE LOS QUE ESTUDIAN, SE PROHIBE A LA CIVILIZACIÓN QUE TOQUE A UNO SOLO DE ESTOS LADRILLOS CON SU MANO DEMOLEDORA Y PROSAICA." (2)
De entrada a esta calle, y por uno de sus extremos, un arco macizo, achatado y oscuro, que sostiene un pasadizo cubierto.
En su clave hay un escudo, roto ya y carcomido por la acción de los años, en el cual crece la hiedra, que, agitada con el aire, flota, sobre el casco que lo corona, como un penacho de plumas. (3)
Debajo de la bóveda, y enclavado en el muro, se ve un retablo (4), con un lienzo ennegrecido e imposible de descifrar, su marco dorado y churrigueresco (5), su farolillo pendiente de un cordel y sus votos de cera.
Más allá de este arco, que baña con su sombra aquel lugar, dándole un tinte de misterio y tristeza indescriptible, se prolongan a ambos lados dos hileras de casas oscuras, desiguales y extrañas, cada cual de su forma, sus dimensiones y su color. Unas están construidas de piedras toscas y desiguales, sin más adorno que algunos blasones (6) groseramente esculpidos sobre la portada; otras son de ladrillo, y tienen un arco árabe, que les sirve de ingreso; dos o tres ajimeces, abiertos al capricho en un paredón grietado (7), y un mirador que termina en una alta veleta. Las hay con traza que no pertenece a ningún orden de arquitectura y que tienen, sin embargo, un remiendo de todas; que son un modelo acabado de un género especial y conocido, o una muestra curiosa de las extravagancias de un período del arte. Éstas tienen un balcón de madera con un cobertizo disparatado; aquéllas, una ventana gótica recientemente enlucida y con algunos tiestos de flores; las de más allá, unos pintorreados azulejos en el marco de la puerta, clavos enormes en los tableros y dos fustes de columnas, tal vez procedentes de un alcázar morisco, empotrados en el muro.
El palacio de un magnate (8), convertido en corral de vecindad; la casa de un alfaquí (9), habitada por un canónigo; una sinagoga judía, transformada en oratorio cristiano; un convento levantado sobre las ruinas de una mezquita árabe, de la que aún queda en pie la torre; mil extraños y pintorescos contrastes, mil y mil curiosas muestras de distintas razas, civilizaciones y épocas compendiadas, por decirlo así, en cien varas de terreno (10).
He aquí todo lo que se encuentra en esta calle, calle construida en muchos siglos, calle estrecha, deforme, oscura y con infinidad de revueltas, donde cada cual, al levantar su habitación, tomaba una saliente (11), dejaba un rincón o hacía un ángulo, con arreglo a su gusto, sin consultar el nivel, la altura ni la regularidad; calle rica en no calculadas combinaciones de líneas, con un verdadero lujo de detalles caprichosos, con tantos y tantos accidentes que cada vez ofrece algo nuevo al que la estudia.
Cuando, por primera vez, fui a Toledo, mientras me ocupé en sacar algunos apuntes de San Juan de los Reyes, tenía precisión de atravesarla todas las tardes para dirigirme al convento desde la posada con honores de fonda en que me había hospedado.
Casi siempre la atravesaba de un extremo a otro, sin encontrar en ella una sola persona, sin que turbase su profundo silencio otro ruido que el ruido de mis pasos, sin que detrás de las celosías (12) de un balcón, del cancel (13) de una puerta o la rejilla de una ventana, viese, ni aun por casualidad, el arrugado rostro de una vieja curiosa o los ojos negros y rasgados de una muchacha toledana. Algunas veces me parecía cruzar por en medio de una ciudad desierta, abandonada por sus habitantes desde una época remota.
Una tarde, sin embargo, al pasar frente a un caserón antiquísimo y oscuro, en cuyos altos paredones se veían tres o cuatro ventanas de formas desiguales, repartidas sin orden ni concierto, me fijé casualmente en una de ellas. La formaba un gran arco ojival rodeado de un festón (14) de hojas picadas y agudas. El arco estaba cerrado por un ligero tabique, recientemente construido y blanco como la nieve, en medio del cual se veía, como contenida en la primera, una pequeña ventana con su marco y sus hierros verdes, una maceta de campanillas azules, cuyos tallos subían a enrredarse por entre las labores de granito, y unas vidrieras con sus cristales emplomados y su cortinilla de una tela blanca, ligera y transparente.
Ya la ventana, de por sí, era digna de llamar la atención por su carácter; pero lo que más poderosamente contribuyó a que me fijase en ella fue el notar que, cuando volví la cabeza para mirarla, las cortinillas se habían levantado un momento para volver a caer, ocultando a mis ojos la persona que sin duda me miraba en aquel instante.
Seguí mi camino, preocupado con la idea de la ventana, o, mejor dicho, de la cortinilla, o, más claro todavía, de la mujer que la había levantado, porque, indudablemente, a aquella ventana tan poética, tan blanca, tan verde, tan llena de flores, sólo una mujer podía asomarse, y cuando digo una mujer entiéndase que se supone joven y bonita.
Pasé otra tarde, pasé por el cuidado, apreté los tacones, aturdiendo la silenciosa calle con el ruido de mis pasos, que repetían, respondiéndose, dos o tres ecos; miré a la ventana, y la cortinilla se volvió a levantar.
La verdad es que, realmente, detrás de ella no vi nada; pero, con la imaginación, me pareció descubrir un bulto: el bulto de una mujer, en efecto.
Aquel día me distraje dos otres veces dibujando. Y pasé otros días, y siempre que pasaba la cortinilla se levantaba de nuevo, permaneciendo así hasta que se perdía el ruido de mis pasos, y yo, desde lejos, volvía a ella, por última vez, los ojos.
Mis dibujos adelantaban poca cosa. En aquel claustro de San Juan de los Reyes, en aquel claustro tan misterioso y bañado en triste melancolía, sentado sobre el roto capitel de una columna, la cartera sobre las rodillas, el codo sobre la cartera y la frente entre las manos, al rumor del agua que corre allí con un murmullo incesante, al ruido de las hojas del agreste y abandonado jardín, que agitaba la brisa del crepúsculo, ¡cuánto no soñaría yo con aquella ventana y aquella mujer! ¡Qué historias imposibles no forjaría en mi mente! Yo la conocía. Ya sabía cómo se llamaba y hasta cuál era el color de sus ojos (15).
La miraba cruzar por los extensos y solitarios patios de la antiquísima casa, alegrándolos con su presencia, como el rayo del sol que dora unas ruinas. Otras veces me parecía verla en un jardín, con unas tapias muy altas y muy oscuras, con unos árboles muy corpulentos y añosos, que debía haber allá, en el fondo de aquella especie de palacio gótico donde vivía; coger flores y sentarse en un banco de piedra, y allí, suspirar, mientras las deshojaba, pensando en... ¡Quién sabe! Acaso en mí. ¿Qué digo acaso? En mí, seguramente. ¡oh! ¡Cuántos sueños, cuántas locuras, cuánta poesía despertó en mi alma aquella ventana, mientras permanecí en Toledo!...
Pero transcurrió el tiempo que había de permanecer en la ciudad. Un día, pesaroso y cabizbajo, guardé todos mis papeles en la cartera, me despedí del mundo de las quimeras y tomé un asiento en el coche para Madrid.
Antes de que se hubiera perdido en el horizonte la más alta de las torres de Toledo, saque´la cabeza por la portezuela para verla otra vez, y me acordé de la calle.
Tenía aún la cartera bajo el brazo, y al volverme a mi asiento, mientras dobláamos la colina que ocultó de repente la ciudad a mis ojos, saqué el lápiz y apunté una fecha. Es la primera de las tres, a la que yo le llamo la fecha de la ventana.
(1) servir de epígrafe: es decir, el escritor nos da sólo la mención inicial que un autor sitúa delante de la obra como cifra (o resumen de lasignficación) de la misma.
(2) Un tema muy frecuente en Bécquer es el temor de que la civilización (esto es, los adelantos de las ciencias aplicadas) acabe con los testimonios de la tradición secular. La civilización es prosaica, mientras que la tradición es poética.
(3) Muchísima poesía, tal como Bécquer dirá más adelante en esta obra, llegó a su alma con la visión de la ventana, y este párrafo es una de las mayores muestras:
En la clave del arco ruinoso
cuyas piedras el tiempo enrojeció,
obra de cincel rudo campeaba
el gótico blasón.
Penacho de su yelmo de granito,
la yedra que colgaba en derredor
daba sombra al escudo, en que una mano
tenía un corazón.
A contemplarle en la desierta plaza
nos paramos los dos;
y "Ese - me dijo - es el cabal emblema
de mi constante amor".
¡Ay! Es verdad lo que me dijo entonces;
verdad que el corazón
lo llevará en la mano..., en cualquier parte...
pero en el pecho, no.
A lo largo de la historia hay más párrafos que inmediatamente me hacen recordar otras rimas... que bonito!!
(4) retablo: aquí, hornacina que contiene una pintura, ya sucia por el tiempo, que está en la calle para la devoción del pueblo.
(5) churrigueresco: propiamente el arte del arquitecto José Churriguera (1650-1723); en términos generales, las manifestaciones extremas del arte que hoy llamamos barroco.
(6) blasón: en sentido estricto es cada una de las figuras que componen el escudo; aquí, el mismo escudo.
(7) grietado: como en otras ocasiones prefiere esta forma, que sus amigos en la edición de 1871 corrigen por agrietado.
(8) Podrían ser las ruinas del palacio del Marqués de Villena, en donde hoy se encuentra la casa del Greco.
(9) alfaquí: entre los musulmanes, hombre sabio, conocedor del Corán y sus comentarios.
(10) Bécquer intuye que el rasgo fundamental de Toledo es haber servido de punto de encuentro y comunicación entre las diversas culturas que se establecieron en España, sobre todo las correspondientes a cristianos, moros y judíos.
(11) saliente: parte del edificio que sobresale del plano de la fachada.
(12) celosías: enrejado de madera que se pone en las ventanas para que no se vea el interior de las habitaciones.
(13) cancel: puerta de madera que se adosa a la reja que sirve de entrada a la casa para que no pase el frío y quede reservada...(¿eso era nuestro cancel muchis?)
(14) festón: adorno de flores, hojas y frutas, usado en la ornamentación de la piedra.
(15) El periodista que escribe el caso es, al mismo tiempo, poeta y dibujante, y por eso soñador. Aquí nos cuenta de qué manera imaginaba cómo había de ser la mujer apenas entrevistada detrás de la ventana.
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Bueno, hasta aquí la primera parte. ¿Les gustó? Espero que sí.
¡¡Hasta el próximo post!!
Un abrazote a todos.
Mire que interesante esta esto, definitivamente le voy a seguir la pista a sus tres fechas, Saludos!!!!
ResponderEliminarJ.Ortiz
Gracias Faustito, lo mejor de Bécquer es la facilidad con que lo lleva a uno a través de la historia, imaginando todo con tanto detalle.
ResponderEliminarEs genial.