sábado, 28 de febrero de 2009

Bécquer según R.R. Correa y mis pensamientos finales

Bueno, se me va otra semana más. He tratado de escribir mucho y al final no he escrito nada nuevo sobre Bécquer. Ya me lo decía un amigo, que se me hace corta la semana para un solo tema. Supongo que no hay muchas cosas nuevas qué decir sobre él, y sin embargo casi nadie conoce su verdadera forma de ser, aspecto que, según lo que decían sus amigos más cercanos, trataré de dejar aquí. Su vida no dio mucho de que hablar, es decir, no hubo escándalos, aunque lo pasó muy mal en su matrimonio, y realmente nunca tuvo más familia que Valeriano, porque siempre estuvieron en contacto, siempre ahí el uno para el otro, y cuando uno murió, el otro no resistió ni un año ya.

Sabemos que, al igual que Poe, Bécquer buscaba la Belleza de las cosas, de una forma un tanto distinta, pero su búsqueda fue siempre la Belleza, a través de la Poesía, encantándole escribir sin palabras elaboradas o difíciles, y he ahí la facilidad con que sus Rimas son entendidas. También al igual que Poe, en la leyenda que he compartido con ustedes, Tres fechas, muy sentimentalmente pedía «en nombre de los poetas y de los artistas, en nombre de los que sueñan y de los que estudian...» realmente es una delicia descubrir en cada rima los sentimientos que exhaltaban el alma del poeta al escribirla, y encontrarnos con que muchas veces fue un simple movimiento, un simple pensamiento, o un momento de sufrimiento en su vida diaria, el que despertó el mundo de fantasía y transformó cada cosa en poesía, que era tan fácil para él.

Gustaba de pintar con palabras y escribir con dibujos, tenía una vocación que venía de familia por la pintura, y ya se ha visto que por la literatura también, aunque haya tenido que hacer lo que todo buen poeta: trabajar y vivir en la pobreza haciendo críticas y artículos para diarios que pasaron como cualquier escrito en su momento, y que luego de su muerte fueron apreciados como se debía. Ay, naturaleza humana, que valoras sólo lo que has perdido ya.

Este post va a ser un poco largo, porque necesito vaciar aquí la admiración que siento por él. Ramón Rodríguez Correa, un amigo íntimo suyo, me va a ayudar, sirviéndome de la Edición de 1877 de las Obras Completas de Gustavo Adolfo Bécquer, cuyo prólogo, extenso (dieciocho páginas), fue escrito por Correa, a siete años de la muerte del poeta.

Quiero dejar ese prólogo aquí, tal como Correa lo escribió, porque sé que no puedo yo decir nada tan real como lo que él dice:

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Al lector:

Pronto, el 22 de Diciembre, hará siete años que voló a su Creador el espíritu inmortal de Gustavo Adolfo Bécquer.


La primera edición, que editó la caridad, agotose hace un año y el que murió oscuro y pobre es ya gloria de su patria y admiración de otros países, pues apenas hay lengua culta donde no se hayan traducido sus poesías o su prosa.


No es mi propósito hacer nueva enumeración de las desgracias y méritos del escritor. Las primeras se compensan con su gloria; los segundos son ya del dominio frío y severo de la crítica.


Sólo una cosa advertiremos siempre a los lectores de Gustavo: que nada de lo que dejó escribiolo con intención de que formase un libro; y, como dijimos en la primera edición, sus grandes imaginaciones, sus alegatos de merecimiento ante la posteridad, bajaron con él al sepulcro. Calcúlese ahora, por la popularidad y el respeto que su memoria ha alcanzado con fútiles destellos de su preclara inteligencia, a qué altura se hubiera elevado, si la miseria, aguijándole y faltándole la vida, no hubieran sido éstos los cauces imprescindibles de aquel atormentado cerebro.


Dos palabras más sobre Gustavo.


Hay quienes han querido censurarle por su novedad.


Hay muchos que han intentado imitarle.


Ni unos ni otros le han comprendido bien.


Las Rimas de Bécquer no son la total expresión de un poeta, sino lo que de un poeta se conoce. Por consecuencia, el tamaño, carácter y estilo de sus composiciones no tienen más forma que aquella en que estuvieron concebidas y calcadas, y éste es su principal mérito.


Defenderse con el Diccionario, arrebatar el oído con el fraseo de ricas variaciones sobre un mismo concepto, disolver una idea en un mar de palabras castizas y brillantes, cosa es digna de admiración y de elogio; pero confiarse en la admirable desnudez de la forma intrínsica, servir a la inteligencia de los demás la esencia del pensamiento y herir el corazón de todos con el laconismo del sentir, sacrificando sin piedad palabras sonoras, lujoso atavío de amontonadas galas y maravillas de multiplicados reflejos, a la sinceridad de lo exacto y a la condensación de la idea, y obtener únicamente con esto aplauso y popularidad entre las multitudes, es verdaderamente maravilloso, sobre todo en España, cuya lengua ha sido y será venero inagotable de palabras, frases, giros, conceptos y cadencias.


No menos digno de llamar la atención es que el poeta haya conseguido tan rápida celebridad sin tocar en sus fantasías ni en sus realidades nada que directamente excite el interés o las pasiones colectivas de sus contemporáneos.


Como en las de los grandes maestros, en su paleta no figuran más colores que los primordiales del iris, descompuestos en el prisma de la imaginación y del sentimiento; universales, sencillos y espontáneos, sin encenderse al contacto de pasiones políticas o de problemas sociales y religiosos.

Tienen en sí el germen de todo lo ideal; pero sin acomodamiento de época ni dudas, indignaciones o esperanzas de impíos o fanáticos.


No podrá nunca, pues, ser juzgado en tal terreno, y, como esos astros ingentes que parecen chicos porque desde abajo se les mira en un planeta menor, jamás podrá alternar entre el agitado vaivén de los que le examinen, cegados por el polvo de la tierra, o envueltos por la atmósfera de una época dada y los pasajeros brillos de fugaces meteoros. Esto a los que no han sabido censurarle, lo cual no prueba que le creamos exento de censura.

A los que le imitan, por más que esto honre al poeta tenemos que decir algunas palabras que expresarán conceptos a largo tiempo arraigados en nuestra conciencia.

No creemos en el progreso indefinido de una escuela. Si la historia del arte no lo probara definitivamente con la muerte irreemplazable de sus grandes hombres, lo haría ver la reflexión del buen sentido. De ningún modo aconsejamos que se dejen de consultar los grandes maestros de la forma, estudiándolos con fe e imitándolos con trabajo en secreto, sin perder nunca de vista la naturaleza para el arte y la moral absoluta para las ideas. Pero de esto a encastillarse en la forma del que primero fue original en ella, hay un gran abismo.

Si alguien es difícil y comprendido para imitado en poesía, es Bécquer. Como galanura de forma, pureza de dicción y corrección de estilo hay muchos que le aventajen, y éstos son los que deben de imitarse siempre. Pero lo imposible de imitar en Bécquer es su propio espíritu, su manera de ver, como dicen los pintores, su idiosincrasia, como lo llaman los naturalistas.

En ser Bécquer o no serlo está todo el quid de la dificultad, y creer que se ha conseguido tal propósito encerrándose en su forma y contando el número de sus versos, es no haber realizado nada, si antes no se cuenta con el original tesoro de ideas prácticas y reales que en sus composiciones existe. Repárese bien que ni al principiar Bécquer una composición ni al terminarla en crescendo, deja de pensar o de sentir algo de general y profundo. De cada cuatro versos suyos puede hacerse una larga poesía descriptiva; pero herir las cuerdas de la idea o del sentimiento en menos palabras, es casi imposible. La idea, pues, sin más adorno que el necesario, como él decía, para poderse presentar decente en el mundo, tiene una importancia real y sólida en sus composiciones.

Hacer, por tanto, versos como los suyos, sin hallarse provisto de algo importante, práctico y hondo en el terreno del sentir o del pensar, es querer construir perdurable estatua solamente con la gasa que la envuelve, y lo que consigue entonces quien imita, es quedar indefenso ante el público, resultando valadí, vulgar, pretencioso o vano en el mismo metro y con las mismas líneas que Bécquer, por haber querido narrar lo imposible, es decir, la nada, porque nada había brotado del cerebro del imitante. De esto resulta una serie de vulgaridades concisas, que por lo mismo son más vulgares aún, o una porción de nebulosidades y misterios, capaces de tener pensando todo un siglo a quien trate de descifrar el enigma.

En una palabra, y aunque se ha repetido mucho Shakespeare lo ha dicho mejor que nadie. Los imitadores olvidan el ser o no ser del trágico eminente, y al hacerlo caen en ese abismo sin fondo de que nos habla el creador de Hamlet: ¡Palabras, palabras, palabras! Nos hemos extendido más de lo que queríamos, pero sentíamos comezón de libertar la memoria de nuestro pobre amigo del ataque de los que no le han comprendido y de complicidad con algunos de sus imitadores.

Cumplida nuestra tarea, sólo nos resta dar en nombre del arte, del público, que lo pedía con ansia y de nuestro pobre amigo, al editor, por esta magnífica edición, ilustrada con el verdadero retrato del autor, no acabado de expirar, como figura en la edición primera, sino lleno de vida y esperanzas, tal como se agitó en el mundo. Va aumentada esta edición con otros trabajos de Bécquer, que añadirán nuevos quilates a su justa fama, tales cuales Las Cartas a una Mujer, y otros artículos eminentemente literarios, como el prólogo a Los Cantares de su íntimo amigo el Sr. Ferrán.

RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA


Gustavo Adolfo Bécquer
(Prólogo de la primera edición también por Correa)

Confieso que he echado sobre mis hombros una tarea superior a mis fuerzas. En vano he retardado el momento. La edición está ya terminada; todo el mundo ha cumplido con el deber que impuso una admiración unánime, y las páginas que siguen, donde se contiene todo lo que precipitadamente trabajó en su dolorosa vida mi pobre amigo, sólo aguardan estos oscuros renglones míos para convertirse en una obra que edita la caridad y que el genio de su autor hará vivir eternamente.

¡Póstuma y única recompensa que él puede dar al generoso desprendimiento de sus contemporáneos y amigos! ¡Salga, pues, de mi pluma, humedecido con el tributo de mis lágrimas, antes que el relato de la vida y el juicio de las obras del malogrado escritor, un testimonio de justicia hacia esta generación entre la cual me agito, generación que a riesgo de su vida ahuyenta la muerte de los infectos campos de batalla y da su oro para el libro de un poeta! Majestades de la tierra, artistas, ingenieros, empleados, políticos, habitantes de la ciudad, de las aldeas escondidas, todos los que en esa larga lista que ante mí tengo, habéis depositado, desde la cantidad inesperada, por lo magnífica, hasta el óbolo modesto, recibid por mi conducto un voto de gracias, a que hacen coro los temblorosos labios de hijos sin padres y de madres sin esposos; pues no sólo habéis salvado del olvido las obras de Bécquer, sino que al borde de su tumba habéis allegado el pan cotidiano que libertará de la miseria a seres desvalidos.

Los encargados de llevar a cabo tal empresa, hubieran tenido un gran placer en poner al frente de la edición los nombres de los que a ella han contribuido; pero la caridad acreciolos tanto, que su inserción hubiera aumentado el gasto notablemente. El distinguido pintor Sr. Casado, a cuya iniciativa, actividad y arreglo se debe casi todo el éxito de la recaudación, publicará en tiempo oportuno, y en unión con los demás amigos que han llevado a término esta obra, las cantidades recibidas y las que se han invertido, para justa satisfacción de todos. No menos alabanza merece el Sr. D. Augusto Ferrán, inseparable amigo del malogrado Bécquer, que no se ha dado punto de reposo en el asiduo trabajo de allegar materiales dispersos, coleccionarlos, vigilar la impresión y demás tareas propias de estos difíciles y dolorosos casos, ayudado del Sr. Campillo, tan insigne poeta como bueno y leal amigo.

Hasta aquí, lo que sus admiradores han hecho para perpetuar la memoria del que se llamó en el mundo Gustavo Adolfo Bécquer. Hablemos de él. Toda mi vida de poeta, todos los delirios, esperanzas, propósitos y realidades de mi juventud han quedado sin diálogo con su último suspiro. Al extender la muerte su fría mano sobre aquella cabeza juvenil, inteligente y soñadora, mató un mundo de magníficas creaciones, de gigantescos planes, cuyo pálido reflejo son las obras que contiene este libro. Todo su afán era conseguir un año de descanso en la continuada carrera de sus desgracias. Pobre de fortuna y pobre de vida, ni la suerte le brindó nunca un momento de tranquilo bienestar, ni su propia materia la vigorosa energía de la salud. Cada escrito suyo representa o una necesidad material o el pago de una receta.

Las estrecheces del vivir y la vecindad de la muerte fueron el círculo de hierro en que aquel alma fecunda y elevada tuvo que estar aprisionada toda su vida. Antes de morir, sospechó que a la tumba bajaría con él y como él, inerte y sin vida, el magnífico legado de sus imaginaciones y fantasías, y entonces se propuso reunirlo en un libro. La muerte anduvo más deprisa, y sólo pudo escribir la introducción con que van encabezados sus escritos, las rimas y el fragmento titulado La Mujer de Piedra, que, además de revelar su poderosa inventiva, lleva el sello de su idoneidad y no común saber en las artes plásticas. Nació Bécquer en Sevilla el 17 de Febrero de 1836, siendo su padre el célebre pintor e inspirado intérprete de las costumbres sevillanas.

A los cinco años de edad quedó huérfano de éste, empezando sus estudios de primeras letras en el colegio de San Antonio Abad, donde permaneció hasta los nueve años, en que entró en el colegio de San Telmo para estudiar la carrera de náutica. A los nueve años y medio viose huérfano de madre, y a los diez salió de dicho colegio por haberse suprimido. A tal edad encargose de Gustavo su madrina de bautismo, persona regularmente acomodada, sin hijos ni parientes, por cuya razón le hubiera dejado sus bienes, a no haber él renunciado a todo por venir a Madrid a los diez y siete años y medio, con el objeto de conquistar gloria y fortuna. ¡Como si en el campo de las letras se hubiera nunca conquistado en España ambas cosas! Quería su madrina hacer de él un honrado comerciante; pero aquel niño, que había aprendido a dibujar al mismo tiempo que a escribir, cuya desmedida afición a la lectura le hacía encontrar horizontes más anchos que el de la teneduría de libros, y que jamás pudo sumar de memoria, sólo encontraba aplausos para sus primeras poesías, lo cual le decidió a vivir de su trabajo, armonizándolo con la independencia de su carácter, y a venir a Madrid, como lo verificó el año 54, sin más elementos que lo necesario para el viaje.

Corría el año 56, y entonces llegué también a buscar lo mismo que Gustavo, con quien en los primeros pasos me encontré en el terreno de las letras. Mi carácter alegre y mi salud robusta fueron acogidos con simpatía por el soñador enfermizo, y casi niños, se unieron nuestras dos almas y nuestras dos vidas. Prolijo sería enumerar las peripecias de la suya, monótona en desdichas. El año 57 se vio acometido de una horrible enfermedad, y para atender a ella y rebuscando entre sus papeles, hallé El Caudillo de las manos rojas, tradición india, que se publicó en La Crónica, siendo reproducida, con la singularidad de creerse que el título de tradición era una errata de imprenta; pues todos los que la insertaron en España o copiaron en el Extranjero, la bautizaron con el nombre de traducción india. ¡Tan concienzudamente había sido hecho el trabajo! Compadecido un amigo de sus escaseces, buscole un empleo modesto, y juntos entramos a servir al Estado en la Dirección de Bienes Nacionales, con tres mil reales de sueldo y con la categoría de escribientes fuera de plantilla. Cito este detalle, porque la cesantía de Gustavo en aquel destino forma un rasgo descriptivo de su carácter soñador y distraído. Tratose de hacer un arreglo en la oficina, y el Director quiso por sí mismo averiguar la idoneidad y el número de los empleados, visitando para ello todos los departamentos. Gustavo, entre minuta y minuta que copiaba, o bien leía alguna escena de Shakespeare, o bien la dibujaba con la pluma, y, en el momento en que el Director entró en su negociado, hallábase él entregado a sus lucubraciones.

Como sus dibujos eran admirables, ya se habían hecho casos de atención para todos, que se disputaban el poseerlos, aguardando a que los concluyera, mientras seguían con la vista aquella mano segura y firme, que sabía con cuatro rasgos de pluma hacer figuras tan bien acabadas.

El Director se unió al grupo, y después de observar atentamente aquel tan raro expediente en una oficina de Bienes Nacionales, preguntó a Gustavo, que seguía dibujando:

-Y ¿qué es eso? Gustavo, sin volverse y señalando sus muñecos, respondió:

-¡Psch!... ¡Ésta es Ofelia, que va deshojando su corona! Este tío es un sepulturero... Más allá... En esto observó Gustavo que todo el mundo se había puesto de pie y que el silencio era general. Volvió lentamente el rostro, y...

-¡Aquí tiene usted uno que sobra! -exclamó el Director. Efectivamente Gustavo fue declarado cesante en el mismo día.

Excuso decir que él se puso muy alegre; pues aquel alma delicada, a pesar de la repugnancia que le inspiraba el destino, lo aceptó por no hacer un desaire al amigo que se lo había proporcionado.

Habíase propuesto Gustavo no mezclarse en política y vivir sólo de sus artículos literarios, cosa imposible en España, por lo escaso de la retribución y lo raro de la demanda; así es que tuvo que alternar los escritos con otros trabajos. De este género son las pinturas al fresco que deben de existir en el palacio de los señores maqueses de Remisa, cosa que ignorará el propietario, pues encargó la obra a un pintor de adorno, que, no sabiendo pintar las figuras, dio un jornal por ellas a Gustavo.

Fundose después El Contemporáneo, y al brindarme con una plaza en su redacción el fundador y mi amigo D. José Luis Albareda, conseguí que también entrase a formar parte de ella el autor de este libro. Entonces escribió la mayor parte de sus leyendas y las Cartas desde mi celda, que causaron admiración grande en los círculos literarios de España. Para Gustavo, que sólo hallaba la atmósfera de su alma en medio del arte, no existía la política de menudeo, tan del gusto de los modernos españoles.

Su corazón de artista, amamantado en la insigne escuela literaria de Sevilla, y desarrollado entre catedrales góticas, calados ajimeces y vidrios de colores, vivía a sus anchas en el campo de la tradición; y encontrándose a gusto en una civilización completa, como lo fue la de la Edad Media, sus ideas artístico-políticas y su miedo al vulgo ignorante le hacían mirar con predilección marcada todo lo aristocrático e histórico, sin que por esto se negara su clara inteligencia a reconocer lo prodigioso de la época en que vivía.

Indolente, además, para las cosas pequeñas, y siendo los partidos de su país una de estas cosas, figuró en aquél donde tenía más amigos y en que más le hablaban de cuadros, de poesías, de catedrales, de reyes y de nobles. Incapaz de odios, no puso sus envidiables condiciones de escritor a servicio de la ira, que, a haberlo hecho más positivas hubieran sido sus ventajas y más doradas las cintas de su ataúd. No estando destinado, por lo dulce de su temperamento, a causar el terror de nadie, ni apto su carácter noble para la adulación o la asiduidad del servilismo, condiciones que sustituyen con ventaja y provecho propio a la acometividad y energía.

Gustavo no podía hacer gran papel entre las revueltas, distingos, escándalos, exhibiciones y favoritismos de los que, salvando rarísimos ejemplos, forman la mayoría de los afortunados en política, con relación a los bienes materiales; y hecho fiscal de novelas, desempeñó su destino lo mejor que pudo, haciendo dimisión tan luego como cayó del poder la persona que había firmado su nombramiento, el excelentísimo Sr. D. Luis González Bravo, artista como pocos y apreciador sincero y leal del mérito de Gustavo. El año 62, su hermano Valeriano, célebre ya en Sevilla por sus producciones pictóricas, vino a reunirse y a vivir con él, como en los años de su niñez trabajosa. Después de graves disgustos domésticos que ambos experimentaron, cesante el poeta, el pintor sin la pensión, que devolvía en magníficos cuadros de costumbres al Ministerio de Fomento, la muerte comenzó a prepararles un recibimiento tan ingrato y oscuro como el que tuvieron en los primeros pasos de su vida.

Volvieron los ímprobos trabajos de los primeros días, el malestar de la hora presente, la cruel incertidumbre de lo cercano; pero la desdicha tenía que habérselas con veteranos de sus rigores. Ambos hermanos unieron sus esfuerzos, y mientras el uno dibujaba admirablemente maderas para Gaspar y Roig o La Ilustración de Madrid, el otro traducía novelas insulsas o escribía artículos originales, como el de Las hojas secas, contentos con vivir juntos llevar pan a sus tiernos hijos, hablando el pintor de sus futuros cuadros, para cuando tuviera lienzos, y el poeta de sus grandiosas concepciones, para verlas realizadas cuando la perentoria necesidad del día no fuese precipitado final de sus ensueños. Una de las formas que más complacen a la Desgracia, entre el sinnúmero de sus horribles disfraces, es la de la Felicidad.

Como el tigre con su presa, parece jugar con sus víctimas; y cuando el golpear de sus fatales hábitos ha embotado las sensaciones, semeja abandonar a los que atormenta, y siempre acechando, deja que se olviden de ella, permite que el bienestar se introduzca temeroso aún en su morada, que los sueños color de rosa acaricien tímidas fantasías; y cuando ya el mortal, objeto de sus odios, creese libre de sus ultrajes, tiende de pronto su garra certera y pone fin con un tormento inesperado e irremediable a todas las agonías, helando en los labios la sonrisa de aquellos que ya empezaban a regocijarse con su huida. Esto aconteció en la morada de los hermanos Bécquer. Cuando ya habían conseguido unificando esfuerzos, organizar modesta manera de vivir; cuando un porvenir artístico e independiente les sonreía; cuando el trabajo comenzaba a ser en aquella casa de sosiego del precavido y no la precipitación del destajista; cuando ya se podía retratar a un amigo por obsequio y escribir una oda por entusiasmo, la muerte de Valeriano tiñó de luto el alma de sus amigos y contaminó con su frío el corazón de Gustavo, siéndole tanto más sensible el golpe, cuanto más refractario era aquel espíritu ideal a la seca verdad del no ser. Herida sin cura aquel alma fuerte, pronto había de destruirse la débil materia que, a duras penas la había contenido. El 23 de Septiembre del año 70 dejó de existir Valeriano.

El 22 de Diciembre del mismo año exhaló Gustavo su último suspiro. ¡Extraña enfermedad y extraña manera de morir fue aquélla! Sin ningún síntoma preciso, lo que se diagnosticó pulmonía, convirtiose en hepatitis, tornándose a juicio de otros en pericarditis; y entre tanto el enfermo, con su cabeza siempre firme y con su ingénita bondad, seguía prestándose a todas las experiencias, aceptando todos los medicamentos y muriéndose poco a poco.

Llegó por fin el fatal instante, y pronunciando claramente sus labios trémulos las palabras ¡TODO MORTAL!... voló a su Creador aquel alma buena y pura, dotada de tan no comunes facultades artísticas, que yo, pudiendo apreciar por el continuado trato las mayores capacidades literarias de mi época, no vacilo en asegurar que ninguna he visto dotada a un tiempo de tantas condiciones creadoras, unidas a un gusto tan exquisito y elevado.

Aunque, como se verá después en el rápido examen que de sus obras haga, deja impreso en ellas lo bastante el carácter del genio para que se le señale un puesto entre nuestros escritores y poetas, los que le conocíamos admirábamos a Gustavo, más por lo que esperábamos de él que por lo que había hecho. Puede decirse que todo lo que concibió está escrito al volar de la pluma, sin recogimiento previo de las facultades intelectuales, y entre la algazara de redacciones de periódicos o bajo el influjo de premiosos instantes. Esto mismo, que ve la luz pública tal cual lo hemos hallado, no pensaba él publicarlo sin corregirlo antes cuidadosamente, porque lo había escrito deprisa y como para que no se le olvidasen asuntos e ideas que no le parecían malos.

En cada punto de España que había visitado durante su vida artística, había levantado su fantasía poderosa, unida a su nada común saber, un mundo de tradiciones y de historia, sólo con ver brillar el bordado manto de santa imagen, o leyendo apenas una inscripción borrosa en oscuro rincón de arruinada abadía. Esto explica su estancia en el monasterio de Veruela, sus correrías por las provincias de Ávila y de Soria, y las idas y venidas a Toledo, donde vivió un año, y en donde estuvo tres días veinte antes de morir.

Para él Toledo era sitio adorado de su inspiración; y la primera vez que con su hermano fue a visitarle, ocurrioles un suceso por demás extraño. Una magnífica noche de luna decidieron ambos artistas contemplar su querida ciudad, bañada por la fantástica luz del tibio astro.

Armado el pintor de lápices y el poeta-arquitecto de recuerdos, abandonaron la vetusta corte, y sobre arruinado muro entregáronse horas enteras a su charla artística, que puede el lector apreciar cuán interesante e instructiva sería leyendo los artículos sobre el Arte árabe en Toledo, La basílica de Santa Leocadia y La historia de San Juan de los Reyes, hecha por Gustavo en la magnífica obra que con el título de Historia de los Templos de España, comenzó a publicarse en Madrid por los años 57 y 58, bajo su dirección y propiedad; obra grandiosa, imaginada por él, y que, a haberse continuado, sería la mejor y más a propósito para hacer la crónica filosófica, artística y política de nuestra patria. Hallábanse departiendo los hermanos, cuando acercose una pareja de Guardias civiles, que por aquellos días, sin duda, andaban a caza de malhechores vecinos.

Algo oyeron de ábsides, de pechinas, de ojivas y otros términos a la cual más sospechosos y enrevesados, unido a disertaciones sobre el género plateresco de Berruguete y Juan Gúas, sobre el artificio de Juanelo, etc., y examinando el desaliño de los que tal hablaban, sus barbas luengas, sus exaltados modales, lo entrado de la hora, la soledad de aquellos lugares, y obedeciendo, sobre todo, a esa axiomática seguridad que tiene la policía de España para engañarse, dieron airados sobre aquellos pajarracos nocturnos, y a pesar de protestas y de no escuchadas explicaciones, fueron éstos a continuar sus escarceos artísticos a la dudosa y horripilante luz de un calabozo de la cárcel de Toledo.

También el gobernador debía aguardar por aquellas cercanías la visita de temidos conspiradores, cuando, al amanecer, los delincuentes honrados continuaban en su mazmorra. Supimos todo esto en la redacción de El Contemporáneo, al recibir una carta explicatoria de Gustavo; toda llena de dibujos representando los detalles de la pasión y muerte probable de ambos justos. La redacción en masa escribió a los equivocados carceleros, y, por fin, vimos entrar sanos y salvos los presos parodiando ante nosotros con palabras y lápices las famosas prisiones de Silvio Pellico. ¿Quién en aquellos ojos brillantes, risas estripitosas y sorprendentes facilidades para todo lo que era expresión de cualquier arte, hubiera podido predecir estéril e inoportuna muerte? Tal fue la vida de Gustavo.

Diré algo sobre sus costumbres y carácter antes de hablar del escritor, porque esto que llamaré prólogo va haciéndose pesado, aunque los lectores buenos me lo dispensarán. Paréceme al escribirlo que estoy hablando con algo suyo; que al estampar cada frase en su alabanza, su infantil modestia se subleva, y que a cada error de estilo o grosería de lenguaje míos, sus nervios artísticos se crispan y su voz cariñosa me riñe, como otras veces, por mis innumerables descuidos y mi prisa en entregarme a la pereza. Gustavo era un ángel. Hay dos escritores a quienes en la vida he oído hablar mal de nadie. El uno era Bécquer, el otro es Miguel de los Santos Álvarez. Si a alguien se satirizaba injustamente, él lo defendía con poderosos argumentos; si la crítica era justa, un aluvión de lenitivos, un apurado golpe de candoroso ingenio o una frase compasiva y dulce cubría con un manto de espontánea caridad al destrozado ausente.

Alguna vez escribió críticas. No hemos querido insertarlas; pues, cuando cumpliendo alguna misión las hacía de encargo, a cada línea protestaba de lo que censurando iba, y era de ver su apuro, colocado entre el sacerdocio de la verdad y del arte, y la mansedumbre de su buen corazón. Si desde el cielo, en que de seguro habita, pues no es dado hallar infierno en otra vida al que en la tierra le tuvo, tiende los ojos sobre este libro, sólo hallará en él lo que escribió sin remordimientos de su bondad. La fecundidad e inventiva de Gustavo eran prodigiosas, y puede decirse que esto perjudicó a la importancia de sus escritos.

Su manera de concebir no era embrionaria, sino clara, metódica y precisa, tanto, que a sus imaginaciones sólo faltaba un taquígrafo; pero encariñado con ellas y no queriéndolas escribir con la precipitación del oficio, sino con el reposo del artista, íbalas dejando para cuando pudiera conseguirlo. A fin de poseer el sustento, escribió mucho y en géneros diferentes, como zarzuelas, traducciones, artículos políticos y de crítica, un tomo sobre Los Templos de España, y tenía meditadas y bosquejadas, a la manera que antes he dicho, multitud de obras, cuyos títulos sólo revelan facultades extraordinarias. Para el teatro tenía concebidas, sin que faltara el más pequeño detalle, las obras siguientes:

El cuarto poder, comedia.
-Los hermanos del dolor, drama.
-El duelo, comedia. -El ridículo, drama.
-Marta, poema dramático; -¡Humo!, ídem.

Entre las novelas encuentro en sus apuntes los títulos que siguen:

Vivir o no vivir.
-El último valiente y El último cantador, de costumbres andaluzas.
-Herrera.
-Crepúsculos.
-La conquista de Sevilla.

En fantasías y caprichos, los que siguen:

El rapto de Ganimedes, bufonada.
-La vida de los muertos, leyenda fantástica.
-La Diana india, estudio de la América.
-La amante del sol, estudio griego.
-La Bayadera, estudio indio.
-Luz y nieve, estudio de las regiones polares.

Tenía perfectamente ideadas las siguientes leyendas toledanas:

El Cristo de la Vega, pintando un judío.
-La fe salva.
-La fundadora de conventos.

-El hombre de palo, estudio sobre Juanelo.
-La casa de Padilla, ocurrido sobre el solar abandonado.
-La salve.
-Los ángeles músicos.
-La locura del genio, estudio sobre el Greco.
-La lepra de la infancia, estudio sobre el Condestable de Borbón.

Lo primero que pensaba escribir a conciencia, según decía, era un poema en cuatro cantos, titulado Las estaciones. Además tenía proyectadas y hasta versos hechos, de las siguientes poesías, que cada una había de formar un libro, a saber:

La oración de los reyes.
-Los mártires del genio, poemas sobre los dolores de los hombres famosos.
-Las tumbas, obra artística y poética; meditaciones sobre las sepulturas célebres.
-Un mundo, poema sobre el descubrimiento de las Américas.

Y otros títulos y otros planes que la muerte ha encerrado con él en la tumba y cuya historia se haya escrita brevemente en el magnífico prólogo, original suyo, que a éste mío sigue, donde se hallan indicados la sospecha de su muerte y el martirio que tantas creaciones, a las que sólo faltaba un poco de actividad sosegada para ser reales, causaban en aquel cerebro tan potente y seguro.

Todas las obras que contienen estos tomos han sido escritas, como ya he dicho, sin tomarse más tiempo para idearlas, que aquel que tardaba en dibujar con la pluma lo que había de describir o ser objeto de su inspiración; y era de ver los primores de sus cuartillas, festoneadas de torreones ruinosos, mujeres ideales, guerreros, tumbas, paisajes, esqueletos, arcos, guirnaldas y flores. Rara era la carta que salía de su mano sin ir llena de copias de lo que veía o caricaturas admirables sobre lo que narraba. Ni de su triste vida, ni de sus dolores físicos, quejábase nunca ni maldecía jamás. Mudo cuando era desgraciado, sólo tenía voz para expresar un momento de alegría. Cuando refería contrarios sucesos de su vida, lo hacía entre burlas o poetizando alegre y simpáticamente la desgracia.

Así es que cuando leí sus Rimas me afectaron profundamente. La única vez que exhalaba quejas lo hacía en verso, y era que en aquella naturaleza artística, hasta el grito del dolor había de escucharse sin vulgaridad, y semejante a los gladiadores antiguos que dejaban caer con gracia el moribundo cuerpo, él no dejaba ver su lacerado espíritu, sino envuelto entre las elegantes formas del plasticismo sevillano, pura y rígida escuela a que sólo ha faltado ser más subjetiva y franca para ser perfecta.

Tal era el hombre. Ocupémonos por fin del escritor y del poeta. Llegado a este punto, preciso es que abandone el alto criterio que las deslumbradoras facultades de Gustavo y la especialidad de su trato habían engendrado en mis juicios, para examinar el conjunto de obras que nos lega; las cuales, a pesar de no ser aquellas en que yo fundaba mi segura confianza, forman, sin embargo, un conjunto que basta a dar idea fija de su importancia en el terreno de nuestra literatura.

Sin entrar todavía en el campo de las relaciones, basta abrir esta obra por cualquiera de sus páginas para sentir en el mismo instante el ánimo agradablemente sorprendido, encontrándole fuera de esa atmósfera de lo vulgar, que tantos se afanan por romper, domeñando, sobre todo en España, la dificultad del lenguaje para expresar lo ideal y analítico del sentir moderno. Aunque Gustavo, cuando escribía en reposo, jamás olvidaba que su cuna literaria se había mecido en la patria de Herrera, Rioja, Mármol y Lista, como quiera que es un escritor eminentemente subjetivo, jamás deben desligarse en el análisis para su crítica la forma y la idea, dueña casi siempre ésta de aquélla, la una dictando, obedeciendo la otra.

En el fondo de sus escritos hay lo que podría llamarse realismo ideal, único realismo posible en artes, si no han de ser mera imitación de la naturaleza o anacronismo literario y han de llevar el sello de algo, creado por el artista. Sorprende a veces su semejanza con ciertos autores alemanes, a quienes no había leído hasta hace muy poco, y a los que se parece, porque sus producciones están pensadas y escritas con la razón y la imaginación, que son en aquéllos inseparables y como dos buenas hermanas entre las que no hay secretos ni odios, reinando siempre armonía inalterable, producto del largo uso de la libertad de conciencia.

Vese en Gustavo dominar siempre la idea a la forma, por más que ésta sea brillante y riquísima y oculte en apariencia a aquélla primorosamente; pues artista verdadero, es decir, hombre de sentimiento que atisba y oye repetirse dentro de su ser en mil ecos cualquier sensación externa, sabe permanecer siempre dentro del arte, o sease de lo bello, de lo bueno, de lo simpático, de lo sublime que casi todos fantaseamos aunque necesitemos las más de las veces que alguien, el genio, nos lo enseñe y explique para comprenderlo y precisarlo. Como todos los autores de estima, es Gustavo revolucionario, es decir, innovador y creador, amante de la verdad. En sus escritos tiende más a conmover que a enseñar; porque el tiempo y la razón a él y a aquéllos han demostrado que despertar los sentimientos que duermen en el fondo del alma es dar a los hombres la mejor enseñanza, llevándolos por el camino de lo bello (en cualquier sentimiento fingido no hay belleza), a cuyo término está la única moral, la moral subjetiva, por decirlo así, la que se desprende de todas las sensaciones que han agitado una vida.

Todo hombre que siente, esto es, que puede conmoverse profundamente, está en vías de perfeccionarse y de llegar a la verdadera moral; la moral, que a mi juicio es la vida de la idea, la Oda del cuerpo y del alma que viven en paz y armonía. Sí: Gustavo es revolucionario; porque, como los pocos que en las letras se distinguen por su originalidad y verdadero mérito, antes que escritor es artista, y por eso siente lo que dice mucho más de lo que expresa, sabiendo hacerlo sentir a los demás.

Es revolucionario, como los alemanes, pero no por imitación, sino dentro de la espontaneidad y del arte cuyos límites, por muy dilatados que sean, no se pueden traspasar impunemente, aunque sí ensancharlos, siempre que la imaginación y la razón, la idea y la forma vayan unidas, sin separarse un ápice una de otra. He aquí por qué se parece a los alemanes, porque llega a esos límites, y sabe y tiene poder para agrandarlos, lo cual consiguen muy pocos. Sus leyendas, que pueden competir con los cuentos ds Hoffmann y de Grimm, y con las baladas de Rückert y de Uhland, por muy fantásticas que sean, por muy imaginarias que parezcan, entrañan siempre un fondo tal de verdad, una idea tan real, que en medio de su forma y contextura extraordinarias, aparece espontáneamente un hecho que ha sucedido o puede suceder sin dificultad alguna, a poco que se analicen la situación de los personajes, el tiempo en que se agitan o las circunstancias que les rodean.

No son una idea filosófica que oculta tal o cual cosa y que quiere decir esto o lo otro; no: contienen una realidad que, para grabarse más profundamente en el corazón, hiere primero la fantasía con deslumbradoras apariencias, y, disipadas éstas, queda espontánea, fuerte y erguida. De la verdad ha de brotar la filosofía, y no de ésta ha de resultar aquélla. Tal sucede en las leyendas, en los artículos y, sobre todo, en sus magníficas Cartas, modelos de buen decir, verdaderas obras maestras de fecundia y de lenguaje. El rayo de luna, Los ojos verdes, ¿qué son sino cuadros fantásticos en que tal vez la locura de un hombre hace brillar una idea para todos real y visible? Aquel contorno de mujer que dibuja la luna, al atravesar las inquietas ramas de los árboles; aquel hada de ojos verdes que habita en el fondo del lago ¿qué representan sino la mujer ideal, pura, que inspira el amor de los amores, el amor que todo corazón noble desea y siente, amor interno, duradero, que jamás se encuentra en la tierra? ¿Qué significa aquel Miserere magnífico de las montañas, que va a escuchar un músico extraño, y al que pone notas tan extrañas como él, sino ese anhelar del artista, ese luchar sin reposo con la forma, esa desesperación eterna por hallar digno ropaje, línea precisa, color verdadero, palabra oportuna y nota adecuada al mundo increado de su alma, a los hijos brillantes de su fantasía? ¿Qué nos enseña aquel viejo Órgano de Maese Pérez, que nadie puede hacer sonar delante de Dios y del mundo, a no ser su propio espíritu, sino la imposibilidad de las escuelas, ese arte de las serviles imitaciones, en que no deben suceder falsos Rafaeles, Ticianos y Velázquez a los que así se llamaron en la tierra, a menos que Dios no haga el milagro de permitir bajar del cielo el ánima que le entregaron con el último estertor de la agonía? Y si, teniendo presente que se publican sus obras después de muerto el autor y sin la menor enmienda, examinamos el estilo, la propiedad, el profundo conocimiento de épocas lejanas y de costumbres ya idas, no podremos menos de admirar consorcio tan sorprendente entre la espontaneidad y el estudio, entre lo fantástico y lo real.

Otra de las particularidades de Gustavo, la más esencial a mi juicio, la que más claramente revela su genio noble y elevado, es que personalmente siente y manifiesta sus particulares sensaciones, resultando, y así debe de ser, que aquéllas son comprensibles para todos, porque las experimenta ni más ni menos que como cualquier otro, si bien revela la manera de percibirlas bajo una forma poética, a fin de despertar esos mismos sentimientos en los demás. Sus pasiones, sus alegrías, sus aspiraciones, sus dolores, sus esperanzas sus desengaños, son espontáneos, e ingenuos, y semejantes a los que lleva en sí todo corazón, por insensible que sea. Esta particularidad se revela en sus poesías con más fuerza que en sus otros escritos.

No finge nunca, dándole proporciones estéticas que al pronto la hacen parecer grande, una pasión exagerada; atento siempre a la verdad dentro del arte, habla según siente, y teniendo el don de sentir lo que impresiona a la colectividad, don tan sólo concedido al genio, apodérase de todos los corazones, que admíranse de ver a otro sorprender sus secretos y decir cuanto les conmueve, impresión que cada cual creía exclusivamente suya. ¿Por qué esta poesía subjetiva ha brillado tan poco en España, y cuando tal ha sucedido se ha verificado dentro de una excepción del sentimiento humano? No creo tanto en la influencia de las razas como en la de las religiones, que, generando las costumbres, preparan una política, una literatura, un arte general dados, los cuales llegan a ser medios en que se desarrollan fatalmente las inteligencias. Asombra contemplar lo que pudo ser la nación española inmediatamente después de la conquista de Granada y al advenimiento de Carlos V. Era tanto el empuje de la anterior civilización, nacida entre la fe y la guerra, entre el amor y el odio, que puede afirmarse la imposibilidad de encontrar, en igual período de tiempo y circunstancias, pueblo que hubiese adelantado más terreno en ciencias y en artes. Aparece primero la poesía anónima y heroica; inmediatamente la mística y didáctica, de Berceo y Alonso el Sabio, con la cual la prosa castellana, abandonando su hermosa cuna del Lacio, declárase libre de la anterior tutela, hermoseada y rejuvenecida por la literatura provenzal y arábiga.

El pueblo que antes que ningún otro de Europa adquiría derechos y municipios, creó una forma exclusivamente suya, cantando la gloria de sus héroes, la religión que le animaba y el amor que le enardecía, en un metro que no tiene semejante en otro idioma. El príncipe Juan Manuel burlábase de las pretensiones de los frailes y de la alquimia de su tío Alonso el Sabio; el arcipreste de Hita dejábase inspirar, ya por Epicuro, ya por Cristo; la Danza de la Muerte rivalizaba con todas las composiciones de su género en tétrica fantasía, y Pedro López de Ayala llevaba a la poesía la política. El arte subjetivo, aunque materialista, de la literatura árabe, encontraba eco en Jorge Manrique; los libros de caballerías no agotaban riquísimas imaginaciones, y las crónicas y los crepúsculos del teatro, y la arquitectura y las ciencias, y el ingenio humano en todas sus manifestaciones, con un carácter eminentemente nacional, recibían, entre la tolerancia de cultos y las libertades de los pueblos, el influjo de todo lo bello, de todo lo grande y de todo lo útil. La poesía subjetiva no había brotado aún, porque no era tiempo, pues ocupados los poetas en ensalzar a sus héroes, en adorar a sus santos, aliados fieles en guerras contra agarenos, y en reconquistar para la religión y la patria antiguas el terreno arrebatado, no habían abandonado todavía el campo de batalla, la plática en la asediada tienda de combate, ni el rezo a favor de la victoria entre las arcadas del templo, para sustituir el mundo exterior, que les embargaba, con la contemplación de sí mismos, al contacto de una sociedad tranquila y adecuada a la reflexión y al examen.

Llegó por fin el momento de reposo; y como si la Providencia, que vela por el equilibrio de las leyes materiales, temiese que tanta fuerza moral acumulada desnivelase el mundo, abrió las playas apartadas, con objeto de librar a Europa de la peligrosa energía de los españoles, y sentó en su trono un rey, emperador de lejanos países, precediéndole en el gobierno un monje de carácter tan elevado y firme, como hábil y fanático.

Al mismo tiempo que las Américas se descubrían, la Inquisición, oponiéndose a la reforma y consiguiendo brillantemente alejarla de España, comenzó a pesar sobre todas las inteligencias, y sin su permiso, ni podía la fantasía crear, ni inquirir el alma humana. Sintiose el hombre posesor de un espíritu peligroso, y apartando la vista de este enemigo interno, que podía rodear su cuerpo de las horribles llamas del Santo Oficio, suprimió su personalidad en todas las concepciones de su inteligencia, y semejante a tímidas aves que vuelan rastreando o se pierden tras las nubes, la hipocresía de la forma ocultó los sentimientos, o el misticismo fue el espacio a que se remontó sereno el espíritu, sin que por ello lograra escapar a persecuciones inesperadas: Todos los escritores y poetas subjetivos castellanos, Santa Teresa, Fr. Luis de León, San Juan de la Cruz, Juan de Ávila, Fr. Luis de Granada, a pesar de haber sido después canonizados, tuvieron que humillar sus puras frentes y anublar sus radiantes inteligencias ante las negras sotanas de los inquisidores. Si esto pasaba a los que eran poeta-santos, ¿qué suplicio no hubiera encontrado el simple poeta terrenal, exponiendo su alma desnuda a la zarpa de la Inquisición o al anatema de los conventos? Derruida, por otra parte, la estructura nacional política en los campos de Villalar, la forma tradicional poética y artística perturbose también con influencias extrañas; pero era tal el empuje recibido y tan peculiar y genérico nuestro carácter propio, que no bastaron a destruirle tan instantáneos y rápidos contratiempos. Desapareció el análisis de la verdad, es cierto, en todo el territorio de España; pero no la fantasía ni la riquísima vena de los españoles.

Perseguido el pensamiento, no murió entre las manos que le apretaban, sino que, amoldándose, como cuerpo fluido e impalpable, a la forma de la materia que le oprimía, se escapaba ufano por todas las aberturas. El poeta que amaba hacía responsables de sus delirios a pastores y héroes de la Mitología, y los grandes alientos, las dudas del alma, los placeres de la tierra encontraron hombres sin existencia real, mundo ficticio en que desarrollarse, dentro de nuestro inmortal teatro, donde parece que sus grandes genios se vengaron de la tiranía social que les oprimía, encerrando todos los preceptos bajo llave y creando con la anarquía dramática el moderno romanticismo, que no es más que la libertad de pensamiento en artes. Pero, entretanto, la poesía lírica, esencialmente subjetiva, desarrollábase dentro de los estrechos límites de la forma, acortando su vuelo a medida que se perfeccionaba, y manteniendo su existencia, bien invadiendo el teatro, bien ensalzando a las veces triunfos compatibles con la religión y la patria. Sólo Rioja, ese gran genio de la escuela sevillana, abre su alma a la verdad, y en aquella magnífica turquesa de su estilo funde sus cantares, ya anonadando cortesanos aduladores, ya vertiendo lágrimas ante los estragos del tiempo, ya cantando las flores hermosas, tan puras como su alma, que se transparenta siempre a través de sus poesías.

Pero no todos tenían la rigidez de su espíritu, y ya la forma había dado de sí cuanto pudiera. Los retruécanos, la mitología, los diferentes metros, los idiomas afines al castellano, todo se había agotado. No había más remedio que lanzarse en el terreno de la idea y de la verdad, cuya puerta vigilaba la Inquisición, o introducir la anarquía del despecho en el campo de las formas. Góngora, Luzbel de nuestra literatura, lanzando por la tradición del cielo de la libertad y queriendo progresar dentro de lo limitado y finito, introdujo el estilo culterano. La Inquisición mató la espontaneidad y el análisis. El orgullo quebró el cincelado vaso de obligados pensamientos. Quedó únicamente la sátira, revoloteando ya alegre y licenciosa, ya altiva y soberbia, sobre la frente del profundo Quevedo, a quien no valió su astucia para pensar libremente en una mazmorra. Imperó la teocracia, y un idiota fue su última víctima y su ejemplar producto.

No llegó a España la libertad del pensamiento; pero sí, con el nieto de Luis XIV, el principio de autoridad literario, y Moratín reglamentó de nuevo el arte, severamente conservado por la escuela sevillana. Tras la revolución francesa operose la revolución del mundo, y Quintana levantó su poderoso astro entre himnos a la libertad y severas justicias de los tiranos. Con la invasión volvió España a pelear para verse independiente, y una vez triunfante, no quiso volver a dormir el narcótico sueño de tres siglos. Las artes resucitaron, el teatro volvió a levantarse, y la poesía lírica, tan perfecta en la forma como en otros días, tuvo por sacerdotes de su culto hombres libres. Mientras Zorrilla nos refiere imperecederas tradiciones, Espronceda nos habla de sí mismo y del alma humana, y con él esa poesía subjetiva, producto de la libertad del pensamiento, toma carácter de naturaleza entre nosotros, demasiado apegados aún a la admiración de tiempos que pasaron, hasta el punto de que hombres casi demagogos son perfectos reaccionarios en cuanto hablan en verso.

No quiero por esto decir que la poesía lírica ha de ser política. ¡Líbreme Dios de verla por este camino! Pero cuando lo sea, debe representar su tiempo, como las obras que forman el glorioso catálogo de nuestro Parnaso. Creo haber probado lo bastante que, lejos de ser la poesía esencialmente subjetiva imitación de extranjeros líricos, es resultado natural de la moderna civilización, por lo cual comienza hoy a nacer en España, más atrasada en todo que otros países. A consecuencia de lo apuntado, y volviendo a ocuparme de las poesías de Bécquer, diré que, aunque hay un gran poeta alemán, Enrique Heine, a quien puede creerse ha imitado Gustavo, esto no es cierto, si bien entre ambos existe mucha semejanza. Heine, más independiente, es, sin embargo, menos artista que Gustavo, y el deseo de ser original lo arrastra a veces más allá de lo verdadero, siendo excéntrico y escéptico, no porque él realmente lo sea, sino porque cree singularizarse de este modo, sin notar que abandonando la verdad, huye del arte, que es la unidad, de la que nadie se separa impunemente.

En su poema Germania, en su libro de Lázaro, hay pruebas de lo que digo, si bien, por fortuna, están escondidas entre multitud de bellezas de primer orden. Otro autor a quien Gustavo se asemeja es Alfred de Musset. Nada tiene de extraño, pues como él educose en el clasicismo. Sin embargo, es menos mundano y ardiente que el inspirado poeta de las Cuatro noches. Las rimas de Gustavo, en que a propósito parece huir de la ilusión del consonante y del metro, para no herir el ánimo del lector más que con la importancia de la idea, son, a mi ver, de un valor inapreciable en nuestra literatura. Generalmente las poesías son cortas, no por método o por imitación, sino porque para expresar cualquier pasión o una de sus fases, no se necesitan muchas palabras. Una reflexión, un dolor, una alegría, pueden concebirse y sentirse lentamente; pero se han de expresar con rapidez, si se quiere herir en los demás la fibra que responde al mismo efecto.

De aquí la explicación de esas composiciones cortas, que han nacido modernamente en Alemania donde todos los grandes poetas las han cultivado, Gœthe, Schiller, Heine y otros han escrito multitud de lieder (lied, canción), que constituyen la actual poesía lírica alemana. En España, aunque inculto, existe hace tiempo ese género, como lo prueban la infinidad de nuestros cantares populares, en que no se sabe qué admirar más, si lo profundo de los sentimientos y reflexiones, o la concisión y naturalidad del estilo. Todas las rimas de Gustavo forman, como el Intermezzo de Heine, un poema, más ancho y completo que aquél, en que se encierra la vida de un poeta.

Son, primero las aspiraciones de un corazón ardiente, que busca en el arte la realización de sus deseos, dudando de su destino, como cuando exclama:

Saeta que voladora
cruza, arrojada al azar,
sin adivinarse dónde
temblando se clavará;
gigante ola que el viento riza
y empuja en el mar,
y rueda y pasa y se ignora
qué playa buscando va.

Siéntese poeta, y dice:

Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea.

Yo ondulo con los átomos
del humo que se eleva,
y al cielo lento sube
en espiral inmensa.

Yo, en los dorados hilos
que los insectos cuelgan,
me mezco entre los árboles
en la ardorosa siesta.

Yo, en fin, soy ese espíritu,
desconocida esencia,
perfume misterioso
de que es vaso el poeta.

No encontrando realizada su ilusión en la gloria, vuélvese espontáneamente hacia el amor, realismo del arte, y se entrega a él y goza un momento, y sufre y llora, y desespera largos días, porque es condición humana, indiscutible como un hecho consumado, que el goce menor se paga aquí con los sufrimientos más atroces. Anúnciase esta nueva fase en la vida del poeta con la magnífica composición que, no sé por qué, me recuerda la atrevida manera de decir del Dante:

Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman...
mis párpados se cierran...
¿Qué sucede? -¡Es el amor que pasa!

Sigue luego desenvolviéndose el tema de una pasión profunda, tan sencilla como espontánea. Una mujer hermosa, tan naturalmente hermosa que

Ella tiene la luz, tiene él perfume,
el color y la línea, la forma,
engendradora de deseos,
la expresión, fuente eterna de poesía,

conmueve y fija el corazón del poeta que se abre al amor, olvidándose de cuanto le rodea. La pasión es desde su principio inmensa, avasalladora y con razón, puesto que se ve correspondida, o al menos, parece satisfecha del objeto que la inspira: una mujer hermosa, aunque sin otra buena cualidad, porque es ingrata y estúpida. ¡Tarde lo conoce, cuando ya se siente engañado y descubre, dentro de un pecho tan fino y suave, un corazón nido de sierpes, en el cual no hay una fibra que al amor responda! Aquí, en medio de sus dolores, llega el poeta a la desesperación; pero cuando ésta le lleva ya al punto en que se pierde toda esperanza, él se detiene espontáneamente, medita en silencio, y aceptando por último su parte de dolor en el dolor común, prosigue su camino, triste, profundamente herido, pero resignado; con el corazón hecho pedazos, pero con los ojos fijos en algo que se le revela como reminiscencia del arte, a cuyo impulso brotaron sus sentimientos.

Piensa antes en lo solos que se quedan los muertos, y siente dentro de la religión de su infancia un nuevo amor, que únicamente pueden sentir los que sufren mucho y jamás se curan; un amor ideal, puro, que no puede morir ni aun con la muerte, que más bien la desea, porque es tranquilo como ella, ¡como ella callado y eterno! Se enamora de la estatua de un sepulcro, es decir, del arte, de la belleza ideal, que es el póstumo amor, para siempre duradero, por lo mismo que nunca se ve por completo correspondido.

En mi incompetencia, declaro que esta composición última me parece una de las más perfectas en castellano, no sólo por su vaguedad, misterio y dificultad de precisar claramente, sino por lo correcto y acabado de la forma.

Tal fue Gustavo A. Bécquer, como hombre y como poeta, en lo que puede apreciar el público.

Todo lo que atesoraba en su imaginación está dicho en el siguiente prólogo suyo.

Leedlo pronto y olvidad el mío, escrito nada más que por acompañarle siempre.

Él sólo, desde la otra vida, podrá apreciarlo.

¡Ojalá seas eterno, libro que compendias la vida de mi pobre amigo!

RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA

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Léanlo cuando tengan tiempo, porque vale la pena y hay anécdotas ahi, que se deben leer, y dan a conocer la forma de ser de mi querido Bécquer.

Me deshago en admiración por él.

Hasta la próxima...

jueves, 26 de febrero de 2009

Tres fechas - III

¡Ay! Ya hoy la última parte de Tres fechas. Una de las más deliciosas lecturas que Bécquer nos dejó. Igual que Cartas desde mi Celda, esta literatura es como una especie de alivio para el pensamiento, al transportarnos a espacios en donde la poesía está en todas partes y el reposo es el principal medio para observar la acción de la naturaleza.

Pues, luego de que nuestro poeta soñador despertara de su ensueño en esa plaza desierta, y no encontrara más esa mano que lo saludara desde la alta ventana, recordarán que iba de nuevo rumbo a Madrid, sonriendo de su propia locura al escribir la segunda fecha... la fecha de la mano. Entonces, la primera fecha, la de la ventana, la segunda fecha, la de la mano, ¿y la tercera? pues aquí está:

III

Desde que tuvo lugar la extraña aventura que he referido hasta que volví a Toledo transcurrió cerca de un año, durante el cual no dejó de presentárseme a la imaginación su recuerdo; al principio a todas horas y con todos sus detalles; después, con menos frecuencia, y, por último, con tanta vaguedad, que yo mismo llegué a creer algunas veces que había sido juguete de una ilusión o de un sueño.

No obstante, apenas llegué a la ciudad que con tanta razón llaman algunos la Roma española, me asaltó nuevamente, y llena de él la memoria, salí preocupado a recorrer las calles, sin camino cierto, sin intención preconcebida de dirigirme a ningún punto fijo.

El día estaba triste, con esa tristeza que alcanza a todo lo que se oye, se ve y se siente. El cielo era color de plomo, y a su reflejo melancólico los edificios parecían más antiguos, más extraños y más oscuros. El aire gemía a lo largo de las revueltas y angostas calles, trayendo en sus ráfagas como notas perdidas de una sinfonía misteriosa, ya palabras ininteligibles, clamor de campanas o ecos de golpes profundos y lejanos. La atmósfera húmeda y fría helaba el rostro a su contacto, y hasta diríase que helaba el alma con su soplo glacial.

Anduve durante algunas horas por los barrios más apartados y desiertos absorto en mil confusas imaginaciones, y, contra mi costumbre, con la mirada vaga y perdida en el espacio sin que lograse llamar mi atención ni un detalle caprichoso de arquitectura, ni un monumento de orden desconocido, ni una obra de arte maravillosa y oculta. Ninguna cosa, en fin, de aquellas en cuyo examen minucioso me detenía a cada paso cuando sólo ocupaban mi mente ideas de arte y recuerdos históricos.

El cielo cerraba de cada vez más oscuro. El aire soplaba con más fuerza y más ruido, y había comenzado a caer en gotas menudas una lluvia de nieve deshecha, finísima y penetrante, cuando, sin saber por dónde, pues ignoraba aún el camino, y como llevado por un impulso al que no podía resistirme, impulso que me arrastraba misteriosamente al punto a que iban mis pensamientos, me encontré en la solitaria plaza que ya conocen mis lectores.

Al encontrarme en aquel lugar salí de la especie de letargo (1) en que me hallaba sumido, como si me hubiesen despertado de un sueño profundo con una violenta sacudida.

Tendí una mirada a mi alrededor. Todo estaba como yo lo dejé. Digo mal: estaba más triste. Ignoro si la oscuridad del cielo, la falta de verdura o el estado de mi espíritu era la causa de esta tristeza; pero la verdad es que desde el sentimiento que experimenté al contemplar aquellos lugares por la vez primera hasta el que me impresionó entonces, había toda la distancia que existe desde la melancolía a la amargura.

Contemplé por algunos instantes el sombrío convento (2), en aquella ocasión más sombrío que nunca a mis ojos; y ya me disponía a alejarme, cuando hirió mis oídos el son de una campana, una campana de voz cascada y sorda, que tocaba pausadamente, mientras le acompañaba, formando contraste con ella, una especie de esquiloncillo que comenzó a voltear de pronto con una rapidez y un tañido tan agudo y continuado, que parecía como acometido de un vértigo.

Nada más extraño que aquel edificio, cuya negra silueta se dibujaba sobre el cielo como la de una roca erizada de mil y mil picos caprichosos, hablando con sus lenguas de bronce por medio de las campanas, que parecían agitarse al impulso de seres invisibles, una como llorando con sollozos ahogados, la otra como riendo en carcajadas estridentes, semejantes a la risa de una mujer loca.

A intervalos, y confundidas con el atolondrador ruido de las campanas, creía percibir también notas confusas de un órgano y palabras de un cántico religioso y solemne.

Varié de idea, y, en vez de alejarme de aquel lugar, llegué a la puerta del templo y pregunté a uno de los haraposos mendigos que había sentados en sus escalones de piedra:

-¿Qué hay aquí?

-Una toma de hábito -me contestó el pobre, interrumpiendo la oración que murmuraba entre dientes, para continuarla después, aunque no sin haber besado antes la moneda de cobre que puse en su mano al dirigirle mi pregunta.

Jamás había presenciado esta ceremonia; nunca había visto tampoco el interior de la iglesia del convento. Ambas consideraciones me impulsaron a penetrar en su recinto.

La iglesia era alta y oscura; formaban sus naves dos filas de pilares compuestos de columnas delgadas reunidas en un haz, que descansaban en una base ancha y octógona, y de cuya rica coronación de capiteles partían los arranques de las robustas ojivas. El altar mayor estaba colocado en el fondo, bajo una cúpula de estilo del renacimiento, cuajada de angelones con escudos, grifos (3) cuyos remates fingían profusas hojarascas, cornisas con molduras y florones dorados, y dibujos caprichosos y elegantes. En torno a las naves se veían multitud de capillas oscuras, en el fondo de las cuales artían algunas lámparas, semejantes a estrellas perdidas en el cielo de una noche oscura. Capillas de arquitectura árabe, gótica o churrigueresca; unas cerradas con magníficas verjas de hierro; otras, con humildes barandales de madera; éstas, sumidas en las tinieblas, con una antigua tumba de mármol delante del altar; aquéllas, profusamente alumbradas con una imagen vestida de relumbrones (4) y rodeada de votos de plata y cera con lacitos de cinta de colorines.

Contribuía a dar un carácter más misterioso a toda la iglesia, completamente armónica en su confusión y su desorden artístico con el resto del convento, la fantástica claridad que la iluminaba. De las lámparas de plata y cobre pendientes de las bóvedas, de las velas de los altares y de las estrechas ojivas y los ajimeces del muro partían rayos de luz de mil colores diversos: blancos, los que penetraban de la calle por algunas pequeñas clarabyoas de la cúpula; rojos, los que se desprendían de los cirios de los retablos; verdes, azules y de otros cien matices diferentes, los que se abrían paso a través de los pintados vidrios de las rosetas. Todos estos reflejos, insuficientes a inundar con la bastante claridad aquel sagrado recinto, parecía como que luchaban confundiéndose entre sí en algunos puntos, mientras que otros los hacían destacar con una mancha luminosa y brillante sobre los fondos velados y oscuros de las capillas (5).

A pesar de la fiesta religiosa que allí tenía lugar, los fieles reunidos eran pocos. La ceremonia había comenzado hacía bastante tiempo y estaba a punto de concluir. Los sacerdotes que oficiaban en el altar mayor bajaban en aquel momento sus gradas, cubiertas de alfombras, envueltos en una nube de incienso azulado que se mecía lentamente en el aire, para dirigirse al coro, en donde se oía a las religiosas entonar un salmo.

Yo también me encaminé hacia aquel sitio con el objeto de asomarme a las dobles rejas que lo separaban del templo. No sé; me pareció que había de conocer en la cara a la mujer de quien sólo había visto un instante la mano, y abriendo desmesuradamente los ojos y dilatando la pupula, como queriendo prestarla mayor fuerza y lucidez, la clavé en el fondo del coro. Afán inútil: a través de los cruzados hierros, muy poco o nada podía verse. Como unos fantasmas blancos y negros, que se movían entre las tinieblas, contra las que luchaba en vano el escaso resplandor de algunos cirios encendidos, una prolongada fila de sitiales (6) altos y puntiagudos, coronados de doseles, bajo los que se adivinaban, veladas por la oscuridad, las confusas formas de las religiosas, vestidas de luengas (7) ropas talares (8), un crucifijo alumbrado por cuatro velas, que se destacaba sobre el sombrío fondo del cuadro, como esos puntos de luz que en los lienzos de Rembrandt hacen más palpables las sombras: he aquí cuanto pude distinguir desde el lugar que ocupaba (9).

Los sacerdotes, cubiertos de sus capas pluviales (10) bordadas de oro, precedidos de unos acólitos que conducían una cruz de plata y dos ciriales, y seguidos de otros que agitaban los inciensarios, perfumando el ambiente, atravesando por en medio de los fieles, que besaban sus manos y las orlas de sus vestiduras, llegarn, al fin, a la reja del coro.

Hasta aquel momento no pude distinguir, entre las otras sombras confusas, cuál era la de la virgen que iba a consagrarse al Señor.

¿No habéis visto nunca en esos últimos instantes del crepúsculo de la noche levantarse de las aguas de un río, del haz de un pantano, de las olas del mar o de la profunda sima de una montaña un jirón de niebla que flota lentamente en el vacío, y, alternativamente, ya parece una mujer que se mueve y anda y vuela su traje al andar, ya un velo blanco prendido a la cabellera de alguna silfa (11) invisible, ya un fantasma que se eleva en el aire, cubriendo sus huesos amarillos con un sudario sobre el que se cree ver dibujarse sus formas angulosas(12)? Pues una alucinación de ese género experimenté yo al mirar adelantarse hacia la reja, como desasiéndose del fondo tenebroso del coro, aquella figura blanca, alta y ligerísima.

El rostro no se lo podía ver. Vino a colocarse perfectamente delante de las velas que alumbraban el crucifijo, y su resplandor, formando como un nimbo de luz alrededor de su cabeza, la hacía resaltar por oscuro, bañándola en una dudosa sombra.

Reinó un profundo silencio; todos los ojos se fijaron en ella, y comenzó la última parte de la ceremonia.

La abadesa, murmurando algunas palabras ininteligibles, palabras que a su vez repetían los sacerdotes con voz sorda y profunda, le arrancó de las sienes la corona de flores que la ceñía y la arrojó lejos de sí... ¡Pobres flores! Eran las últimas que había de ponerse aquella mujer, hermana de las flores, como todas las mujeres.

Después la despojó del velo, y su rubia cabellera se derramó como una cascada de oro sobre sus espaldas y sus hombros, que sólo pudo cubrir un instante, porque en seguida comenzó a percibirse, en mitad del profundo silencio que reinaba entre los fieles, un chirrido metálico y agudo que crispaba los nervios, y la magnífica cabellera se desprendió de la frente que sombreaba, y rodaron por su seno y cayeron al suelo después aquellos rizos que el aire perfumado habría besado tantas veces...

La abadesa tornó a murmurar las ininteligibles palabras; los sacerdotes las repitieron, y todo quedó de nuevo en silencio en la iglesia. Sólo de cuando en cuando se oían a lo lejos como unos quejidos largos y temerosos. Era el viento que zumbaba estrellándose en los ángulos de las almenas y los torreones, y estremecía, al pasar, los vidrios de color de las ojivas.

Ella estaba inmóvil y pálida como una virgen de piedra arrancada del nicho de un claustro gótico.

Y la despojaron de las joyas que le cubrían los brazos y la garganta, y la desnudaron, por último, de su traje nupcial, aquel traje que parecía hecho para que un amante rompiera sus broches con una mano trémula de emoción y cariño.

El esposo místico aguardaba a la esposa. ¿Dónde? Más allá de la muerte; abriendo, sin duda, la losa del sepulcro y llamándola a traspasarlo, como traspasa la esposa tímida el umbral del santuario de los amores nupciales, porque ella cayó al suelo desplomada como un cadáver. Las religiosas arrojaron, como si fuese tierra, sobre su cuerpo puñados de flors, entonando una salmodia tristísima; se alzó un murmullo de entre la multitud, y los sacerdotes, con sus voces profundas y huecas, comenzaron el oficio de difuntos, acompañados de esos instrumentos que parece que lloran, aumentando el hondo temor que inspiran de por sí las terribles palabras que pronuncian.

-De profundis clamavi ad Te! (13) -decían las religiosas desde el fondo del coro con voces plañideras y dolientes.

-Dies irae, dies illa!(14) -le contestaban los sacerdotes con eco atronador y profundo, y, en tanto, las campanas tañían lentamente tocando a muerto, y de campanada a campanada se oía vibrar el bronce con un zumbido extraño y lúgubre.

Yo estaba conmovido; no, conmovido no; aterrado. Creía presenciar una cosa sobrenatural, sentir como que me arrancaban algo preciso para mi vida, y que al mi alrededor se formaba el vacío; pensaba que acababa de perder algo, como un padre, una madre o una mujer querida, y sentía ese inmenso desconsuelo que deja la muerte por donde pasa, desconsuelo sin nombre, que no se puede pintar, y que sólo pueden concebir los que lo han sentido...

Aún estaba clavado en aquel lugar, con los ojos extraviados, temblorosos y fuera de mí, cuando la nueva religiosa se incorporó del suelo. La abadesa la vistió el hábito, las monjas tomaron en sus manos velas encendidas, y formando dos largas hileras la condujeron como en procesión hacia el fondo del coro.

Allí, entre las sombras, vi brillar un rayo de luz; era la puerta claustral que se había abierto. Al poner el pie en su dintel (15) la religiosa se volvió por la vez última hacia el altar. El resplandor de todas las luces la iluminó de pronto, y pude verle el rostro. Al mirarlo tuve que ahogar un grito. Yo conocía a aquella mujer; no la había visto nunca, pero la conocía de haberla contemplado en sueños; era uno de esos seres que adivina el alma o los recuerda acaso de otro mundo mejor, del que, al descender a éste, algunos no pierden del todo la memoria.

Di dos pasos adelante: quise llamarla, quise gritar; no sé; me acometió como un vértigo; pero en aquel instante la puerta claustral se cerró... para siempre. Se agitaron las campanillas, los sacerdotes alzaron un ¡Hosanna!, subieron por el aire nubes de incienso, el órgano arrojó un torrente de atronadora armonía por sus cien bocas de metal y las campanas de la torre comenzaron a repicar, volteando con una furia espantosa.

Aquella alegría loca y ruidosa me erizaba los cabellos. Volví los ojos a mi alrededor, buscando los padres, la familia, huérfanos de aquella mujer. No escontré a nadie.

-Tal vez era sola en el mundo -dije, y no pude contener una lágrima.

-¡Dios te dé en el claustro la felicidad que no te ha dado en el mundo! -exclamó al mismo tiempo una vieja que estaba a mi lado, y sollozaba y gemía agarrada a la reja.

-¿La conoce usted? -la pregunté.

-¡Pobrecita! Sí, la conocía. Y la he visto nacer y se ha criado en mis brazos.

-Y ¿por qué profesa?

-Porque se vio sola en el mundo. Su padre y su madre murieron en el mismo día, del cólera, hace poco más de un año. Al verla huérfana y desvalida, el señor deán le dio el dote para que profesase; y ya veis... ¿Qué había de hacer?

-¿Y quién era ella?

-Hija del administrador del conde C***, al cual serví yo hasta su muerte.

-¿Dónde vivía?

Cuando oí el nombre de la calle, no pude contener una exclamación de sorpresa.

Un hilo de luz, ese hilo de luz que se extiende rápido como la idea y brilla en la oscuridad y la confusión de la mente, y reúne los puntos más distantes y los relaciona entre sí de un modo maravilloso, ató mis vagos recuerdos, y todo lo comprendí o creí comprenderlo.

Esta fecha, que no tiene nombre, no la escribí en ninguna parte. Digo mal: la llevo escrita en un sitio en que nadie más que yo la puede leer, y de donde no se borrará nunca.




Algunas veces, recordando estos sucesos; hoy mismo, al consignarlos aquí, me he preguntado: algún día, en esa hora misteriosa del crepúsculo, cuando el suspiro de la brisa de primavera, tibio y cargado de aromas, penetra hasta en el fondo de los más apartados retiros, llevando allí como una ráfaga de recuerdos del mundo, sola, perdida en la penumbra de un claustro gótico, la mano en la mejilla, el codo apoyado en el alféizar de una ojiva, ¿habrá exhalado un suspiro alguna mujer al rcruzar su imaginación la memoria de estas fechas?
¡Quién sabe!

¡Oh! Y si ha suspirado, ¿dónde estará ese suspiro? (16)

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(1) letargo: sueño amodorrado, estado de inconsciencia.
(2) Convento de Santa Isabel.
(3) grifos: animales mitológicos que de medio cuerpo para arriba son águilas y para abajo leones.
(4) de relumbrón: llena de oropeles y de vestidos más aparentes en vistosidad que valiosos.
(5) Obsérvese el gran sentido del color que poseía Bécquer; esta descripción de luces de colores que se mezclan y confunden es un gran acierto de arte impresionsita. ...Esto es lo que le comentaba, Fausto, por si lo lee.
(6) sitial: asiento noble, propio para ceremonias.
(7) luengas: largas; es arcaísmo.
(8) ropas talares: vestimentas largas que llegan hasta el suelo.
(9) Otra magnífica evocación pictórica de orden impresionista; esta vez sobre fondo oscuro. La observación relativa a Rembrandt se refiere a los efectos de claroscuro, propios de este pintor. ...Otro más, Fausto.
(10) capas pluviales: capas que usan los prelados en las ceremonias religiosas.
(11) silfa: sílfide; la forma silfa no es la común, y está formada probablemente sobre silfo, espíritu del aire, nombrado en la literatura inglesa.
(12) Obsérvese la sostenida interrogación, tan extensa y, sin embargo, tan armoniosa en el despliegue de sus miembros gramaticale; ésta es la vía de la prosa poética, aquí más patente por el uso retórico del tono interrogativo en cuanto al ritmo de la exposición.
(13) Es el Salmo 129: "Desde lo más hondo, Te llamo, Señor..."
(14) Es el comienzo de la secuencia de Tomás de Celano que se dice en la misa de difuntos: "Día de ira, aquel día..."
(15) Otra vez usa dintel (la parte alta de la puerta) por umbral (la parte baja). Antes usó bien la palabra.

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Como en otras ocasiones, Bécquer nos deja la cifra de lo que pudiera haber sido "una novela más o menos sentimental o sombría", un poco en la línea de la novela gótica (como se llamaba a los relatos de terror que ocurrían en conventos con evocación de amores y muertes), sólo que menos estrepitosa y más creíble. Al leer, no sabemos si lo que cuenta le pudo haber sucedido en la realidad.

Para mí, ha quedado para la posteridad esa frase que ha dedicado a las mujeres: "...aquella mujer, hermana de las flores, como todas las mujeres." ¡Qué bonito! ¿Qué les pareció? Es una historia muy bien armada, y el título no podía ser mejor... Tres fechas... que no nos dice... Pero averiguando, volviendo a la "prosáica realidad" jijijiji, Bécquer hizo estos viajes a Toledo durante su juventud, y se sitúan la primera en la primavera de 1855 (acaso el 1 de marzo), la segunda al final del verano del mismo año (hacia septiembre) y la tercera en la mitad del otoño de 1856. Bécquer tenía, pues, diecinueve, y veinte años; las tres fechas corresponden también al ciclo del año: primavera, verano y otoño, en una secuencia acorde con lo que se cuenta en cada una de ellas... y acorde a la impresión que le da Toledo en cada visita... el ambiente que describe, todo. ¿Lo notaron?

¡¡Besos a todos!! Y hasta mañana...

miércoles, 25 de febrero de 2009

Tres fechas - II

Hola a todos, ¿están listos para leer la segunda parte de la leyenda? ...nos quedamos viendo a Bécquer escribir en su cuaderno de dibujo la primera fecha, sentado en el coche que lo llevaba de nuevo a Madrid, dejando la hermosa Toledo tras una colina...

II

Al cabo de algunos meses, volví a encontrar ocasión de marcharme de la corte por tres o cuatro días. Limpié el polvo de mi cartera de dibujo, me la puse bajo el brazo y, provisto de una mano de papel (1), media docena de lápices y unos cuantos napoleones (2), deplorando que aún no estuviese concluida la línea férrea (3), me encajoné en un vehículo para recorrer en sentido inverso los puntos en que tiene lugar la célebre comedia de Tirso "Desde Toledo a Madrid" (4).

Ya instalado en la histórica ciudad, me dediqué a visitar de nuevo los sitios que más me llamaron la atención en mi primer viaje, y algunos otros que aún no conocía sino de nombre.

Así dejé transcurrir, en largos y solitarios paseos por entre sus barrios más antiguos, la mayor parte del tiempo de que podía disponer para mi pequeña expedición artística, encontrando un verdadero placer en perderme en aquel confuso laberinto de callejones sin salida, calles estrechas, pasadizos oscuros y cuestas empinadas e impracticables.

Una tarde, la última que por entonces debía permanecer en Toledo, después de una de estas largas excursiones a través desconocido, no sabré decir siquiera por qué calles llegué hasta una plaza (5) grande, desierta, olvidada, al parecer, aun de los mismos moradores de la población y como escondida en uno de sus más apartados rincones.

La basura y los escombros arrojados de tiempo inmemorial en ella se habían identificado, por decirlo así, con el terreno, de tal modo que éste ofrecía el aspecto quebrado y montuoso de una Suiza en miniatura. En las lomas y los barrancos formados por sus ondulaciones crecían a su sabor malvas de unas proporciones colosales, corros de gigantescas ortigas, matas rastreras de campanillas blancas, prados de esa yerba sin nombre, menuda, fina y de un verde oscuro, y meciéndose suavemente al leve soplo del aire, descollando como reyes entre todas las otras plantas parásitas, los poéticos al par que vulgares jaramagos, la verdadera flor de los yermos y las ruinas.

Diseminados por el suelo, medio enterrados unos, casi ocultos por las altas hierbas los otros, veíanse allí una infinidad de fragmentos de mil y mil cosas distintas, rotas y arrojadas en diferentes épocas a aquel lugar, donde iban formando capas en las cuales hubiera sido fácil seguir un curso de geología histórica (6).

Azulejos moriscos esmaltados de colores, trozos de columnas de mármol y de jaspe, pedazos de ladrillo de cien clases diversas, grandes sillares cubiertos de verdín y de musgo, astillas de madera ya casi hechas polvo, restos de antiguos artesonados (7), jirones de tela, tiras de cuero y otros cien y cien objetos sin forma ni nombre eran los que aparecían a primera vista a la superficie, llamando asimismo la atención y deslumbrando los ojos una miríada (8) de chispas de luz derramadas sobre la verdura como un puñado de diamantes arrojados a granel, y que, examinadas de cerca, no eran otra cosa que pequeños fragmentos de vidrio, de pucheros, platos y vasijas que, refractando los rayos del sol, fingían todo un cielo de estrellas microscópicas (9) y deslumbrantes.

Tal era el pavimento de aquella plaza, empedrada a trechos con pequeñas piedrecitas de varios matices formando labores, a trechos cubierta de grandes losas de pizarra, y en su mayor parte, según dejamos dicho, semejante a un jardín de plantas parásitas o a un prado yermo e inculto.

Los edificios que dibujaban su forma irregular no eran tampoco menos extraños y dignos de estudio.

Por un lado la cerraba una hilera de casucas oscuras y pequeñas, con sus tejados dentellados de chimeneas, veletas y cobertizos, sus guardacantones (10) de mármol sujetos a las esquinas con una anilla de hierro, sus balcones achatados o estrechos, sus ventanillos con tiestos de flores y su farol rodeado de una pared de alambre que defiende sus ahumados vidrios de las pedradas de los muchachos.

Otro frente lo constituía un paredón negruzco lleno de grietas y hendiduras, en donde algunos reptiles asomaban su cabeza de ojos pequeños y brillantes por entre las hojas de musgo. Un paredón altísimo, formado de gruesos sillares, sembrado de huecos de puertas y balcones tapiados con piedra y argamasa, y a uno de cuyos extremos se unía, formando ángulo con él, una tapia de ladrillos desconchada y llena de mechinales (11), manchada a trechos de tintas rojas, verdes o amarillentas y coronada de un bardal (12) de heno seco, entre el cual corrían algunos tallos de enredadera.

Esto no era más, por decirlo así, que los bastidores de la extraña decoración que al penetrar en la plaza se presentó de improvisto a mis ojos, cautivando mi ánimo o suspendiéndome durante algún tiempo, pues el verdadero punto culminante del panorama, el edificio que le daba el tono general, se veía alzarse en el fondo de la plaza, más caprichoso, más original, infinitamente más bello en su artístico desorden que todos los que se levantaban en su alrededor.

- ¡He aquí lo que yo deseaba encontrar! - exclamé al verle.

Y sentándome en un pedrusco, colocando la cartera sobre mis rodillas y afilando un lápiz de madera me apercibí a trazar, aunque ligeramente, sus formas irregulares y estrambóticas para conservar por siempre su recuerdo.

Si yo pudiera pegar aquí con dos obleas (13) el ligerísimo y mal trazado apunte que conservo de aquel sitio, imperfecto y todo como es, me ahorraría un cúmulo de palabras, dando a mis lectores una idea más aproximada de él que todas las descripciones imaginables.

Ya que no puede ser así, trataré de pintarlo del mejor modo posible, a fin de que, leyendo estos renglones, pueda formarse una idea remota, si no de sus infinitos detalles, al menos de la totalidad de su conjunto.

Figuraos un palacio árabe, con sus puertas en forma de herradura, sus muros engalanados con largas hileras de arcos que se cruzan cien y cien veces entre sí y corren sobre una franja de azulejos brillantes; aquí se ve el hueco de un ajimez partido en dos por un grupo de esbeltas columnas y encuadrado en un marco de labores menudas y caprichosas: allá se eleva una atalaya (14) con su mirador ligero y airoso, su cubierta de tejas vidriadas, verdes y amarillas, y su aguda flecha de oro que se pierde en el vacío; más lejos se divisa la cúpula que cubre un gabinete pintado de oro y azul o las altas galerías cerradas con persianas verdes, que al descorrerse dejan ver los jardines con calles de arrayán, bosques de laureles y surtidores altísimos. Todo es original, todo armónico, aunque desordenado; todo deja entrever el lujo y las maravillas de su interior; todo deja adivinar el carácter y las costumbres de sus habitadores.

El opulento árabe que poseía este edificio lo abandona al fin. La acción de los años comienza a desmoronar sus paredes, a deslustrar los colores y a corroer hasta los mármoles. Un monarca castellano (15) escoge entonces para su residencia aquel alcázar que se derrumba, y en este punto rompe un lienzo y abre un arco ojival y lo adorna con una cenefa de escudos, por entre los cuales se enrosca una guirnalda de hojas de cardo y de trébol; en aquél levanta un maciso torreón de sillería con sus saeteras estrechas y sus almenas puntiagudas; en el de más allá construye un ala de habitaciones altas y sombrías, en las cuales se ven, por una parte, trozos de alicatado reluciente; por otra, artesones oscurecidos, o un ajimez solo, o un arco de herradura ligero y puro, que da entrada a un salón gótico severo e imponente.

Pero llega el día en que el monarca abandona también aquel recinto, cediéndole a una comunidad de religiosas, y éstas a su vez, fabrican de nuevo, añadiéndole otros rasgos a la ya extraña fisonomía del alcázar morisco. Cierran las ventanas con celosías; entre dos arcos árabes colocan el escudo de su religión esculpido en berroqueña, donde antes crecían tamarindos y laureles, plantan cipreses melancólicos y oscuros, y, aprovechando unos restos y levantando sobre otros, forman las combinaciones más pintorescas y extravagantes que pueden concebirse.

Sobre la portada de la iglesia, en donde se ven como envueltos en el crepúsculo d}misterioso en que los bañan las sombras de sus doseles, una andanada (16) de santos, ángeles y vírgenes, a cuyos pies se retuercen, entre las hojas de acanto, sierpes, vestiglos y endriagos (17) de piedra, se mira elevarse un minarete (18) esbelto y afiligranado con labores moriscas; junto a las saeteras del murallón, cuyas almenas están ya rotas, ponen un retablo, y tapian los grandes huecos con tabiques cuajados de pequeños agujeritos y semejantes a una tabla de ajedrez; colocan cruces sobre todos los picos, y fabrican, por último, un campanario de espadaña (19) con sus campanas, que tañen melancólicamente noche y día llamando a la oración, campanas que voltean al impulso de una mano invisible, campanas cuyos sonidos lejanos arrancan a veces lágrimas de involuntaria tristeza.

Después pasan los años y bañan con una veladura de un medio color oscuro todo el edificio, armonizan sus tintas y hacen brotar la hiedra en sus hendiduras.

Las cigüeñas cuelgan su nido en la veleta de la torre; los vencejos, en el ala de los tejados; las golondrinas, en los doseles de granito, y el búho y la lechuza escogen para su guarida los altos mechinales, desde donde en las noches tenebrosas asustan a las viejas crédulas y a los atemorizados chiquillos con el resplandor fosfórico (20) de sus ojos redondos y sus silbos extraños y agudos.

Todas estas revoluciones, todas estas circunstancias especiales hubieran podido únicamente dar por resultado un edificio tan original, tan lleno de contrastes, de poesía y de recuerdos como el que aquella tarde se ofreció a mi vista y hoy he ensayado, aunque en vano, describir con palabras.

Ya lo había trazado en parte en una de las hojas de mi cartera; el sol doraba apenas las más altas agujas de la ciudad; la brisa del crepúsculo comenzaba a acariciar mi frente, cuando, absorto en las ideas que de improviso me habían asaltado al contemplar aquellos silenciosos restos de otras edades más poéticas que la material en que vivimos y nos ahogamos en pura prosa (21), dejé caer de mis manos el lápiz y abandoné el dibujo, recostándome en la pared que tenía a mis espaldas y entregándome por completo a los sueños de la imaginación. ¿Qué pensaba? No sé si sabré decirlo. Veía claramente sucederse las épocas y derrumbarse unos muros y levantarse otros. Veía a unos hombres, o, mejor dicho, veía a unas mujeres dejar lugar a otras mujeres, y las primeras y las que venían después, convertirse en polvo y volar deshechas, llevando un soplo del viento la hermosura, hermosura que arrancaba suspiros secretos, que engendró pasiones y fue manantial de placeres. Luego... ¡Qué sé yo!... Todo confuso, muchas cosas revueltas, tocadores de encaje y de estuco con nubes de aroma y lechos de flores; celdas estrechas y sombrías con un reclinatorio y un crucifijo; al pie del crucifijo un libro abierto, y sobre el libro una calavera; salones severos y grandiosos cubiertos de tapices y adornados con trofeos de guerra, y muchas mujeres que cruzaban y volvían a cruzar ante mis ojos; monjas altas, pálidas y delgadas; odaliscas (22) morenas con labios muy encarnados y ojos muy negros; damas de perfil puro, de continente altivo y andar majestuoso.

Todas estas cosas veía yo, y muchas más de esas que después de pensadas no pueden recordarse; de esas tan inmateriales que es imposible encerrar en el círculo estrecho de la palabra, cuando de pronto di un salto sobre mi asiento y, pasándome la mano por los ojos para convencerme de que no seguía soñando, incorporándome como movido de un resorte nervioso, fijé la mirada en uno de los altos miradores del convento.

Había visto, no me puede caber duda, la había visto perfectamente, una mano blanquísima que, saliendo por uno de los huecos de aquellos miradores de argamasa, semejantes a tableros de ajedrez, se había agitado varias veces, como saludándome con un signo mudo y cariñoso. Y me saludaba a mí, no era posible que me equivocase... Estaba solo, completamente solo en la plaza.

En balde esperé la noche clavado en aquel sitio y sin apartar un punto los ojos del mirador. Inútilmente volví muchas veces a ocupar la oscura piedra que me sirvió de asiento la tarde en que vi aparecer aquella mano misteriosa, objeto ya de mis ensueños de la noche y de mis delirios del día. No la volví a ver más...

Y llegó, al fin, la hora en que debía marcharme de Toledo dejando allí, como una carga inútil y ridícula, todas las ilusiones que en su seno se habían levantado en mi mente. Torné a guardar los papeles en mi cartera con un suspiro; pero antes de guardarlos escribí otra fecha, la segunda, la que yo conozco por la fecha de la mano. Al escribirla miré un momento la anterior, la de la ventana, y no pude menos de sonreírme de mi locura.

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(1) Mano de papel: medida de papel consistente en cinco cuadernillos.
(2) napoleón: moneda francesa de plata de cinco francos que estuvo un cierto tiempo de uso legal en España, con valor de diecinueve reales.
(3) Bécquer, aunque había llamado antes a la civilización "demoledora" y "prosaica", aquí echa de menos que no esté acabado el ferrocarril a Toledo; se inauguraría el 15 de junio de 1858. Es, en cierto modo, una indicación de actualidad periodística, recogiendo un deseo general.
(4) Es una de las comedias de enredo de este autor, hábil y graciosa, que gustó en el siglo XIX por sus rasgos costumbristas; Bécquer pudo leerla en la edición de la Biblioteca de Autores Españoles, Madrid, Rivadeneyra, 1848.
(5) La plaza, según V. Benito, pudiera ser la de Santa Isabel de los Reyes en el estado en que se encontraba cuando Bécquer la visitó.
(6) Otra vez la diligente curiosidad de Bécquer expone el sentido cultural de Toledo, aquí en un planteamiento casi técnico del estudio de la Historia.
(7) artesonados: techos adornados con artesones o piezas de madera que, encajando artísticamente unas con otras, los cubren y embellecen.
(8) miríada: una gran cantidad sin determinar.
(9) Obsérvese cómo Bécquer incorpora tecnicismos científicos en la prosa del periódico.
(10) guardacantón: poste de piedra situado en la esquina de una calle para evitar los desconchones de los carruajes que circulan por ella.
(11) mechinal: agujero que se hace en la pared de una casa para que sirva como lugar de apoyo de los maderos de un andamio.
(12) bardal: cubierta de ramaja, aquí heno, que se pone en lo alto de una tapia para protegerla.
(13) oblea: hoja delgada de harina que se usaba para pegar papeles.
(14) atalaya: torre que sobresale y desde la que se ve un gran espacio de terreno.
(15) Se trata del Alcázar del rey don Pedro, demolido en las reformas urbanas.
(16) andanada: propiamente es la descarga de un grupo de cañones puestos en fila; aquí un grupo numeroso de las estatuas, una al lado de la otra.
(17) vestiglos y endriagos: seres fantásticos, propios de los relatos de los libros de caballerías. Vestiglo es un animal monstruoso y endriago es otra especie de monstruo, con cara humana y rasgos de fieras. ...Yo sé, Huguito, que estas dos palabritas quedarán para nutrir tu vocabulario y aparecerán alguna vez en alguno de tus escritos jijijiji ¿verdad?
(18) minarete: o alminar, torre árabe que se levanta por encima de las mezquitas, desde la que se llama al pueblo a la oración o se anuncian las horas.
(19) campanario de espadaña: el que está constituido por un lienzo de pared en el cual hay huecos donde se sitúan las campanas.
(20) Otra vez un término técnico, de la Química en este caso.
(21) Vuelve otra vez a enfrentar poesía-pasadoy prosa-presente.
(22) odalisca: esclava del harén, palabra en uso entre los románticos orientalistas.

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Me encantó notar la sinceridad con que Bécquer comparte sus pensamientos, y más específicamente sus pensamientos acerca de las mujeres. Mañana en el último post, donde leerán el final de esta leyenda, hay un halago hermosísimo a las mujeres en general, y el cuadro que pinta con palabras en la última de las tres fechas... es maravilloso...

Hasta mañana entonces, y gracias por leer!!