*****
Hoy es un día muy especial para mí... Y justo hoy se cumplen dos años, dos maravillosos años enmarcados por tres 10 de Noviembre; dos años que he disfrutado muchísimo, y que han pasado rapidísimo. He hecho más cosas en estos dos años, que en los diez anteriores, y me hace inmensamente feliz cada cosa que ha tenido que pasar en mi vida, buena o mala, porque me ha llevado adonde estoy ahora.
Uno siempre vuelve a sus orígenes. Por mucho que uno haya vivido un período de cambio, siempre se vuelve a los orígenes. Es increíble cómo uno despierta de un largo sueño, con muchas ganas de vivir y de recuperar lo que se creía perdido. Me siento libre, porque tengo mi corazón lleno del amor, la dulzura, el cuidado y la dedicación que me da el gran amor de mi vida, y también me siento completa porque tengo a mi familia, que ha sido siempre mi cuna, mi hogar y mi aliento para vivir la vida y buscar mis sueños.
También en estos dos años he retomado mi -un poco olvidado- gusto por la lectura. Han marcado mi camino mis consentidos E.A. Poe, Sir A.C. Doyle, W. Irving, O. Wilde, G.A. Bécquer, si bien no puedo ponerlos en un orden específico, porque cada uno ha influido de distinta manera.
Por distintas razones, en el período de transición hasta esos momentos, busqué más de lo que la realidad podía darle a mi alma, ansiosa de algo nuevo, y busqué mundos en los que sumergirme, olvidando así el propio tiempo y espacio que me rodeaban. No me es suficiente lo conocido, necesito vagabundear desde la seguridad de mi imaginación, por mundos que por mí misma no soy capaz de encontrar... y fue así como encontré a Lovecraft y aunque como persona no me parece nada digno de admiración, de alguna manera ha logrado mi empatía -aunque no mi simpatía- por todo lo que pasó en su niñez, y se le ve autorretratado en muchas de sus historias. Él inventó su propio mundo en el que vivir y a través del cual viajar y lo escribió sin pensárselo dos veces.
Cuando me cautivó su estilo, leí sus relatos grandiosos, empezando por los asombrosos "La Sombra sobre Innsmouth", "La llamada de Cthulhu", "Los sueños en la casa de la bruja", "Bajo las pirámides"... en fin, muchísimos relatos que definieron un estilo muuuuy personal, alejado del modelo inigualable e insuperable del gran Edgar Allan Poe. Lo que intento decir es que, en mi opinión, el estilo de Lovecraft explora otros temas, sobre los que construyó su mitología, con líneas bien definidas que se siguen en todos o casi todos sus relatos, incluso interrelacionando uno con otro, creando realmente un mundo detallado en el que, por espantoso y repugnante que sean sus lugares y habitantes, es imposible no hundirse.
Mi experiencia personal leyendo a Lovecraft es la de un sueño. Su capacidad de dar detalles es increíble y me parece por un momento que soy observadora no con los ojos a través de la lectura, sino con la intuición a través de las impresiones que me transmite. Mientras escribo esto, recuerdo nebulosamente distintos pasajes de sus relatos, como recuerdo nebulosamente los sueños que he tenido.
Hasta ahora, hay dos lados de Lovecraft que he descubierto -y digo 'descubierto' porque me topé con sus relatos por casualidad, hace cinco años, y hasta hace dos fue que empecé a leerlo en serio, sin que fuera recomendación de nadie- y los dos me han fascinado.
Se sabe que creó el género de Terror Cósmico ...ese miedo a lo que las desconocidas y ancestrales estrellas y mundos en el universo esconden, más allá de las barreras dimensionales, más allá del tiempo y de la poca capacidad mental de los humanos para concebir esos secretos que han subsistido tantos eones... Se nota que me conquistó :D
Bueno, pues un lado de su obra está enfocada en esa mitología, en esos seres espantosos e increíblemente malvados dioses primitivos cuando aún la humanidad no existía, y sus malévolas influencias en la actualidad del Siglo XX.
Por otro, está una maravillosa serie de relatos que van por un mundo de sueños y ensoñaciones, con ciudades prefectas, de mil jardines y fuentes, con crepúsculos tan bellos y aves tan singulares... Paraísos que están en el mundo de los sueños, accesible solo para soñadores... un mundo de los sueños donde también hay desiertos y rastros de los dioses, y seres tan fabulosos y espantosos, que es imposible describir con la facilidad y la naturalidad con que lo hace Lovecraft. Y estos son justo los mundos que yo buscaba, mundos que yo no puedo imaginar por mí misma, mundos que existían solo en la cabeza de él como su creador, y que a la vez aviva tanto mi imaginación y mi craetividad, que dan ganas de bajar esos escalones hasta llegar al mundo de los sueños.
Espero no haber sonado demasiado nerd, solo quería compartir con ustedes mi extraordinaria admiración por la obra de Lovecraft. En resumen: encontré en su obra justo lo que buscaba desde hacía tantos años.
Un abrazo a todos.
*****
martes, 10 de noviembre de 2009
Guatemala
Despierto en la brisa de tus mañanas
y respiro el olor de tus campos
admiro el color de tus miles de flores
y de tus árboles frondosos ramajes,
todos rebozan tu vida fresca
que pasa a nosotros, tu gente,
viviendo en el paraíso de tus montañas.
Lagos y ríos son tus venas, mi tierra,
sangre azul que desborda en invierno
y que nutre verdes tropicales veranos;
pulmón de América en su cintura,
nos pides a gritos te dejemos respirar
y solo hacemos ahogarte más!!
No presumes de glorias pasadas
que vengan de siglos antiguos,
eres simple, mi patria joven,
y tus fuentes de agua bendita
las envidian altas ciudades desiertas,
de vasto pasado y decadente futuro.
Gente buena con buen corazón,
amistosa y cálida y curiosa también
y vemos los días con ojos ingenuos
y esperamos que un día el futuro sonría
y le deje al pasado el dolor que nos da
salir de la casa sin saber si después
al caer sobre el suelo tu noche estrellada
volveremos a casa a intentar progresar.
Gente que busca el oro no más
llena de fango la linda ciudad
cubre de espanto el cielo azulado
y canta canciones de gloria sangrienta
al oído de niños que piden comer
a los ojos de gente que no sabe leer,
y tambien en la mente
de gente que no sabe pensar.
Mi patria, mi Guatemala querida,
yo no veré tu gloria futura
seré polvo en tu polvo dorado;
mis nietos tal vez te puedan mirar
de día y de noche y sepan cuidar
el tesoro que guardas y que cuida tu mar
impetuoso Pacífico que invita a luchar
Atlántico calmado que invita a soñar.
miércoles, 1 de julio de 2009
Poemas desconocidos
Hola mis queridísimos amigos,
A lo largo de años de soledad interior, escribí algunos poemas que me gustaría dejarles por aquí, para que comenten qué les parecen, ...la mayoría tratan sobre el anhelado amor, o sobre el amargo desamor... todos por consiguiente fueron escritos en momentos de plena felicidad o de insoportable tristeza, así que... conforme los vaya encontrando entre la montaña de mi desordenado rincón de diarios, cuadernos y hojas sueltas, los iré copiando aquí.
Sin embargo, quiero empezar por los poemas más recientes, en donde el amor ideal por fin encontrado me ha inspirado, como nunca antes. La mayoría no tienen título, fue simplemente inspiración.
Especiales agradecimientos a Marcelo, Joseantonio y Carlos, que con sus palabras me han animado muchísimo para empezar a dar a conocer lo que he escrito.
Y con todo mi corazón, mi poemario estará siempre dedicado al gran amor de mi vida, el hombre que ha devuelto la ilusión a mis días y que con tanta sinceridad se ha interesado en cada ocurrencia mía... te quiero, MNA!!!!
-----
1. Un poema reciente, nacido de una simple conversación con mi amado:
-----
Me dijiste que quisieras
dibujar, y así pintarme...
ay amor, si tú supieras
que para mí el reflejarme
en tus ojos puros, cristalinos,
es día a día retratarme
con los colores más divinos...
Me has dicho "desearía
componerte una canción"
sin saber que cada día
escucho la más bella melodía
cuando con tu voz dices "Yvonne".
Y también dijiste "si pudiera
algún poema escribir"
sin imaginar siquiera
que a diario me haces descubrir
la poesía de distinta manera
en tu divino amor, ¡mi razón de vivir!
-----
2. Un poema que refleja miedos que cada día compruebo que eran infundados:
-----
Sé que me dirás adiós
Aunque la intensidad de este sentimiento
te diga que es verdad lo que yo siento;
aunque estés seguro de que no te miento,
...sé que me dirás adiós...
Aunque te querré lo que la vida dure,
aunque mi querer cada día te jure,
y después de verano el sentimiento perdure
...sé que me dirás adiós...
Porque ahora mismo a mi lado no estás,
porque no podré sentirte mío jamás;
aunque el verano nos dejará con ganas de más
...sé que me dirás adiós...
Aunque los días juntos nos lleven a enamorarnos,
aunque la vida entera vamos a querer dedicarnos,
y porque entiendo que no volveremos a encontrarnos,
...sé que me dirás adiós...
Y porque somos el uno para el otro, lo que buscamos,
y aunque el mundo no dejará nunca que nos tengamos;
y aunque de este sentimiento siempre huyamos,
...¡sé que no podré decirte adiós!...
-----
3. Igual que el anterior, miedos infundados de los que no quedan más que estos poemas:
-----
Pienso
Pienso en días que no han llegado
y pienso en lo que aún no has sentido...
pienso en plabras que aún no has hablado,
y todo lleva a la despedida que aún no he sufrido.
Me consume el pensamiento insistente
de que mi constante sueño se derrumbará,
no logro sacar un futuro adiós de mi mente,
y la cárcel que a mi corazón levantará.
Pienso en cuánto tengo para ofrecerte,
y ienso en que tal vez tú no puedas,
pienso en qué tengo que hacer para merecerte,
y pienso en que tal vez tú no quieras.
...Y es que no espero nada pero lo quiero todo...
...Y es que no pido nada y para ti es demasiado...
-----
4. Uno mega dulce, también muy reciente:
-----
Los poemas, las canciones,
los lugares más hermosos;
las sonrisas y alegrías,
sólo me hacen extrañarte.
Los deseos y emociones,
los mensajes cariñosos,
tus miradas, todas mías,
sólo me hacen adorarte.
Tus detalles y atenciones,
tus besitos deliciosos,
tus caricias, nuestros días,
¡todo eso me hace amarte!
-----
5. Uno muy espontáneo y tal vez muy prematuro, pues no obtuvo respuesta alguna... :
-----
No me dejes estar un día más
sin sentir el dulce querer que me das,
vuela con tu espíritu y ven aquí,
vuela como me enseñaste y ven por mí...
Llévame adonde las aves tienen nombres
que no conocen los demás hombres,
déjame refugiada en tus brazos dormir
y veme despertar y así vivir...
Deja que yo, entonces embriagada
de tu dulce rostro tan enamorada,
te susurre muy callado y al oído
cuanto en la distancia he sentido,
cuánto te he extrañado y te he llorado,
porque no has podido estar a mi lado.
-----
6. El más reciente, surgido de la necesidad de expresar lo feliz que soy ahora :D
-----
...A tu lado....
Me duermo entre sonrisas
y me despierto con tus besos;
vuelves realidad todos mis sueños
y mi realidad parece un sueño...
Me da vida tu mirada,
me hace sentir la más dichosa;
...esos bellos ojos grandes
me revelan tu alma noble...
-----
Bueno mis amigos, la primera entrega de poemas ha sido mi producción más reciente :D
Muy pronto dejaré en otro post algunos ya antiguos, a ver qué les parecen!!
Un gran abrazo a todos.
Mil besos para ti, MNA.
-----
A lo largo de años de soledad interior, escribí algunos poemas que me gustaría dejarles por aquí, para que comenten qué les parecen, ...la mayoría tratan sobre el anhelado amor, o sobre el amargo desamor... todos por consiguiente fueron escritos en momentos de plena felicidad o de insoportable tristeza, así que... conforme los vaya encontrando entre la montaña de mi desordenado rincón de diarios, cuadernos y hojas sueltas, los iré copiando aquí.
Sin embargo, quiero empezar por los poemas más recientes, en donde el amor ideal por fin encontrado me ha inspirado, como nunca antes. La mayoría no tienen título, fue simplemente inspiración.
Especiales agradecimientos a Marcelo, Joseantonio y Carlos, que con sus palabras me han animado muchísimo para empezar a dar a conocer lo que he escrito.
Y con todo mi corazón, mi poemario estará siempre dedicado al gran amor de mi vida, el hombre que ha devuelto la ilusión a mis días y que con tanta sinceridad se ha interesado en cada ocurrencia mía... te quiero, MNA!!!!
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1. Un poema reciente, nacido de una simple conversación con mi amado:
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Me dijiste que quisieras
dibujar, y así pintarme...
ay amor, si tú supieras
que para mí el reflejarme
en tus ojos puros, cristalinos,
es día a día retratarme
con los colores más divinos...
Me has dicho "desearía
componerte una canción"
sin saber que cada día
escucho la más bella melodía
cuando con tu voz dices "Yvonne".
Y también dijiste "si pudiera
algún poema escribir"
sin imaginar siquiera
que a diario me haces descubrir
la poesía de distinta manera
en tu divino amor, ¡mi razón de vivir!
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2. Un poema que refleja miedos que cada día compruebo que eran infundados:
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Sé que me dirás adiós
Aunque la intensidad de este sentimiento
te diga que es verdad lo que yo siento;
aunque estés seguro de que no te miento,
...sé que me dirás adiós...
Aunque te querré lo que la vida dure,
aunque mi querer cada día te jure,
y después de verano el sentimiento perdure
...sé que me dirás adiós...
Porque ahora mismo a mi lado no estás,
porque no podré sentirte mío jamás;
aunque el verano nos dejará con ganas de más
...sé que me dirás adiós...
Aunque los días juntos nos lleven a enamorarnos,
aunque la vida entera vamos a querer dedicarnos,
y porque entiendo que no volveremos a encontrarnos,
...sé que me dirás adiós...
Y porque somos el uno para el otro, lo que buscamos,
y aunque el mundo no dejará nunca que nos tengamos;
y aunque de este sentimiento siempre huyamos,
...¡sé que no podré decirte adiós!...
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3. Igual que el anterior, miedos infundados de los que no quedan más que estos poemas:
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Pienso
Pienso en días que no han llegado
y pienso en lo que aún no has sentido...
pienso en plabras que aún no has hablado,
y todo lleva a la despedida que aún no he sufrido.
Me consume el pensamiento insistente
de que mi constante sueño se derrumbará,
no logro sacar un futuro adiós de mi mente,
y la cárcel que a mi corazón levantará.
Pienso en cuánto tengo para ofrecerte,
y ienso en que tal vez tú no puedas,
pienso en qué tengo que hacer para merecerte,
y pienso en que tal vez tú no quieras.
...Y es que no espero nada pero lo quiero todo...
...Y es que no pido nada y para ti es demasiado...
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4. Uno mega dulce, también muy reciente:
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Los poemas, las canciones,
los lugares más hermosos;
las sonrisas y alegrías,
sólo me hacen extrañarte.
Los deseos y emociones,
los mensajes cariñosos,
tus miradas, todas mías,
sólo me hacen adorarte.
Tus detalles y atenciones,
tus besitos deliciosos,
tus caricias, nuestros días,
¡todo eso me hace amarte!
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5. Uno muy espontáneo y tal vez muy prematuro, pues no obtuvo respuesta alguna... :
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No me dejes estar un día más
sin sentir el dulce querer que me das,
vuela con tu espíritu y ven aquí,
vuela como me enseñaste y ven por mí...
Llévame adonde las aves tienen nombres
que no conocen los demás hombres,
déjame refugiada en tus brazos dormir
y veme despertar y así vivir...
Deja que yo, entonces embriagada
de tu dulce rostro tan enamorada,
te susurre muy callado y al oído
cuanto en la distancia he sentido,
cuánto te he extrañado y te he llorado,
porque no has podido estar a mi lado.
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6. El más reciente, surgido de la necesidad de expresar lo feliz que soy ahora :D
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...A tu lado....
Me duermo entre sonrisas
y me despierto con tus besos;
vuelves realidad todos mis sueños
y mi realidad parece un sueño...
Me da vida tu mirada,
me hace sentir la más dichosa;
...esos bellos ojos grandes
me revelan tu alma noble...
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Bueno mis amigos, la primera entrega de poemas ha sido mi producción más reciente :D
Muy pronto dejaré en otro post algunos ya antiguos, a ver qué les parecen!!
Un gran abrazo a todos.
Mil besos para ti, MNA.
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jueves, 18 de junio de 2009
Recomendación literaria
Hola queridos amigos,
Hoy voy a hablar de un blog muy interesante que vengo leyendo desde hace ya muchos meses. Se trata de www.historiastenebrosas.blogspot.com y es de un querido amigo mío, al que le vengo diciendo también desde hace meses que debería editar un libro con todas las historias que ha escrito ahí.
Mis favoritos, infaltables:
Y cómo no, la que en estos momentos está encontrando su fina... El Verano de Victoria: Un nuevo año
Espero que les guste tanto como a mí.
Un abrazo a todos,
...fybetancourt...
miércoles, 10 de junio de 2009
Pintura Hiperrealista
Hola, ¿cómo están?
Me tiene realmente impresionada un estilo de pintura que descubrí hace ya muchos meses gracias a un amigo que inicia sus pasos grandes en la pintura. Mucha suerte con las expos y nos vemos el próximo lunes, Fausto!!
Me refiero al Hiperrealismo. Según he investigado, surgió en Estados Unidos en la segunda mitad de los 1900 (o sea 1960 pues, jejeje). Aunque se pueda pensar que la pintura hiperrealista haya surgido de la realista, más bien tiene su origen en el arte pop, pues se basa en retratar lo cotidiano en su aspecto más fiel en cuanto a la realidad que representa.
Mi opinión personal es que no se trata de copiar o reproducir fotografías, y muchas veces se le llama fotorrealismo, pero todo se debe a que no se ha constituido como un movimiento en sí, sino solo se intenta expresar un instante en lo cotidiano, con un nivel de detalle sorprendente, aunque sí hay artistas que usan fotografías como fuente para sus pinturas. Es un tema un poco extenso y falto de información detallada en el internet, o en libros.
El más genial de todos... Imán Maleki... un pintor iraní que ha pintado la realidad de una manera asombrosa y a la vez con un toque de inocencia que no sé explicar. Si tienen un minuto libre, entren a su página www.imanmaleki.com tal vez alguno de ustedes quede fascinado como yo. Hay en especial un cuadro de él, que se llama Studying, que estoy segura que quienes me conozcan verán un parecido increíble conmigo.
También pueden ver unas asombrosas pinturas de Richard Estes, en www.marlboroughgallery.com/Grfx_Pages/Estes.html, es muy interesante ver la perfección de la técnica y la facilidad para pintar reflejos y luces brillantes... fascinante.
Un poco más dentro del ámbito artístico, se encuentra el realismo un tanto terrorífico de Jeremy Geddes, pueden ver algunas obras en www.decmykargb.com y ver la genialidad de pintar imágenes que parecen reales, cuando realmente son solo imaginación, pues están basadas en la filmografía de terror y en algunos comics.
Espero que este post sirva para acercarlos un poquito a esta interesante técnica, que por ser tan apegada a los detalles de la realidad, pasa desapercibido. Yo, como le decía a un amigo recientemente, soy más teórica que práctica y me falta creatividad. Leo un libro y me sumerjo en mundos fantásticos que por mí misma no habría podido imaginar. Veo un cuadro y me pierdo en cada detalle que me parece aún mejor mientras más se parezca a la realidad. Si tuviera el don de dibujar o pintar, seguro me inclinaría por esta corriente hiperrealista.
De verdad admiro esa capacidad de dibujar con la que ya nacen algunas personas. Yo moriría por poder dibujar escenas de mi realidad, momentos de mi vida que quisiera encerrar en un dibujo, a lápiz, mientras tengo frente a mí al objeto de mi inspiración (te quiero MNA).
jueves, 21 de mayo de 2009
Mario Benedetti - Un poema
Hola mi querido club de lectores... jajajaja vaya si soy optimista yo :D :D
El fin de semana pasado murió Mario Benedetti, de quien he leído poesía y me ha encantado su manera tan coloquial de escribir, tan natural. Tuvo reconocimiento en vida, pero como es ley para todos los artistas, el mayor reconocimiento viene luego de su muerte, incluso al día siguiente.
Hoy quiero dejar aquí, el poema que más me gusta de Mario Benedetti, con especial dedicatoria a un ser divino que me ha enseñado tanto en tan poco tiempo...
El fin de semana pasado murió Mario Benedetti, de quien he leído poesía y me ha encantado su manera tan coloquial de escribir, tan natural. Tuvo reconocimiento en vida, pero como es ley para todos los artistas, el mayor reconocimiento viene luego de su muerte, incluso al día siguiente.
Hoy quiero dejar aquí, el poema que más me gusta de Mario Benedetti, con especial dedicatoria a un ser divino que me ha enseñado tanto en tan poco tiempo...
Táctica y estrategia
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos
Mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos
Mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto,
por fin me necesites.
Mi táctica es
mirarte
aprender como sos
quererte como sos
Mi táctica es
hablarte
y escucharte
construir con palabras
un puente indestructible
Mi táctica es
quedarme en tu recuerdo
no sé cómo ni sé
con qué pretexto
pero quedarme en vos
Mi táctica es
ser franco
y saber que sos franca
y que no nos vendamos
simulacros
para que entre los dos
no haya telón
ni abismos
Mi estrategia es
en cambio
más profunda y más
simple
mi estrategia es
que un día cualquiera
no sé cómo ni sé
con qué pretexto,
por fin me necesites.
martes, 12 de mayo de 2009
La Felicidad
¿Qué quieres? Ser feliz.
¿Qué es para ti la felicidad? Tener lo que quiero.
¿Y... qué quieres? Ser feliz...
Con razón no eres feliz. No sabes lo que quieres.
¿Qué es para ti la felicidad? Tener lo que quiero.
¿Y... qué quieres? Ser feliz...
Con razón no eres feliz. No sabes lo que quieres.
miércoles, 4 de marzo de 2009
Vaya silencio
Supongo que parte del proceso creativo, es tener períodos de silencio... no por falta de inspiración, sino que a veces hasta el mismo silencio constituye la expresión... Eso me acaba de pasar. Iba a continuar mi post sobre las Pinturas Negras de Goya, que realmente me gustan muchísimo, un poco corriendo, pero aquí está:


Bueno, pues para concluir mis comentarios, les resumo (realmente está resumido): La quinta del sordo fue adquirida por otra persona, quien encargó a un experto trasladar las pinturas de las paredes, a lienzos... para intentar venderlos, lo cual no logró, por lo que terminó donándolos al Museo del Prado.
Lamentablemente, en el proceso de traslado, El Aquelarre, perdió el extremo derecho, un espacio vacío pero que daba equilibrio al cuadro. Antes del traslado al lienzo, se tomaron fotografías de cada uno, y a continuación les dejo la fotografía (en blanco y negro por la fecha obviamente) y después el cuadro como actualmente se encuentra en el Museo del Prado:

Esta es la fotografía de El Aquelarre cuando aún estaba en la pared.
Puede observarse la parte de la derecha, en que hay un espacio como semivacío, que no se alcanza a distinguir completamente, y que actualmente no conserva el cuadro en el museo.

Esta es la vista actual del cuadro.
Para mí, todas estas pinturas encierran un algo tan atractivo, como de realidad grotesca, que tal vez entiendo por la situación que se vive actualmente en mi país. Uno tiene maneras muy raras de apreciar el arte, y dependen de lo que uno esté pasando en su vida en ese momento.
Encontré entre mis investigaciones la tesis doctoral que mencioné en mi post anterior, y en esa tesis, basada en el estudio de la luz y la iluminación en la quinta del sordo, aparece un análisis muy interesante sobre la manera en que el autor considera que la instalación estaba iluminada y de esta manera considera también su influencia en la manera de pintar, colocar y retocar las pinturas.
Como conclusión, al ver estas obras, presten especial atención en qué lugar del cuadro recae la luz principal, para así poder tener una mejor idea de lo que Goya pudiera haber querido resaltar.
Un abrazote.
domingo, 1 de marzo de 2009
Las Pinturas Negras, de Francisco de Goya
Había pensado inicialmente dedicar esta semana a Mr. Sherlock Holmes, pero no. Mi inspiración se inclina más por otra rama del arte para esta semana: La Pintura.
Y, nada que me atraiga más para comentar primero que Goya, y específicamente sus pinturas negras, aunque muy seguramente me ande entre las ramas antes de comentarlas.
Tuve la oportunidad de visitar el Museo del Prado, en Madrid, en marzo de 2008. Como en todo lugar interesante, no dejan tomar fotos, el flash puede afectar los lienzos. Luego de un par de horas, se llegó por fin el momento de visitar las salas con obras de Goya. Con un poco de pena admito que era la primera vez que yo oía de las Pinturas Negras y no pudo ser de mejor manera.
Antes de llegar, caminando al lado de La maja vestida y La maja desnuda, mis ojos pasaban de una pintura a otra sin poder detenerse mucho tiempo en una sola obra... Y es que este precisamente es uno de los problemas de visitar de un tirón todo un museo, mucho más tratándose de uno como El Prado. ¿Por qué? Porque, tal como Nigel Glendinning -catedrático emérito de la Universidad de Londres, hispanista muy enamorado de la literatura y pintura españolas, gran estudioso de José Cadalso (a quien dedicaré alguna entrada en mi blog) y sobre todo, el más destacado conocedor de Goya- en una entrevista a un diario español, decía que no es lo más apropiado hacer grandes exposiciones, pues la gente en vez de contemplar detenidamente las pinturas en exhibición, van asomándose a las salas sin detenerse, para poder abarcarlo todo. En este sentido, dice, es mejor exponer 50 y no 100 obras.
Eso mismo me pasó a mí, porque al entrar al Museo, había dos opciones, entrada a la exposición temporal pero enorme de "Retratos del Renacimiento", indudablemente muy interesante, las luces que lograban esos artistas, el extremo realismo de los ojos de los retratos; los encajes en los trajes reales, las telas de pana y de hilos de oro con texturas casi palpables... había que abrir los ojos al estilo andaluz, o sea mucho, jijiji, para poder alcanzar a ver que era pintura y no tela real. La otra opción era entrar además a las salas permanentes. Obviamente elegimos la opción doble.
Pues, continuando con mi interrumpido relato, seguía yo mirando retratos y el tiempo pasaba sin darme cuenta, y al acabar la exposición del Renacimiento y entrar directamente a las salas permanentes del museo, ya mis angelicales plantas (o sea pies) andaban un poco cansadas pero con ganas de descubrir los tesoros de cada sala. jijiji... recuerdo pasar rápidamente por las salas, tratando de ir en orden con las numeraciones, y si hubiera estado sola, aún hoy andaría vagando por la sala 54b, con salida a la 52a, y regresando por la misma puerta pero apareciendo en la sala 53c. Todo un laberinto. También recuerdo cómo de una manera muy discreta nos colocamos, fingiendo examinar una obra, detrás de una pareja que llevaba un guía, y durante unos minutos escuchamos la explicación de un par de cuadros, hasta que se movieron ellos al siguiente y ya hubiera sido demasiado obvio movernos "casualmente" nosotros también...
Pues, continuando con mi interrumpido relato, seguía yo mirando retratos y el tiempo pasaba sin darme cuenta, y al acabar la exposición del Renacimiento y entrar directamente a las salas permanentes del museo, ya mis angelicales plantas (o sea pies) andaban un poco cansadas pero con ganas de descubrir los tesoros de cada sala. jijiji... recuerdo pasar rápidamente por las salas, tratando de ir en orden con las numeraciones, y si hubiera estado sola, aún hoy andaría vagando por la sala 54b, con salida a la 52a, y regresando por la misma puerta pero apareciendo en la sala 53c. Todo un laberinto. También recuerdo cómo de una manera muy discreta nos colocamos, fingiendo examinar una obra, detrás de una pareja que llevaba un guía, y durante unos minutos escuchamos la explicación de un par de cuadros, hasta que se movieron ellos al siguiente y ya hubiera sido demasiado obvio movernos "casualmente" nosotros también...
Pues, volviendo al tema, llegó el tan esperado momento de ver esas Pinturas Negras... y de entrada en la sala, ver El Aquelarre... y más allá, Saturno devorando a su hijo... y yo como era la primera vez que las veía, estaba sin poder apreciarlas como las apreciaría ahora.
Ahora, digo, conozco por lo menos un poco de su historia y detalles, y para ustedes, un resumen aquí:
Sin entrar en detalles personales de los artistas, que no me gusta eso aunque tal vez a veces sea necesario o interesante, diré que Goya adquirió cuando ya estaba mayor y sordo, en 1819, una especie de casa de campo de dos plantas, que hoy se conoce como "La quinta del sordo", ya que el propietario anterior también era sordo. Estaba ubicada en las afueras de Madrid, y hay varias teorías en que, por un lado, se dice que ya había algunas pinturas en las paredes cuando Goya se mudó ahí, y por otro lado, se dice que fue el mismo Goya el que hizo las pinturas iniciales. Como iba haciéndose mayor, estando sordo, y con la historia muy reciente de las guerra finalizada, pues se dice que su inspiración estaba exhaltada con motivos tanto de guerra, como de protesta en contra de la Inquisición, mezclados estos sentimientos con los problemas personales tales como los que mencioné.
Al considerar luego de un tiempo mudarse de esa casa por ciertos motivos, Goya cedió la finca a su hijo, y en ella, tanto en la primera como en la segunda planta, se encontró una serie de catorce pinturas que no había realizado por encargo, que no había realizado para vender, sino que eran obras para él mismo, por tanto muy personales y muy sinceras en mi opinión. Eran obras en donde predominaban las combinaciones de colores oscuros, tonalidades ocre, tierra y negras. Son las muy conocidas Pinturas Negras.
Como cuando algo me gusta lo tengo que investigar, y digo tengo que, porque se vuelve una necesidad para mí saber todo acerca de ese algo. En las breves noches de estudio, leí en un documento de tesis doctoral de Agustín Benito Oterino, que tituló "La luz en la quinta del sordo", en la Universidad Complutense de Madrid, que se han hecho radiografías a las Pinturas Negras, que muestran aspectos, para mí, por mucho, impresionantes e impactantes, pues se distinguen de manera clarísima pinturas inspiradas en paisajes campestres y pastoriles, totalmente contrarias a las pinturas que ahora las cubren. Valeriano Bozal -colaborador en la Enciclopedia en línea del Museo del Prado- opina que las pinturas anteriores y de carácter más alegre sí fueron pintadas por Goya, porque es la única manera de explicar que reutilizara algunas partes de los paisajes para las nuevas pinturas.
La técnica utilizada por Goya para las Pinturas Negras fue Oleo al secco, que es pintar al óleo sobre el mismo revoco o yeso que recubre la pared. Eso resalta el hecho de que eran pinturas propias sin otra intención que expresarse para él mismo. No las hizo sobre un lienzo, no usó un caballete, simplemente pintó en la pared.
Un dato curioso es que Goya no puso nombre a ninguna de estas obras. Fueron posteriormente los críticos los que, uniendo criterios, dieron los nombres por los que actualmente los conocemos, lo cual deja una especie de vacío entre el verdadero significado que para Goya tenían.
Para no volver muy largo este post, en el siguiente voy a hablar sobre la distribución de las mismas en La quinta del sordo, y las veremos una por una. Además, continuaré con la historia de cómo fue que llegaron al Museo del Prado.
Un gran abrazo!!
Ahora, digo, conozco por lo menos un poco de su historia y detalles, y para ustedes, un resumen aquí:
Sin entrar en detalles personales de los artistas, que no me gusta eso aunque tal vez a veces sea necesario o interesante, diré que Goya adquirió cuando ya estaba mayor y sordo, en 1819, una especie de casa de campo de dos plantas, que hoy se conoce como "La quinta del sordo", ya que el propietario anterior también era sordo. Estaba ubicada en las afueras de Madrid, y hay varias teorías en que, por un lado, se dice que ya había algunas pinturas en las paredes cuando Goya se mudó ahí, y por otro lado, se dice que fue el mismo Goya el que hizo las pinturas iniciales. Como iba haciéndose mayor, estando sordo, y con la historia muy reciente de las guerra finalizada, pues se dice que su inspiración estaba exhaltada con motivos tanto de guerra, como de protesta en contra de la Inquisición, mezclados estos sentimientos con los problemas personales tales como los que mencioné.
Al considerar luego de un tiempo mudarse de esa casa por ciertos motivos, Goya cedió la finca a su hijo, y en ella, tanto en la primera como en la segunda planta, se encontró una serie de catorce pinturas que no había realizado por encargo, que no había realizado para vender, sino que eran obras para él mismo, por tanto muy personales y muy sinceras en mi opinión. Eran obras en donde predominaban las combinaciones de colores oscuros, tonalidades ocre, tierra y negras. Son las muy conocidas Pinturas Negras.
Como cuando algo me gusta lo tengo que investigar, y digo tengo que, porque se vuelve una necesidad para mí saber todo acerca de ese algo. En las breves noches de estudio, leí en un documento de tesis doctoral de Agustín Benito Oterino, que tituló "La luz en la quinta del sordo", en la Universidad Complutense de Madrid, que se han hecho radiografías a las Pinturas Negras, que muestran aspectos, para mí, por mucho, impresionantes e impactantes, pues se distinguen de manera clarísima pinturas inspiradas en paisajes campestres y pastoriles, totalmente contrarias a las pinturas que ahora las cubren. Valeriano Bozal -colaborador en la Enciclopedia en línea del Museo del Prado- opina que las pinturas anteriores y de carácter más alegre sí fueron pintadas por Goya, porque es la única manera de explicar que reutilizara algunas partes de los paisajes para las nuevas pinturas.
La técnica utilizada por Goya para las Pinturas Negras fue Oleo al secco, que es pintar al óleo sobre el mismo revoco o yeso que recubre la pared. Eso resalta el hecho de que eran pinturas propias sin otra intención que expresarse para él mismo. No las hizo sobre un lienzo, no usó un caballete, simplemente pintó en la pared.
Un dato curioso es que Goya no puso nombre a ninguna de estas obras. Fueron posteriormente los críticos los que, uniendo criterios, dieron los nombres por los que actualmente los conocemos, lo cual deja una especie de vacío entre el verdadero significado que para Goya tenían.
Para no volver muy largo este post, en el siguiente voy a hablar sobre la distribución de las mismas en La quinta del sordo, y las veremos una por una. Además, continuaré con la historia de cómo fue que llegaron al Museo del Prado.
Un gran abrazo!!
Algunas consideraciones sobre mi blog
Hola mis queridos!!
Quiero empezar una nueva semana con algunas consideraciones sobre mi blog. No sé por qué me he llevado unos días de soledad y vacío tan grandes, y solo escribiendo me alivio. Me dijo un amigo que en vez de leer relatos los escriba, a ver si una de estas semanas la dedico a mis ideas literarias :D y cuando haya muerto me vuelvo la gloria de Guate... mmm no, ¿verdad? jijijiji
Todos necesitamos expresarnos, necesitamos sentir que se nos escucha por los seres que más nos importan. Sin embargo, eso no sucede. Cada cabeza es un mundo, lleno de cosas distintas, de gustos diferentes, y lo que a mí me apasiona y que despierta en mi alma emociones que me hacen ver la vida toda poesía, toda inspiración (cursi como sólo yo sé serlo, jijijiji), a los demás les parecerán cosas aburridas o sin valor.
Cuando les comento que de nuevo he escrito en el blog, cuando empiezo a hablar de los temas de mis posts como si fuera lo más normal del mundo, no lo hago para que lo lean, solo es lo inevitable de comentarlo. De nuevo, solo yo sé por qué estoy escribiendo esto, y no creo que pase por los ojos del destinatario. Pero no me importa, he dicho, porque lo que necesito es escribirlo. Mi tendencia a callar en vez de hablar las cosas, no siempre me ha ayudado, y en mi blog encuentro esa manera de decir lo que callo.
A los artistas les gusta el sufrimiento porque es una fuente más de inspiración, y yo comparto ese gusto aunque no sea una artista.
Estaré editanto este post cuando se me ocurran más consideraciones jijijijiji
Por ahora hasta la próxima :D ya solo con escribir eso me siento mejor!! :P
Quiero empezar una nueva semana con algunas consideraciones sobre mi blog. No sé por qué me he llevado unos días de soledad y vacío tan grandes, y solo escribiendo me alivio. Me dijo un amigo que en vez de leer relatos los escriba, a ver si una de estas semanas la dedico a mis ideas literarias :D y cuando haya muerto me vuelvo la gloria de Guate... mmm no, ¿verdad? jijijiji
Todos necesitamos expresarnos, necesitamos sentir que se nos escucha por los seres que más nos importan. Sin embargo, eso no sucede. Cada cabeza es un mundo, lleno de cosas distintas, de gustos diferentes, y lo que a mí me apasiona y que despierta en mi alma emociones que me hacen ver la vida toda poesía, toda inspiración (cursi como sólo yo sé serlo, jijijiji), a los demás les parecerán cosas aburridas o sin valor.
Cuando les comento que de nuevo he escrito en el blog, cuando empiezo a hablar de los temas de mis posts como si fuera lo más normal del mundo, no lo hago para que lo lean, solo es lo inevitable de comentarlo. De nuevo, solo yo sé por qué estoy escribiendo esto, y no creo que pase por los ojos del destinatario. Pero no me importa, he dicho, porque lo que necesito es escribirlo. Mi tendencia a callar en vez de hablar las cosas, no siempre me ha ayudado, y en mi blog encuentro esa manera de decir lo que callo.
A los artistas les gusta el sufrimiento porque es una fuente más de inspiración, y yo comparto ese gusto aunque no sea una artista.
Estaré editanto este post cuando se me ocurran más consideraciones jijijijiji
Por ahora hasta la próxima :D ya solo con escribir eso me siento mejor!! :P
sábado, 28 de febrero de 2009
Bécquer según R.R. Correa y mis pensamientos finales
Bueno, se me va otra semana más. He tratado de escribir mucho y al final no he escrito nada nuevo sobre Bécquer. Ya me lo decía un amigo, que se me hace corta la semana para un solo tema. Supongo que no hay muchas cosas nuevas qué decir sobre él, y sin embargo casi nadie conoce su verdadera forma de ser, aspecto que, según lo que decían sus amigos más cercanos, trataré de dejar aquí. Su vida no dio mucho de que hablar, es decir, no hubo escándalos, aunque lo pasó muy mal en su matrimonio, y realmente nunca tuvo más familia que Valeriano, porque siempre estuvieron en contacto, siempre ahí el uno para el otro, y cuando uno murió, el otro no resistió ni un año ya.
Sabemos que, al igual que Poe, Bécquer buscaba la Belleza de las cosas, de una forma un tanto distinta, pero su búsqueda fue siempre la Belleza, a través de la Poesía, encantándole escribir sin palabras elaboradas o difíciles, y he ahí la facilidad con que sus Rimas son entendidas. También al igual que Poe, en la leyenda que he compartido con ustedes, Tres fechas, muy sentimentalmente pedía «en nombre de los poetas y de los artistas, en nombre de los que sueñan y de los que estudian...» realmente es una delicia descubrir en cada rima los sentimientos que exhaltaban el alma del poeta al escribirla, y encontrarnos con que muchas veces fue un simple movimiento, un simple pensamiento, o un momento de sufrimiento en su vida diaria, el que despertó el mundo de fantasía y transformó cada cosa en poesía, que era tan fácil para él.
Gustaba de pintar con palabras y escribir con dibujos, tenía una vocación que venía de familia por la pintura, y ya se ha visto que por la literatura también, aunque haya tenido que hacer lo que todo buen poeta: trabajar y vivir en la pobreza haciendo críticas y artículos para diarios que pasaron como cualquier escrito en su momento, y que luego de su muerte fueron apreciados como se debía. Ay, naturaleza humana, que valoras sólo lo que has perdido ya.
Este post va a ser un poco largo, porque necesito vaciar aquí la admiración que siento por él. Ramón Rodríguez Correa, un amigo íntimo suyo, me va a ayudar, sirviéndome de la Edición de 1877 de las Obras Completas de Gustavo Adolfo Bécquer, cuyo prólogo, extenso (dieciocho páginas), fue escrito por Correa, a siete años de la muerte del poeta.
Quiero dejar ese prólogo aquí, tal como Correa lo escribió, porque sé que no puedo yo decir nada tan real como lo que él dice:
------------------------------------------------
Al lector:
Pronto, el 22 de Diciembre, hará siete años que voló a su Creador el espíritu inmortal de Gustavo Adolfo Bécquer.
La primera edición, que editó la caridad, agotose hace un año y el que murió oscuro y pobre es ya gloria de su patria y admiración de otros países, pues apenas hay lengua culta donde no se hayan traducido sus poesías o su prosa.
No es mi propósito hacer nueva enumeración de las desgracias y méritos del escritor. Las primeras se compensan con su gloria; los segundos son ya del dominio frío y severo de la crítica.
Sólo una cosa advertiremos siempre a los lectores de Gustavo: que nada de lo que dejó escribiolo con intención de que formase un libro; y, como dijimos en la primera edición, sus grandes imaginaciones, sus alegatos de merecimiento ante la posteridad, bajaron con él al sepulcro. Calcúlese ahora, por la popularidad y el respeto que su memoria ha alcanzado con fútiles destellos de su preclara inteligencia, a qué altura se hubiera elevado, si la miseria, aguijándole y faltándole la vida, no hubieran sido éstos los cauces imprescindibles de aquel atormentado cerebro.
Dos palabras más sobre Gustavo.
Hay quienes han querido censurarle por su novedad.
Hay muchos que han intentado imitarle.
Ni unos ni otros le han comprendido bien.
Las Rimas de Bécquer no son la total expresión de un poeta, sino lo que de un poeta se conoce. Por consecuencia, el tamaño, carácter y estilo de sus composiciones no tienen más forma que aquella en que estuvieron concebidas y calcadas, y éste es su principal mérito.
Defenderse con el Diccionario, arrebatar el oído con el fraseo de ricas variaciones sobre un mismo concepto, disolver una idea en un mar de palabras castizas y brillantes, cosa es digna de admiración y de elogio; pero confiarse en la admirable desnudez de la forma intrínsica, servir a la inteligencia de los demás la esencia del pensamiento y herir el corazón de todos con el laconismo del sentir, sacrificando sin piedad palabras sonoras, lujoso atavío de amontonadas galas y maravillas de multiplicados reflejos, a la sinceridad de lo exacto y a la condensación de la idea, y obtener únicamente con esto aplauso y popularidad entre las multitudes, es verdaderamente maravilloso, sobre todo en España, cuya lengua ha sido y será venero inagotable de palabras, frases, giros, conceptos y cadencias.
No menos digno de llamar la atención es que el poeta haya conseguido tan rápida celebridad sin tocar en sus fantasías ni en sus realidades nada que directamente excite el interés o las pasiones colectivas de sus contemporáneos.
Como en las de los grandes maestros, en su paleta no figuran más colores que los primordiales del iris, descompuestos en el prisma de la imaginación y del sentimiento; universales, sencillos y espontáneos, sin encenderse al contacto de pasiones políticas o de problemas sociales y religiosos.
Tienen en sí el germen de todo lo ideal; pero sin acomodamiento de época ni dudas, indignaciones o esperanzas de impíos o fanáticos.
Sabemos que, al igual que Poe, Bécquer buscaba la Belleza de las cosas, de una forma un tanto distinta, pero su búsqueda fue siempre la Belleza, a través de la Poesía, encantándole escribir sin palabras elaboradas o difíciles, y he ahí la facilidad con que sus Rimas son entendidas. También al igual que Poe, en la leyenda que he compartido con ustedes, Tres fechas, muy sentimentalmente pedía «en nombre de los poetas y de los artistas, en nombre de los que sueñan y de los que estudian...» realmente es una delicia descubrir en cada rima los sentimientos que exhaltaban el alma del poeta al escribirla, y encontrarnos con que muchas veces fue un simple movimiento, un simple pensamiento, o un momento de sufrimiento en su vida diaria, el que despertó el mundo de fantasía y transformó cada cosa en poesía, que era tan fácil para él.
Gustaba de pintar con palabras y escribir con dibujos, tenía una vocación que venía de familia por la pintura, y ya se ha visto que por la literatura también, aunque haya tenido que hacer lo que todo buen poeta: trabajar y vivir en la pobreza haciendo críticas y artículos para diarios que pasaron como cualquier escrito en su momento, y que luego de su muerte fueron apreciados como se debía. Ay, naturaleza humana, que valoras sólo lo que has perdido ya.
Este post va a ser un poco largo, porque necesito vaciar aquí la admiración que siento por él. Ramón Rodríguez Correa, un amigo íntimo suyo, me va a ayudar, sirviéndome de la Edición de 1877 de las Obras Completas de Gustavo Adolfo Bécquer, cuyo prólogo, extenso (dieciocho páginas), fue escrito por Correa, a siete años de la muerte del poeta.
Quiero dejar ese prólogo aquí, tal como Correa lo escribió, porque sé que no puedo yo decir nada tan real como lo que él dice:
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Al lector:
Pronto, el 22 de Diciembre, hará siete años que voló a su Creador el espíritu inmortal de Gustavo Adolfo Bécquer.
La primera edición, que editó la caridad, agotose hace un año y el que murió oscuro y pobre es ya gloria de su patria y admiración de otros países, pues apenas hay lengua culta donde no se hayan traducido sus poesías o su prosa.
No es mi propósito hacer nueva enumeración de las desgracias y méritos del escritor. Las primeras se compensan con su gloria; los segundos son ya del dominio frío y severo de la crítica.
Sólo una cosa advertiremos siempre a los lectores de Gustavo: que nada de lo que dejó escribiolo con intención de que formase un libro; y, como dijimos en la primera edición, sus grandes imaginaciones, sus alegatos de merecimiento ante la posteridad, bajaron con él al sepulcro. Calcúlese ahora, por la popularidad y el respeto que su memoria ha alcanzado con fútiles destellos de su preclara inteligencia, a qué altura se hubiera elevado, si la miseria, aguijándole y faltándole la vida, no hubieran sido éstos los cauces imprescindibles de aquel atormentado cerebro.
Dos palabras más sobre Gustavo.
Hay quienes han querido censurarle por su novedad.
Hay muchos que han intentado imitarle.
Ni unos ni otros le han comprendido bien.
Las Rimas de Bécquer no son la total expresión de un poeta, sino lo que de un poeta se conoce. Por consecuencia, el tamaño, carácter y estilo de sus composiciones no tienen más forma que aquella en que estuvieron concebidas y calcadas, y éste es su principal mérito.
Defenderse con el Diccionario, arrebatar el oído con el fraseo de ricas variaciones sobre un mismo concepto, disolver una idea en un mar de palabras castizas y brillantes, cosa es digna de admiración y de elogio; pero confiarse en la admirable desnudez de la forma intrínsica, servir a la inteligencia de los demás la esencia del pensamiento y herir el corazón de todos con el laconismo del sentir, sacrificando sin piedad palabras sonoras, lujoso atavío de amontonadas galas y maravillas de multiplicados reflejos, a la sinceridad de lo exacto y a la condensación de la idea, y obtener únicamente con esto aplauso y popularidad entre las multitudes, es verdaderamente maravilloso, sobre todo en España, cuya lengua ha sido y será venero inagotable de palabras, frases, giros, conceptos y cadencias.
No menos digno de llamar la atención es que el poeta haya conseguido tan rápida celebridad sin tocar en sus fantasías ni en sus realidades nada que directamente excite el interés o las pasiones colectivas de sus contemporáneos.
Como en las de los grandes maestros, en su paleta no figuran más colores que los primordiales del iris, descompuestos en el prisma de la imaginación y del sentimiento; universales, sencillos y espontáneos, sin encenderse al contacto de pasiones políticas o de problemas sociales y religiosos.
Tienen en sí el germen de todo lo ideal; pero sin acomodamiento de época ni dudas, indignaciones o esperanzas de impíos o fanáticos.
No podrá nunca, pues, ser juzgado en tal terreno, y, como esos astros ingentes que parecen chicos porque desde abajo se les mira en un planeta menor, jamás podrá alternar entre el agitado vaivén de los que le examinen, cegados por el polvo de la tierra, o envueltos por la atmósfera de una época dada y los pasajeros brillos de fugaces meteoros. Esto a los que no han sabido censurarle, lo cual no prueba que le creamos exento de censura.
A los que le imitan, por más que esto honre al poeta tenemos que decir algunas palabras que expresarán conceptos a largo tiempo arraigados en nuestra conciencia.
No creemos en el progreso indefinido de una escuela. Si la historia del arte no lo probara definitivamente con la muerte irreemplazable de sus grandes hombres, lo haría ver la reflexión del buen sentido. De ningún modo aconsejamos que se dejen de consultar los grandes maestros de la forma, estudiándolos con fe e imitándolos con trabajo en secreto, sin perder nunca de vista la naturaleza para el arte y la moral absoluta para las ideas. Pero de esto a encastillarse en la forma del que primero fue original en ella, hay un gran abismo.
Si alguien es difícil y comprendido para imitado en poesía, es Bécquer. Como galanura de forma, pureza de dicción y corrección de estilo hay muchos que le aventajen, y éstos son los que deben de imitarse siempre. Pero lo imposible de imitar en Bécquer es su propio espíritu, su manera de ver, como dicen los pintores, su idiosincrasia, como lo llaman los naturalistas.
En ser Bécquer o no serlo está todo el quid de la dificultad, y creer que se ha conseguido tal propósito encerrándose en su forma y contando el número de sus versos, es no haber realizado nada, si antes no se cuenta con el original tesoro de ideas prácticas y reales que en sus composiciones existe. Repárese bien que ni al principiar Bécquer una composición ni al terminarla en crescendo, deja de pensar o de sentir algo de general y profundo. De cada cuatro versos suyos puede hacerse una larga poesía descriptiva; pero herir las cuerdas de la idea o del sentimiento en menos palabras, es casi imposible. La idea, pues, sin más adorno que el necesario, como él decía, para poderse presentar decente en el mundo, tiene una importancia real y sólida en sus composiciones.
Hacer, por tanto, versos como los suyos, sin hallarse provisto de algo importante, práctico y hondo en el terreno del sentir o del pensar, es querer construir perdurable estatua solamente con la gasa que la envuelve, y lo que consigue entonces quien imita, es quedar indefenso ante el público, resultando valadí, vulgar, pretencioso o vano en el mismo metro y con las mismas líneas que Bécquer, por haber querido narrar lo imposible, es decir, la nada, porque nada había brotado del cerebro del imitante. De esto resulta una serie de vulgaridades concisas, que por lo mismo son más vulgares aún, o una porción de nebulosidades y misterios, capaces de tener pensando todo un siglo a quien trate de descifrar el enigma.
En una palabra, y aunque se ha repetido mucho Shakespeare lo ha dicho mejor que nadie. Los imitadores olvidan el ser o no ser del trágico eminente, y al hacerlo caen en ese abismo sin fondo de que nos habla el creador de Hamlet: ¡Palabras, palabras, palabras! Nos hemos extendido más de lo que queríamos, pero sentíamos comezón de libertar la memoria de nuestro pobre amigo del ataque de los que no le han comprendido y de complicidad con algunos de sus imitadores.
Cumplida nuestra tarea, sólo nos resta dar en nombre del arte, del público, que lo pedía con ansia y de nuestro pobre amigo, al editor, por esta magnífica edición, ilustrada con el verdadero retrato del autor, no acabado de expirar, como figura en la edición primera, sino lleno de vida y esperanzas, tal como se agitó en el mundo. Va aumentada esta edición con otros trabajos de Bécquer, que añadirán nuevos quilates a su justa fama, tales cuales Las Cartas a una Mujer, y otros artículos eminentemente literarios, como el prólogo a Los Cantares de su íntimo amigo el Sr. Ferrán.
RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA
Gustavo Adolfo Bécquer
(Prólogo de la primera edición también por Correa)
Confieso que he echado sobre mis hombros una tarea superior a mis fuerzas. En vano he retardado el momento. La edición está ya terminada; todo el mundo ha cumplido con el deber que impuso una admiración unánime, y las páginas que siguen, donde se contiene todo lo que precipitadamente trabajó en su dolorosa vida mi pobre amigo, sólo aguardan estos oscuros renglones míos para convertirse en una obra que edita la caridad y que el genio de su autor hará vivir eternamente.
¡Póstuma y única recompensa que él puede dar al generoso desprendimiento de sus contemporáneos y amigos! ¡Salga, pues, de mi pluma, humedecido con el tributo de mis lágrimas, antes que el relato de la vida y el juicio de las obras del malogrado escritor, un testimonio de justicia hacia esta generación entre la cual me agito, generación que a riesgo de su vida ahuyenta la muerte de los infectos campos de batalla y da su oro para el libro de un poeta! Majestades de la tierra, artistas, ingenieros, empleados, políticos, habitantes de la ciudad, de las aldeas escondidas, todos los que en esa larga lista que ante mí tengo, habéis depositado, desde la cantidad inesperada, por lo magnífica, hasta el óbolo modesto, recibid por mi conducto un voto de gracias, a que hacen coro los temblorosos labios de hijos sin padres y de madres sin esposos; pues no sólo habéis salvado del olvido las obras de Bécquer, sino que al borde de su tumba habéis allegado el pan cotidiano que libertará de la miseria a seres desvalidos.
Los encargados de llevar a cabo tal empresa, hubieran tenido un gran placer en poner al frente de la edición los nombres de los que a ella han contribuido; pero la caridad acreciolos tanto, que su inserción hubiera aumentado el gasto notablemente. El distinguido pintor Sr. Casado, a cuya iniciativa, actividad y arreglo se debe casi todo el éxito de la recaudación, publicará en tiempo oportuno, y en unión con los demás amigos que han llevado a término esta obra, las cantidades recibidas y las que se han invertido, para justa satisfacción de todos. No menos alabanza merece el Sr. D. Augusto Ferrán, inseparable amigo del malogrado Bécquer, que no se ha dado punto de reposo en el asiduo trabajo de allegar materiales dispersos, coleccionarlos, vigilar la impresión y demás tareas propias de estos difíciles y dolorosos casos, ayudado del Sr. Campillo, tan insigne poeta como bueno y leal amigo.
Hasta aquí, lo que sus admiradores han hecho para perpetuar la memoria del que se llamó en el mundo Gustavo Adolfo Bécquer. Hablemos de él. Toda mi vida de poeta, todos los delirios, esperanzas, propósitos y realidades de mi juventud han quedado sin diálogo con su último suspiro. Al extender la muerte su fría mano sobre aquella cabeza juvenil, inteligente y soñadora, mató un mundo de magníficas creaciones, de gigantescos planes, cuyo pálido reflejo son las obras que contiene este libro. Todo su afán era conseguir un año de descanso en la continuada carrera de sus desgracias. Pobre de fortuna y pobre de vida, ni la suerte le brindó nunca un momento de tranquilo bienestar, ni su propia materia la vigorosa energía de la salud. Cada escrito suyo representa o una necesidad material o el pago de una receta.
Las estrecheces del vivir y la vecindad de la muerte fueron el círculo de hierro en que aquel alma fecunda y elevada tuvo que estar aprisionada toda su vida. Antes de morir, sospechó que a la tumba bajaría con él y como él, inerte y sin vida, el magnífico legado de sus imaginaciones y fantasías, y entonces se propuso reunirlo en un libro. La muerte anduvo más deprisa, y sólo pudo escribir la introducción con que van encabezados sus escritos, las rimas y el fragmento titulado La Mujer de Piedra, que, además de revelar su poderosa inventiva, lleva el sello de su idoneidad y no común saber en las artes plásticas. Nació Bécquer en Sevilla el 17 de Febrero de 1836, siendo su padre el célebre pintor e inspirado intérprete de las costumbres sevillanas.
A los cinco años de edad quedó huérfano de éste, empezando sus estudios de primeras letras en el colegio de San Antonio Abad, donde permaneció hasta los nueve años, en que entró en el colegio de San Telmo para estudiar la carrera de náutica. A los nueve años y medio viose huérfano de madre, y a los diez salió de dicho colegio por haberse suprimido. A tal edad encargose de Gustavo su madrina de bautismo, persona regularmente acomodada, sin hijos ni parientes, por cuya razón le hubiera dejado sus bienes, a no haber él renunciado a todo por venir a Madrid a los diez y siete años y medio, con el objeto de conquistar gloria y fortuna. ¡Como si en el campo de las letras se hubiera nunca conquistado en España ambas cosas! Quería su madrina hacer de él un honrado comerciante; pero aquel niño, que había aprendido a dibujar al mismo tiempo que a escribir, cuya desmedida afición a la lectura le hacía encontrar horizontes más anchos que el de la teneduría de libros, y que jamás pudo sumar de memoria, sólo encontraba aplausos para sus primeras poesías, lo cual le decidió a vivir de su trabajo, armonizándolo con la independencia de su carácter, y a venir a Madrid, como lo verificó el año 54, sin más elementos que lo necesario para el viaje.
Corría el año 56, y entonces llegué también a buscar lo mismo que Gustavo, con quien en los primeros pasos me encontré en el terreno de las letras. Mi carácter alegre y mi salud robusta fueron acogidos con simpatía por el soñador enfermizo, y casi niños, se unieron nuestras dos almas y nuestras dos vidas. Prolijo sería enumerar las peripecias de la suya, monótona en desdichas. El año 57 se vio acometido de una horrible enfermedad, y para atender a ella y rebuscando entre sus papeles, hallé El Caudillo de las manos rojas, tradición india, que se publicó en La Crónica, siendo reproducida, con la singularidad de creerse que el título de tradición era una errata de imprenta; pues todos los que la insertaron en España o copiaron en el Extranjero, la bautizaron con el nombre de traducción india. ¡Tan concienzudamente había sido hecho el trabajo! Compadecido un amigo de sus escaseces, buscole un empleo modesto, y juntos entramos a servir al Estado en la Dirección de Bienes Nacionales, con tres mil reales de sueldo y con la categoría de escribientes fuera de plantilla. Cito este detalle, porque la cesantía de Gustavo en aquel destino forma un rasgo descriptivo de su carácter soñador y distraído. Tratose de hacer un arreglo en la oficina, y el Director quiso por sí mismo averiguar la idoneidad y el número de los empleados, visitando para ello todos los departamentos. Gustavo, entre minuta y minuta que copiaba, o bien leía alguna escena de Shakespeare, o bien la dibujaba con la pluma, y, en el momento en que el Director entró en su negociado, hallábase él entregado a sus lucubraciones.
Como sus dibujos eran admirables, ya se habían hecho casos de atención para todos, que se disputaban el poseerlos, aguardando a que los concluyera, mientras seguían con la vista aquella mano segura y firme, que sabía con cuatro rasgos de pluma hacer figuras tan bien acabadas.
El Director se unió al grupo, y después de observar atentamente aquel tan raro expediente en una oficina de Bienes Nacionales, preguntó a Gustavo, que seguía dibujando:
-Y ¿qué es eso? Gustavo, sin volverse y señalando sus muñecos, respondió:
-¡Psch!... ¡Ésta es Ofelia, que va deshojando su corona! Este tío es un sepulturero... Más allá... En esto observó Gustavo que todo el mundo se había puesto de pie y que el silencio era general. Volvió lentamente el rostro, y...
-¡Aquí tiene usted uno que sobra! -exclamó el Director. Efectivamente Gustavo fue declarado cesante en el mismo día.
Excuso decir que él se puso muy alegre; pues aquel alma delicada, a pesar de la repugnancia que le inspiraba el destino, lo aceptó por no hacer un desaire al amigo que se lo había proporcionado.
Habíase propuesto Gustavo no mezclarse en política y vivir sólo de sus artículos literarios, cosa imposible en España, por lo escaso de la retribución y lo raro de la demanda; así es que tuvo que alternar los escritos con otros trabajos. De este género son las pinturas al fresco que deben de existir en el palacio de los señores maqueses de Remisa, cosa que ignorará el propietario, pues encargó la obra a un pintor de adorno, que, no sabiendo pintar las figuras, dio un jornal por ellas a Gustavo.
Fundose después El Contemporáneo, y al brindarme con una plaza en su redacción el fundador y mi amigo D. José Luis Albareda, conseguí que también entrase a formar parte de ella el autor de este libro. Entonces escribió la mayor parte de sus leyendas y las Cartas desde mi celda, que causaron admiración grande en los círculos literarios de España. Para Gustavo, que sólo hallaba la atmósfera de su alma en medio del arte, no existía la política de menudeo, tan del gusto de los modernos españoles.
Su corazón de artista, amamantado en la insigne escuela literaria de Sevilla, y desarrollado entre catedrales góticas, calados ajimeces y vidrios de colores, vivía a sus anchas en el campo de la tradición; y encontrándose a gusto en una civilización completa, como lo fue la de la Edad Media, sus ideas artístico-políticas y su miedo al vulgo ignorante le hacían mirar con predilección marcada todo lo aristocrático e histórico, sin que por esto se negara su clara inteligencia a reconocer lo prodigioso de la época en que vivía.
Indolente, además, para las cosas pequeñas, y siendo los partidos de su país una de estas cosas, figuró en aquél donde tenía más amigos y en que más le hablaban de cuadros, de poesías, de catedrales, de reyes y de nobles. Incapaz de odios, no puso sus envidiables condiciones de escritor a servicio de la ira, que, a haberlo hecho más positivas hubieran sido sus ventajas y más doradas las cintas de su ataúd. No estando destinado, por lo dulce de su temperamento, a causar el terror de nadie, ni apto su carácter noble para la adulación o la asiduidad del servilismo, condiciones que sustituyen con ventaja y provecho propio a la acometividad y energía.
Gustavo no podía hacer gran papel entre las revueltas, distingos, escándalos, exhibiciones y favoritismos de los que, salvando rarísimos ejemplos, forman la mayoría de los afortunados en política, con relación a los bienes materiales; y hecho fiscal de novelas, desempeñó su destino lo mejor que pudo, haciendo dimisión tan luego como cayó del poder la persona que había firmado su nombramiento, el excelentísimo Sr. D. Luis González Bravo, artista como pocos y apreciador sincero y leal del mérito de Gustavo. El año 62, su hermano Valeriano, célebre ya en Sevilla por sus producciones pictóricas, vino a reunirse y a vivir con él, como en los años de su niñez trabajosa. Después de graves disgustos domésticos que ambos experimentaron, cesante el poeta, el pintor sin la pensión, que devolvía en magníficos cuadros de costumbres al Ministerio de Fomento, la muerte comenzó a prepararles un recibimiento tan ingrato y oscuro como el que tuvieron en los primeros pasos de su vida.
Volvieron los ímprobos trabajos de los primeros días, el malestar de la hora presente, la cruel incertidumbre de lo cercano; pero la desdicha tenía que habérselas con veteranos de sus rigores. Ambos hermanos unieron sus esfuerzos, y mientras el uno dibujaba admirablemente maderas para Gaspar y Roig o La Ilustración de Madrid, el otro traducía novelas insulsas o escribía artículos originales, como el de Las hojas secas, contentos con vivir juntos llevar pan a sus tiernos hijos, hablando el pintor de sus futuros cuadros, para cuando tuviera lienzos, y el poeta de sus grandiosas concepciones, para verlas realizadas cuando la perentoria necesidad del día no fuese precipitado final de sus ensueños. Una de las formas que más complacen a la Desgracia, entre el sinnúmero de sus horribles disfraces, es la de la Felicidad.
Como el tigre con su presa, parece jugar con sus víctimas; y cuando el golpear de sus fatales hábitos ha embotado las sensaciones, semeja abandonar a los que atormenta, y siempre acechando, deja que se olviden de ella, permite que el bienestar se introduzca temeroso aún en su morada, que los sueños color de rosa acaricien tímidas fantasías; y cuando ya el mortal, objeto de sus odios, creese libre de sus ultrajes, tiende de pronto su garra certera y pone fin con un tormento inesperado e irremediable a todas las agonías, helando en los labios la sonrisa de aquellos que ya empezaban a regocijarse con su huida. Esto aconteció en la morada de los hermanos Bécquer. Cuando ya habían conseguido unificando esfuerzos, organizar modesta manera de vivir; cuando un porvenir artístico e independiente les sonreía; cuando el trabajo comenzaba a ser en aquella casa de sosiego del precavido y no la precipitación del destajista; cuando ya se podía retratar a un amigo por obsequio y escribir una oda por entusiasmo, la muerte de Valeriano tiñó de luto el alma de sus amigos y contaminó con su frío el corazón de Gustavo, siéndole tanto más sensible el golpe, cuanto más refractario era aquel espíritu ideal a la seca verdad del no ser. Herida sin cura aquel alma fuerte, pronto había de destruirse la débil materia que, a duras penas la había contenido. El 23 de Septiembre del año 70 dejó de existir Valeriano.
El 22 de Diciembre del mismo año exhaló Gustavo su último suspiro. ¡Extraña enfermedad y extraña manera de morir fue aquélla! Sin ningún síntoma preciso, lo que se diagnosticó pulmonía, convirtiose en hepatitis, tornándose a juicio de otros en pericarditis; y entre tanto el enfermo, con su cabeza siempre firme y con su ingénita bondad, seguía prestándose a todas las experiencias, aceptando todos los medicamentos y muriéndose poco a poco.
Llegó por fin el fatal instante, y pronunciando claramente sus labios trémulos las palabras ¡TODO MORTAL!... voló a su Creador aquel alma buena y pura, dotada de tan no comunes facultades artísticas, que yo, pudiendo apreciar por el continuado trato las mayores capacidades literarias de mi época, no vacilo en asegurar que ninguna he visto dotada a un tiempo de tantas condiciones creadoras, unidas a un gusto tan exquisito y elevado.
Aunque, como se verá después en el rápido examen que de sus obras haga, deja impreso en ellas lo bastante el carácter del genio para que se le señale un puesto entre nuestros escritores y poetas, los que le conocíamos admirábamos a Gustavo, más por lo que esperábamos de él que por lo que había hecho. Puede decirse que todo lo que concibió está escrito al volar de la pluma, sin recogimiento previo de las facultades intelectuales, y entre la algazara de redacciones de periódicos o bajo el influjo de premiosos instantes. Esto mismo, que ve la luz pública tal cual lo hemos hallado, no pensaba él publicarlo sin corregirlo antes cuidadosamente, porque lo había escrito deprisa y como para que no se le olvidasen asuntos e ideas que no le parecían malos.
En cada punto de España que había visitado durante su vida artística, había levantado su fantasía poderosa, unida a su nada común saber, un mundo de tradiciones y de historia, sólo con ver brillar el bordado manto de santa imagen, o leyendo apenas una inscripción borrosa en oscuro rincón de arruinada abadía. Esto explica su estancia en el monasterio de Veruela, sus correrías por las provincias de Ávila y de Soria, y las idas y venidas a Toledo, donde vivió un año, y en donde estuvo tres días veinte antes de morir.
Para él Toledo era sitio adorado de su inspiración; y la primera vez que con su hermano fue a visitarle, ocurrioles un suceso por demás extraño. Una magnífica noche de luna decidieron ambos artistas contemplar su querida ciudad, bañada por la fantástica luz del tibio astro.
Armado el pintor de lápices y el poeta-arquitecto de recuerdos, abandonaron la vetusta corte, y sobre arruinado muro entregáronse horas enteras a su charla artística, que puede el lector apreciar cuán interesante e instructiva sería leyendo los artículos sobre el Arte árabe en Toledo, La basílica de Santa Leocadia y La historia de San Juan de los Reyes, hecha por Gustavo en la magnífica obra que con el título de Historia de los Templos de España, comenzó a publicarse en Madrid por los años 57 y 58, bajo su dirección y propiedad; obra grandiosa, imaginada por él, y que, a haberse continuado, sería la mejor y más a propósito para hacer la crónica filosófica, artística y política de nuestra patria. Hallábanse departiendo los hermanos, cuando acercose una pareja de Guardias civiles, que por aquellos días, sin duda, andaban a caza de malhechores vecinos.
Algo oyeron de ábsides, de pechinas, de ojivas y otros términos a la cual más sospechosos y enrevesados, unido a disertaciones sobre el género plateresco de Berruguete y Juan Gúas, sobre el artificio de Juanelo, etc., y examinando el desaliño de los que tal hablaban, sus barbas luengas, sus exaltados modales, lo entrado de la hora, la soledad de aquellos lugares, y obedeciendo, sobre todo, a esa axiomática seguridad que tiene la policía de España para engañarse, dieron airados sobre aquellos pajarracos nocturnos, y a pesar de protestas y de no escuchadas explicaciones, fueron éstos a continuar sus escarceos artísticos a la dudosa y horripilante luz de un calabozo de la cárcel de Toledo.
También el gobernador debía aguardar por aquellas cercanías la visita de temidos conspiradores, cuando, al amanecer, los delincuentes honrados continuaban en su mazmorra. Supimos todo esto en la redacción de El Contemporáneo, al recibir una carta explicatoria de Gustavo; toda llena de dibujos representando los detalles de la pasión y muerte probable de ambos justos. La redacción en masa escribió a los equivocados carceleros, y, por fin, vimos entrar sanos y salvos los presos parodiando ante nosotros con palabras y lápices las famosas prisiones de Silvio Pellico. ¿Quién en aquellos ojos brillantes, risas estripitosas y sorprendentes facilidades para todo lo que era expresión de cualquier arte, hubiera podido predecir estéril e inoportuna muerte? Tal fue la vida de Gustavo.
Diré algo sobre sus costumbres y carácter antes de hablar del escritor, porque esto que llamaré prólogo va haciéndose pesado, aunque los lectores buenos me lo dispensarán. Paréceme al escribirlo que estoy hablando con algo suyo; que al estampar cada frase en su alabanza, su infantil modestia se subleva, y que a cada error de estilo o grosería de lenguaje míos, sus nervios artísticos se crispan y su voz cariñosa me riñe, como otras veces, por mis innumerables descuidos y mi prisa en entregarme a la pereza. Gustavo era un ángel. Hay dos escritores a quienes en la vida he oído hablar mal de nadie. El uno era Bécquer, el otro es Miguel de los Santos Álvarez. Si a alguien se satirizaba injustamente, él lo defendía con poderosos argumentos; si la crítica era justa, un aluvión de lenitivos, un apurado golpe de candoroso ingenio o una frase compasiva y dulce cubría con un manto de espontánea caridad al destrozado ausente.
Alguna vez escribió críticas. No hemos querido insertarlas; pues, cuando cumpliendo alguna misión las hacía de encargo, a cada línea protestaba de lo que censurando iba, y era de ver su apuro, colocado entre el sacerdocio de la verdad y del arte, y la mansedumbre de su buen corazón. Si desde el cielo, en que de seguro habita, pues no es dado hallar infierno en otra vida al que en la tierra le tuvo, tiende los ojos sobre este libro, sólo hallará en él lo que escribió sin remordimientos de su bondad. La fecundidad e inventiva de Gustavo eran prodigiosas, y puede decirse que esto perjudicó a la importancia de sus escritos.
Su manera de concebir no era embrionaria, sino clara, metódica y precisa, tanto, que a sus imaginaciones sólo faltaba un taquígrafo; pero encariñado con ellas y no queriéndolas escribir con la precipitación del oficio, sino con el reposo del artista, íbalas dejando para cuando pudiera conseguirlo. A fin de poseer el sustento, escribió mucho y en géneros diferentes, como zarzuelas, traducciones, artículos políticos y de crítica, un tomo sobre Los Templos de España, y tenía meditadas y bosquejadas, a la manera que antes he dicho, multitud de obras, cuyos títulos sólo revelan facultades extraordinarias. Para el teatro tenía concebidas, sin que faltara el más pequeño detalle, las obras siguientes:
El cuarto poder, comedia.
-Los hermanos del dolor, drama.
-El duelo, comedia. -El ridículo, drama.
-Marta, poema dramático; -¡Humo!, ídem.
Entre las novelas encuentro en sus apuntes los títulos que siguen:
Vivir o no vivir.
-El último valiente y El último cantador, de costumbres andaluzas.
-Herrera.
-Crepúsculos.
-La conquista de Sevilla.
En fantasías y caprichos, los que siguen:
El rapto de Ganimedes, bufonada.
-La vida de los muertos, leyenda fantástica.
-La Diana india, estudio de la América.
-La amante del sol, estudio griego.
-La Bayadera, estudio indio.
-Luz y nieve, estudio de las regiones polares.
Tenía perfectamente ideadas las siguientes leyendas toledanas:
El Cristo de la Vega, pintando un judío.
-La fe salva.
-La fundadora de conventos.
-El hombre de palo, estudio sobre Juanelo.
-La casa de Padilla, ocurrido sobre el solar abandonado.
-La salve.
-Los ángeles músicos.
-La locura del genio, estudio sobre el Greco.
-La lepra de la infancia, estudio sobre el Condestable de Borbón.
Lo primero que pensaba escribir a conciencia, según decía, era un poema en cuatro cantos, titulado Las estaciones. Además tenía proyectadas y hasta versos hechos, de las siguientes poesías, que cada una había de formar un libro, a saber:
La oración de los reyes.
-Los mártires del genio, poemas sobre los dolores de los hombres famosos.
-Las tumbas, obra artística y poética; meditaciones sobre las sepulturas célebres.
-Un mundo, poema sobre el descubrimiento de las Américas.
Y otros títulos y otros planes que la muerte ha encerrado con él en la tumba y cuya historia se haya escrita brevemente en el magnífico prólogo, original suyo, que a éste mío sigue, donde se hallan indicados la sospecha de su muerte y el martirio que tantas creaciones, a las que sólo faltaba un poco de actividad sosegada para ser reales, causaban en aquel cerebro tan potente y seguro.
Todas las obras que contienen estos tomos han sido escritas, como ya he dicho, sin tomarse más tiempo para idearlas, que aquel que tardaba en dibujar con la pluma lo que había de describir o ser objeto de su inspiración; y era de ver los primores de sus cuartillas, festoneadas de torreones ruinosos, mujeres ideales, guerreros, tumbas, paisajes, esqueletos, arcos, guirnaldas y flores. Rara era la carta que salía de su mano sin ir llena de copias de lo que veía o caricaturas admirables sobre lo que narraba. Ni de su triste vida, ni de sus dolores físicos, quejábase nunca ni maldecía jamás. Mudo cuando era desgraciado, sólo tenía voz para expresar un momento de alegría. Cuando refería contrarios sucesos de su vida, lo hacía entre burlas o poetizando alegre y simpáticamente la desgracia.
Así es que cuando leí sus Rimas me afectaron profundamente. La única vez que exhalaba quejas lo hacía en verso, y era que en aquella naturaleza artística, hasta el grito del dolor había de escucharse sin vulgaridad, y semejante a los gladiadores antiguos que dejaban caer con gracia el moribundo cuerpo, él no dejaba ver su lacerado espíritu, sino envuelto entre las elegantes formas del plasticismo sevillano, pura y rígida escuela a que sólo ha faltado ser más subjetiva y franca para ser perfecta.
Tal era el hombre. Ocupémonos por fin del escritor y del poeta. Llegado a este punto, preciso es que abandone el alto criterio que las deslumbradoras facultades de Gustavo y la especialidad de su trato habían engendrado en mis juicios, para examinar el conjunto de obras que nos lega; las cuales, a pesar de no ser aquellas en que yo fundaba mi segura confianza, forman, sin embargo, un conjunto que basta a dar idea fija de su importancia en el terreno de nuestra literatura.
Sin entrar todavía en el campo de las relaciones, basta abrir esta obra por cualquiera de sus páginas para sentir en el mismo instante el ánimo agradablemente sorprendido, encontrándole fuera de esa atmósfera de lo vulgar, que tantos se afanan por romper, domeñando, sobre todo en España, la dificultad del lenguaje para expresar lo ideal y analítico del sentir moderno. Aunque Gustavo, cuando escribía en reposo, jamás olvidaba que su cuna literaria se había mecido en la patria de Herrera, Rioja, Mármol y Lista, como quiera que es un escritor eminentemente subjetivo, jamás deben desligarse en el análisis para su crítica la forma y la idea, dueña casi siempre ésta de aquélla, la una dictando, obedeciendo la otra.
En el fondo de sus escritos hay lo que podría llamarse realismo ideal, único realismo posible en artes, si no han de ser mera imitación de la naturaleza o anacronismo literario y han de llevar el sello de algo, creado por el artista. Sorprende a veces su semejanza con ciertos autores alemanes, a quienes no había leído hasta hace muy poco, y a los que se parece, porque sus producciones están pensadas y escritas con la razón y la imaginación, que son en aquéllos inseparables y como dos buenas hermanas entre las que no hay secretos ni odios, reinando siempre armonía inalterable, producto del largo uso de la libertad de conciencia.
Vese en Gustavo dominar siempre la idea a la forma, por más que ésta sea brillante y riquísima y oculte en apariencia a aquélla primorosamente; pues artista verdadero, es decir, hombre de sentimiento que atisba y oye repetirse dentro de su ser en mil ecos cualquier sensación externa, sabe permanecer siempre dentro del arte, o sease de lo bello, de lo bueno, de lo simpático, de lo sublime que casi todos fantaseamos aunque necesitemos las más de las veces que alguien, el genio, nos lo enseñe y explique para comprenderlo y precisarlo. Como todos los autores de estima, es Gustavo revolucionario, es decir, innovador y creador, amante de la verdad. En sus escritos tiende más a conmover que a enseñar; porque el tiempo y la razón a él y a aquéllos han demostrado que despertar los sentimientos que duermen en el fondo del alma es dar a los hombres la mejor enseñanza, llevándolos por el camino de lo bello (en cualquier sentimiento fingido no hay belleza), a cuyo término está la única moral, la moral subjetiva, por decirlo así, la que se desprende de todas las sensaciones que han agitado una vida.
Todo hombre que siente, esto es, que puede conmoverse profundamente, está en vías de perfeccionarse y de llegar a la verdadera moral; la moral, que a mi juicio es la vida de la idea, la Oda del cuerpo y del alma que viven en paz y armonía. Sí: Gustavo es revolucionario; porque, como los pocos que en las letras se distinguen por su originalidad y verdadero mérito, antes que escritor es artista, y por eso siente lo que dice mucho más de lo que expresa, sabiendo hacerlo sentir a los demás.
Es revolucionario, como los alemanes, pero no por imitación, sino dentro de la espontaneidad y del arte cuyos límites, por muy dilatados que sean, no se pueden traspasar impunemente, aunque sí ensancharlos, siempre que la imaginación y la razón, la idea y la forma vayan unidas, sin separarse un ápice una de otra. He aquí por qué se parece a los alemanes, porque llega a esos límites, y sabe y tiene poder para agrandarlos, lo cual consiguen muy pocos. Sus leyendas, que pueden competir con los cuentos ds Hoffmann y de Grimm, y con las baladas de Rückert y de Uhland, por muy fantásticas que sean, por muy imaginarias que parezcan, entrañan siempre un fondo tal de verdad, una idea tan real, que en medio de su forma y contextura extraordinarias, aparece espontáneamente un hecho que ha sucedido o puede suceder sin dificultad alguna, a poco que se analicen la situación de los personajes, el tiempo en que se agitan o las circunstancias que les rodean.
No son una idea filosófica que oculta tal o cual cosa y que quiere decir esto o lo otro; no: contienen una realidad que, para grabarse más profundamente en el corazón, hiere primero la fantasía con deslumbradoras apariencias, y, disipadas éstas, queda espontánea, fuerte y erguida. De la verdad ha de brotar la filosofía, y no de ésta ha de resultar aquélla. Tal sucede en las leyendas, en los artículos y, sobre todo, en sus magníficas Cartas, modelos de buen decir, verdaderas obras maestras de fecundia y de lenguaje. El rayo de luna, Los ojos verdes, ¿qué son sino cuadros fantásticos en que tal vez la locura de un hombre hace brillar una idea para todos real y visible? Aquel contorno de mujer que dibuja la luna, al atravesar las inquietas ramas de los árboles; aquel hada de ojos verdes que habita en el fondo del lago ¿qué representan sino la mujer ideal, pura, que inspira el amor de los amores, el amor que todo corazón noble desea y siente, amor interno, duradero, que jamás se encuentra en la tierra? ¿Qué significa aquel Miserere magnífico de las montañas, que va a escuchar un músico extraño, y al que pone notas tan extrañas como él, sino ese anhelar del artista, ese luchar sin reposo con la forma, esa desesperación eterna por hallar digno ropaje, línea precisa, color verdadero, palabra oportuna y nota adecuada al mundo increado de su alma, a los hijos brillantes de su fantasía? ¿Qué nos enseña aquel viejo Órgano de Maese Pérez, que nadie puede hacer sonar delante de Dios y del mundo, a no ser su propio espíritu, sino la imposibilidad de las escuelas, ese arte de las serviles imitaciones, en que no deben suceder falsos Rafaeles, Ticianos y Velázquez a los que así se llamaron en la tierra, a menos que Dios no haga el milagro de permitir bajar del cielo el ánima que le entregaron con el último estertor de la agonía? Y si, teniendo presente que se publican sus obras después de muerto el autor y sin la menor enmienda, examinamos el estilo, la propiedad, el profundo conocimiento de épocas lejanas y de costumbres ya idas, no podremos menos de admirar consorcio tan sorprendente entre la espontaneidad y el estudio, entre lo fantástico y lo real.
Otra de las particularidades de Gustavo, la más esencial a mi juicio, la que más claramente revela su genio noble y elevado, es que personalmente siente y manifiesta sus particulares sensaciones, resultando, y así debe de ser, que aquéllas son comprensibles para todos, porque las experimenta ni más ni menos que como cualquier otro, si bien revela la manera de percibirlas bajo una forma poética, a fin de despertar esos mismos sentimientos en los demás. Sus pasiones, sus alegrías, sus aspiraciones, sus dolores, sus esperanzas sus desengaños, son espontáneos, e ingenuos, y semejantes a los que lleva en sí todo corazón, por insensible que sea. Esta particularidad se revela en sus poesías con más fuerza que en sus otros escritos.
No finge nunca, dándole proporciones estéticas que al pronto la hacen parecer grande, una pasión exagerada; atento siempre a la verdad dentro del arte, habla según siente, y teniendo el don de sentir lo que impresiona a la colectividad, don tan sólo concedido al genio, apodérase de todos los corazones, que admíranse de ver a otro sorprender sus secretos y decir cuanto les conmueve, impresión que cada cual creía exclusivamente suya. ¿Por qué esta poesía subjetiva ha brillado tan poco en España, y cuando tal ha sucedido se ha verificado dentro de una excepción del sentimiento humano? No creo tanto en la influencia de las razas como en la de las religiones, que, generando las costumbres, preparan una política, una literatura, un arte general dados, los cuales llegan a ser medios en que se desarrollan fatalmente las inteligencias. Asombra contemplar lo que pudo ser la nación española inmediatamente después de la conquista de Granada y al advenimiento de Carlos V. Era tanto el empuje de la anterior civilización, nacida entre la fe y la guerra, entre el amor y el odio, que puede afirmarse la imposibilidad de encontrar, en igual período de tiempo y circunstancias, pueblo que hubiese adelantado más terreno en ciencias y en artes. Aparece primero la poesía anónima y heroica; inmediatamente la mística y didáctica, de Berceo y Alonso el Sabio, con la cual la prosa castellana, abandonando su hermosa cuna del Lacio, declárase libre de la anterior tutela, hermoseada y rejuvenecida por la literatura provenzal y arábiga.
El pueblo que antes que ningún otro de Europa adquiría derechos y municipios, creó una forma exclusivamente suya, cantando la gloria de sus héroes, la religión que le animaba y el amor que le enardecía, en un metro que no tiene semejante en otro idioma. El príncipe Juan Manuel burlábase de las pretensiones de los frailes y de la alquimia de su tío Alonso el Sabio; el arcipreste de Hita dejábase inspirar, ya por Epicuro, ya por Cristo; la Danza de la Muerte rivalizaba con todas las composiciones de su género en tétrica fantasía, y Pedro López de Ayala llevaba a la poesía la política. El arte subjetivo, aunque materialista, de la literatura árabe, encontraba eco en Jorge Manrique; los libros de caballerías no agotaban riquísimas imaginaciones, y las crónicas y los crepúsculos del teatro, y la arquitectura y las ciencias, y el ingenio humano en todas sus manifestaciones, con un carácter eminentemente nacional, recibían, entre la tolerancia de cultos y las libertades de los pueblos, el influjo de todo lo bello, de todo lo grande y de todo lo útil. La poesía subjetiva no había brotado aún, porque no era tiempo, pues ocupados los poetas en ensalzar a sus héroes, en adorar a sus santos, aliados fieles en guerras contra agarenos, y en reconquistar para la religión y la patria antiguas el terreno arrebatado, no habían abandonado todavía el campo de batalla, la plática en la asediada tienda de combate, ni el rezo a favor de la victoria entre las arcadas del templo, para sustituir el mundo exterior, que les embargaba, con la contemplación de sí mismos, al contacto de una sociedad tranquila y adecuada a la reflexión y al examen.
Llegó por fin el momento de reposo; y como si la Providencia, que vela por el equilibrio de las leyes materiales, temiese que tanta fuerza moral acumulada desnivelase el mundo, abrió las playas apartadas, con objeto de librar a Europa de la peligrosa energía de los españoles, y sentó en su trono un rey, emperador de lejanos países, precediéndole en el gobierno un monje de carácter tan elevado y firme, como hábil y fanático.
Al mismo tiempo que las Américas se descubrían, la Inquisición, oponiéndose a la reforma y consiguiendo brillantemente alejarla de España, comenzó a pesar sobre todas las inteligencias, y sin su permiso, ni podía la fantasía crear, ni inquirir el alma humana. Sintiose el hombre posesor de un espíritu peligroso, y apartando la vista de este enemigo interno, que podía rodear su cuerpo de las horribles llamas del Santo Oficio, suprimió su personalidad en todas las concepciones de su inteligencia, y semejante a tímidas aves que vuelan rastreando o se pierden tras las nubes, la hipocresía de la forma ocultó los sentimientos, o el misticismo fue el espacio a que se remontó sereno el espíritu, sin que por ello lograra escapar a persecuciones inesperadas: Todos los escritores y poetas subjetivos castellanos, Santa Teresa, Fr. Luis de León, San Juan de la Cruz, Juan de Ávila, Fr. Luis de Granada, a pesar de haber sido después canonizados, tuvieron que humillar sus puras frentes y anublar sus radiantes inteligencias ante las negras sotanas de los inquisidores. Si esto pasaba a los que eran poeta-santos, ¿qué suplicio no hubiera encontrado el simple poeta terrenal, exponiendo su alma desnuda a la zarpa de la Inquisición o al anatema de los conventos? Derruida, por otra parte, la estructura nacional política en los campos de Villalar, la forma tradicional poética y artística perturbose también con influencias extrañas; pero era tal el empuje recibido y tan peculiar y genérico nuestro carácter propio, que no bastaron a destruirle tan instantáneos y rápidos contratiempos. Desapareció el análisis de la verdad, es cierto, en todo el territorio de España; pero no la fantasía ni la riquísima vena de los españoles.
Perseguido el pensamiento, no murió entre las manos que le apretaban, sino que, amoldándose, como cuerpo fluido e impalpable, a la forma de la materia que le oprimía, se escapaba ufano por todas las aberturas. El poeta que amaba hacía responsables de sus delirios a pastores y héroes de la Mitología, y los grandes alientos, las dudas del alma, los placeres de la tierra encontraron hombres sin existencia real, mundo ficticio en que desarrollarse, dentro de nuestro inmortal teatro, donde parece que sus grandes genios se vengaron de la tiranía social que les oprimía, encerrando todos los preceptos bajo llave y creando con la anarquía dramática el moderno romanticismo, que no es más que la libertad de pensamiento en artes. Pero, entretanto, la poesía lírica, esencialmente subjetiva, desarrollábase dentro de los estrechos límites de la forma, acortando su vuelo a medida que se perfeccionaba, y manteniendo su existencia, bien invadiendo el teatro, bien ensalzando a las veces triunfos compatibles con la religión y la patria. Sólo Rioja, ese gran genio de la escuela sevillana, abre su alma a la verdad, y en aquella magnífica turquesa de su estilo funde sus cantares, ya anonadando cortesanos aduladores, ya vertiendo lágrimas ante los estragos del tiempo, ya cantando las flores hermosas, tan puras como su alma, que se transparenta siempre a través de sus poesías.
Pero no todos tenían la rigidez de su espíritu, y ya la forma había dado de sí cuanto pudiera. Los retruécanos, la mitología, los diferentes metros, los idiomas afines al castellano, todo se había agotado. No había más remedio que lanzarse en el terreno de la idea y de la verdad, cuya puerta vigilaba la Inquisición, o introducir la anarquía del despecho en el campo de las formas. Góngora, Luzbel de nuestra literatura, lanzando por la tradición del cielo de la libertad y queriendo progresar dentro de lo limitado y finito, introdujo el estilo culterano. La Inquisición mató la espontaneidad y el análisis. El orgullo quebró el cincelado vaso de obligados pensamientos. Quedó únicamente la sátira, revoloteando ya alegre y licenciosa, ya altiva y soberbia, sobre la frente del profundo Quevedo, a quien no valió su astucia para pensar libremente en una mazmorra. Imperó la teocracia, y un idiota fue su última víctima y su ejemplar producto.
No llegó a España la libertad del pensamiento; pero sí, con el nieto de Luis XIV, el principio de autoridad literario, y Moratín reglamentó de nuevo el arte, severamente conservado por la escuela sevillana. Tras la revolución francesa operose la revolución del mundo, y Quintana levantó su poderoso astro entre himnos a la libertad y severas justicias de los tiranos. Con la invasión volvió España a pelear para verse independiente, y una vez triunfante, no quiso volver a dormir el narcótico sueño de tres siglos. Las artes resucitaron, el teatro volvió a levantarse, y la poesía lírica, tan perfecta en la forma como en otros días, tuvo por sacerdotes de su culto hombres libres. Mientras Zorrilla nos refiere imperecederas tradiciones, Espronceda nos habla de sí mismo y del alma humana, y con él esa poesía subjetiva, producto de la libertad del pensamiento, toma carácter de naturaleza entre nosotros, demasiado apegados aún a la admiración de tiempos que pasaron, hasta el punto de que hombres casi demagogos son perfectos reaccionarios en cuanto hablan en verso.
No quiero por esto decir que la poesía lírica ha de ser política. ¡Líbreme Dios de verla por este camino! Pero cuando lo sea, debe representar su tiempo, como las obras que forman el glorioso catálogo de nuestro Parnaso. Creo haber probado lo bastante que, lejos de ser la poesía esencialmente subjetiva imitación de extranjeros líricos, es resultado natural de la moderna civilización, por lo cual comienza hoy a nacer en España, más atrasada en todo que otros países. A consecuencia de lo apuntado, y volviendo a ocuparme de las poesías de Bécquer, diré que, aunque hay un gran poeta alemán, Enrique Heine, a quien puede creerse ha imitado Gustavo, esto no es cierto, si bien entre ambos existe mucha semejanza. Heine, más independiente, es, sin embargo, menos artista que Gustavo, y el deseo de ser original lo arrastra a veces más allá de lo verdadero, siendo excéntrico y escéptico, no porque él realmente lo sea, sino porque cree singularizarse de este modo, sin notar que abandonando la verdad, huye del arte, que es la unidad, de la que nadie se separa impunemente.
En su poema Germania, en su libro de Lázaro, hay pruebas de lo que digo, si bien, por fortuna, están escondidas entre multitud de bellezas de primer orden. Otro autor a quien Gustavo se asemeja es Alfred de Musset. Nada tiene de extraño, pues como él educose en el clasicismo. Sin embargo, es menos mundano y ardiente que el inspirado poeta de las Cuatro noches. Las rimas de Gustavo, en que a propósito parece huir de la ilusión del consonante y del metro, para no herir el ánimo del lector más que con la importancia de la idea, son, a mi ver, de un valor inapreciable en nuestra literatura. Generalmente las poesías son cortas, no por método o por imitación, sino porque para expresar cualquier pasión o una de sus fases, no se necesitan muchas palabras. Una reflexión, un dolor, una alegría, pueden concebirse y sentirse lentamente; pero se han de expresar con rapidez, si se quiere herir en los demás la fibra que responde al mismo efecto.
De aquí la explicación de esas composiciones cortas, que han nacido modernamente en Alemania donde todos los grandes poetas las han cultivado, Gœthe, Schiller, Heine y otros han escrito multitud de lieder (lied, canción), que constituyen la actual poesía lírica alemana. En España, aunque inculto, existe hace tiempo ese género, como lo prueban la infinidad de nuestros cantares populares, en que no se sabe qué admirar más, si lo profundo de los sentimientos y reflexiones, o la concisión y naturalidad del estilo. Todas las rimas de Gustavo forman, como el Intermezzo de Heine, un poema, más ancho y completo que aquél, en que se encierra la vida de un poeta.
Son, primero las aspiraciones de un corazón ardiente, que busca en el arte la realización de sus deseos, dudando de su destino, como cuando exclama:
Saeta que voladora
cruza, arrojada al azar,
sin adivinarse dónde
temblando se clavará;
gigante ola que el viento riza
y empuja en el mar,
y rueda y pasa y se ignora
qué playa buscando va.
Siéntese poeta, y dice:
Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea.
Yo ondulo con los átomos
del humo que se eleva,
y al cielo lento sube
en espiral inmensa.
Yo, en los dorados hilos
que los insectos cuelgan,
me mezco entre los árboles
en la ardorosa siesta.
Yo, en fin, soy ese espíritu,
desconocida esencia,
perfume misterioso
de que es vaso el poeta.
No encontrando realizada su ilusión en la gloria, vuélvese espontáneamente hacia el amor, realismo del arte, y se entrega a él y goza un momento, y sufre y llora, y desespera largos días, porque es condición humana, indiscutible como un hecho consumado, que el goce menor se paga aquí con los sufrimientos más atroces. Anúnciase esta nueva fase en la vida del poeta con la magnífica composición que, no sé por qué, me recuerda la atrevida manera de decir del Dante:
Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman...
mis párpados se cierran...
¿Qué sucede? -¡Es el amor que pasa!
Sigue luego desenvolviéndose el tema de una pasión profunda, tan sencilla como espontánea. Una mujer hermosa, tan naturalmente hermosa que
Ella tiene la luz, tiene él perfume,
el color y la línea, la forma,
engendradora de deseos,
la expresión, fuente eterna de poesía,
conmueve y fija el corazón del poeta que se abre al amor, olvidándose de cuanto le rodea. La pasión es desde su principio inmensa, avasalladora y con razón, puesto que se ve correspondida, o al menos, parece satisfecha del objeto que la inspira: una mujer hermosa, aunque sin otra buena cualidad, porque es ingrata y estúpida. ¡Tarde lo conoce, cuando ya se siente engañado y descubre, dentro de un pecho tan fino y suave, un corazón nido de sierpes, en el cual no hay una fibra que al amor responda! Aquí, en medio de sus dolores, llega el poeta a la desesperación; pero cuando ésta le lleva ya al punto en que se pierde toda esperanza, él se detiene espontáneamente, medita en silencio, y aceptando por último su parte de dolor en el dolor común, prosigue su camino, triste, profundamente herido, pero resignado; con el corazón hecho pedazos, pero con los ojos fijos en algo que se le revela como reminiscencia del arte, a cuyo impulso brotaron sus sentimientos.
Piensa antes en lo solos que se quedan los muertos, y siente dentro de la religión de su infancia un nuevo amor, que únicamente pueden sentir los que sufren mucho y jamás se curan; un amor ideal, puro, que no puede morir ni aun con la muerte, que más bien la desea, porque es tranquilo como ella, ¡como ella callado y eterno! Se enamora de la estatua de un sepulcro, es decir, del arte, de la belleza ideal, que es el póstumo amor, para siempre duradero, por lo mismo que nunca se ve por completo correspondido.
En mi incompetencia, declaro que esta composición última me parece una de las más perfectas en castellano, no sólo por su vaguedad, misterio y dificultad de precisar claramente, sino por lo correcto y acabado de la forma.
Tal fue Gustavo A. Bécquer, como hombre y como poeta, en lo que puede apreciar el público.
Todo lo que atesoraba en su imaginación está dicho en el siguiente prólogo suyo.
Leedlo pronto y olvidad el mío, escrito nada más que por acompañarle siempre.
Él sólo, desde la otra vida, podrá apreciarlo.
¡Ojalá seas eterno, libro que compendias la vida de mi pobre amigo!
RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA
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Léanlo cuando tengan tiempo, porque vale la pena y hay anécdotas ahi, que se deben leer, y dan a conocer la forma de ser de mi querido Bécquer.
Me deshago en admiración por él.
Hasta la próxima...
A los que le imitan, por más que esto honre al poeta tenemos que decir algunas palabras que expresarán conceptos a largo tiempo arraigados en nuestra conciencia.
No creemos en el progreso indefinido de una escuela. Si la historia del arte no lo probara definitivamente con la muerte irreemplazable de sus grandes hombres, lo haría ver la reflexión del buen sentido. De ningún modo aconsejamos que se dejen de consultar los grandes maestros de la forma, estudiándolos con fe e imitándolos con trabajo en secreto, sin perder nunca de vista la naturaleza para el arte y la moral absoluta para las ideas. Pero de esto a encastillarse en la forma del que primero fue original en ella, hay un gran abismo.
Si alguien es difícil y comprendido para imitado en poesía, es Bécquer. Como galanura de forma, pureza de dicción y corrección de estilo hay muchos que le aventajen, y éstos son los que deben de imitarse siempre. Pero lo imposible de imitar en Bécquer es su propio espíritu, su manera de ver, como dicen los pintores, su idiosincrasia, como lo llaman los naturalistas.
En ser Bécquer o no serlo está todo el quid de la dificultad, y creer que se ha conseguido tal propósito encerrándose en su forma y contando el número de sus versos, es no haber realizado nada, si antes no se cuenta con el original tesoro de ideas prácticas y reales que en sus composiciones existe. Repárese bien que ni al principiar Bécquer una composición ni al terminarla en crescendo, deja de pensar o de sentir algo de general y profundo. De cada cuatro versos suyos puede hacerse una larga poesía descriptiva; pero herir las cuerdas de la idea o del sentimiento en menos palabras, es casi imposible. La idea, pues, sin más adorno que el necesario, como él decía, para poderse presentar decente en el mundo, tiene una importancia real y sólida en sus composiciones.
Hacer, por tanto, versos como los suyos, sin hallarse provisto de algo importante, práctico y hondo en el terreno del sentir o del pensar, es querer construir perdurable estatua solamente con la gasa que la envuelve, y lo que consigue entonces quien imita, es quedar indefenso ante el público, resultando valadí, vulgar, pretencioso o vano en el mismo metro y con las mismas líneas que Bécquer, por haber querido narrar lo imposible, es decir, la nada, porque nada había brotado del cerebro del imitante. De esto resulta una serie de vulgaridades concisas, que por lo mismo son más vulgares aún, o una porción de nebulosidades y misterios, capaces de tener pensando todo un siglo a quien trate de descifrar el enigma.
En una palabra, y aunque se ha repetido mucho Shakespeare lo ha dicho mejor que nadie. Los imitadores olvidan el ser o no ser del trágico eminente, y al hacerlo caen en ese abismo sin fondo de que nos habla el creador de Hamlet: ¡Palabras, palabras, palabras! Nos hemos extendido más de lo que queríamos, pero sentíamos comezón de libertar la memoria de nuestro pobre amigo del ataque de los que no le han comprendido y de complicidad con algunos de sus imitadores.
Cumplida nuestra tarea, sólo nos resta dar en nombre del arte, del público, que lo pedía con ansia y de nuestro pobre amigo, al editor, por esta magnífica edición, ilustrada con el verdadero retrato del autor, no acabado de expirar, como figura en la edición primera, sino lleno de vida y esperanzas, tal como se agitó en el mundo. Va aumentada esta edición con otros trabajos de Bécquer, que añadirán nuevos quilates a su justa fama, tales cuales Las Cartas a una Mujer, y otros artículos eminentemente literarios, como el prólogo a Los Cantares de su íntimo amigo el Sr. Ferrán.
RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA
Gustavo Adolfo Bécquer
(Prólogo de la primera edición también por Correa)
Confieso que he echado sobre mis hombros una tarea superior a mis fuerzas. En vano he retardado el momento. La edición está ya terminada; todo el mundo ha cumplido con el deber que impuso una admiración unánime, y las páginas que siguen, donde se contiene todo lo que precipitadamente trabajó en su dolorosa vida mi pobre amigo, sólo aguardan estos oscuros renglones míos para convertirse en una obra que edita la caridad y que el genio de su autor hará vivir eternamente.
¡Póstuma y única recompensa que él puede dar al generoso desprendimiento de sus contemporáneos y amigos! ¡Salga, pues, de mi pluma, humedecido con el tributo de mis lágrimas, antes que el relato de la vida y el juicio de las obras del malogrado escritor, un testimonio de justicia hacia esta generación entre la cual me agito, generación que a riesgo de su vida ahuyenta la muerte de los infectos campos de batalla y da su oro para el libro de un poeta! Majestades de la tierra, artistas, ingenieros, empleados, políticos, habitantes de la ciudad, de las aldeas escondidas, todos los que en esa larga lista que ante mí tengo, habéis depositado, desde la cantidad inesperada, por lo magnífica, hasta el óbolo modesto, recibid por mi conducto un voto de gracias, a que hacen coro los temblorosos labios de hijos sin padres y de madres sin esposos; pues no sólo habéis salvado del olvido las obras de Bécquer, sino que al borde de su tumba habéis allegado el pan cotidiano que libertará de la miseria a seres desvalidos.
Los encargados de llevar a cabo tal empresa, hubieran tenido un gran placer en poner al frente de la edición los nombres de los que a ella han contribuido; pero la caridad acreciolos tanto, que su inserción hubiera aumentado el gasto notablemente. El distinguido pintor Sr. Casado, a cuya iniciativa, actividad y arreglo se debe casi todo el éxito de la recaudación, publicará en tiempo oportuno, y en unión con los demás amigos que han llevado a término esta obra, las cantidades recibidas y las que se han invertido, para justa satisfacción de todos. No menos alabanza merece el Sr. D. Augusto Ferrán, inseparable amigo del malogrado Bécquer, que no se ha dado punto de reposo en el asiduo trabajo de allegar materiales dispersos, coleccionarlos, vigilar la impresión y demás tareas propias de estos difíciles y dolorosos casos, ayudado del Sr. Campillo, tan insigne poeta como bueno y leal amigo.
Hasta aquí, lo que sus admiradores han hecho para perpetuar la memoria del que se llamó en el mundo Gustavo Adolfo Bécquer. Hablemos de él. Toda mi vida de poeta, todos los delirios, esperanzas, propósitos y realidades de mi juventud han quedado sin diálogo con su último suspiro. Al extender la muerte su fría mano sobre aquella cabeza juvenil, inteligente y soñadora, mató un mundo de magníficas creaciones, de gigantescos planes, cuyo pálido reflejo son las obras que contiene este libro. Todo su afán era conseguir un año de descanso en la continuada carrera de sus desgracias. Pobre de fortuna y pobre de vida, ni la suerte le brindó nunca un momento de tranquilo bienestar, ni su propia materia la vigorosa energía de la salud. Cada escrito suyo representa o una necesidad material o el pago de una receta.
Las estrecheces del vivir y la vecindad de la muerte fueron el círculo de hierro en que aquel alma fecunda y elevada tuvo que estar aprisionada toda su vida. Antes de morir, sospechó que a la tumba bajaría con él y como él, inerte y sin vida, el magnífico legado de sus imaginaciones y fantasías, y entonces se propuso reunirlo en un libro. La muerte anduvo más deprisa, y sólo pudo escribir la introducción con que van encabezados sus escritos, las rimas y el fragmento titulado La Mujer de Piedra, que, además de revelar su poderosa inventiva, lleva el sello de su idoneidad y no común saber en las artes plásticas. Nació Bécquer en Sevilla el 17 de Febrero de 1836, siendo su padre el célebre pintor e inspirado intérprete de las costumbres sevillanas.
A los cinco años de edad quedó huérfano de éste, empezando sus estudios de primeras letras en el colegio de San Antonio Abad, donde permaneció hasta los nueve años, en que entró en el colegio de San Telmo para estudiar la carrera de náutica. A los nueve años y medio viose huérfano de madre, y a los diez salió de dicho colegio por haberse suprimido. A tal edad encargose de Gustavo su madrina de bautismo, persona regularmente acomodada, sin hijos ni parientes, por cuya razón le hubiera dejado sus bienes, a no haber él renunciado a todo por venir a Madrid a los diez y siete años y medio, con el objeto de conquistar gloria y fortuna. ¡Como si en el campo de las letras se hubiera nunca conquistado en España ambas cosas! Quería su madrina hacer de él un honrado comerciante; pero aquel niño, que había aprendido a dibujar al mismo tiempo que a escribir, cuya desmedida afición a la lectura le hacía encontrar horizontes más anchos que el de la teneduría de libros, y que jamás pudo sumar de memoria, sólo encontraba aplausos para sus primeras poesías, lo cual le decidió a vivir de su trabajo, armonizándolo con la independencia de su carácter, y a venir a Madrid, como lo verificó el año 54, sin más elementos que lo necesario para el viaje.
Corría el año 56, y entonces llegué también a buscar lo mismo que Gustavo, con quien en los primeros pasos me encontré en el terreno de las letras. Mi carácter alegre y mi salud robusta fueron acogidos con simpatía por el soñador enfermizo, y casi niños, se unieron nuestras dos almas y nuestras dos vidas. Prolijo sería enumerar las peripecias de la suya, monótona en desdichas. El año 57 se vio acometido de una horrible enfermedad, y para atender a ella y rebuscando entre sus papeles, hallé El Caudillo de las manos rojas, tradición india, que se publicó en La Crónica, siendo reproducida, con la singularidad de creerse que el título de tradición era una errata de imprenta; pues todos los que la insertaron en España o copiaron en el Extranjero, la bautizaron con el nombre de traducción india. ¡Tan concienzudamente había sido hecho el trabajo! Compadecido un amigo de sus escaseces, buscole un empleo modesto, y juntos entramos a servir al Estado en la Dirección de Bienes Nacionales, con tres mil reales de sueldo y con la categoría de escribientes fuera de plantilla. Cito este detalle, porque la cesantía de Gustavo en aquel destino forma un rasgo descriptivo de su carácter soñador y distraído. Tratose de hacer un arreglo en la oficina, y el Director quiso por sí mismo averiguar la idoneidad y el número de los empleados, visitando para ello todos los departamentos. Gustavo, entre minuta y minuta que copiaba, o bien leía alguna escena de Shakespeare, o bien la dibujaba con la pluma, y, en el momento en que el Director entró en su negociado, hallábase él entregado a sus lucubraciones.
Como sus dibujos eran admirables, ya se habían hecho casos de atención para todos, que se disputaban el poseerlos, aguardando a que los concluyera, mientras seguían con la vista aquella mano segura y firme, que sabía con cuatro rasgos de pluma hacer figuras tan bien acabadas.
El Director se unió al grupo, y después de observar atentamente aquel tan raro expediente en una oficina de Bienes Nacionales, preguntó a Gustavo, que seguía dibujando:
-Y ¿qué es eso? Gustavo, sin volverse y señalando sus muñecos, respondió:
-¡Psch!... ¡Ésta es Ofelia, que va deshojando su corona! Este tío es un sepulturero... Más allá... En esto observó Gustavo que todo el mundo se había puesto de pie y que el silencio era general. Volvió lentamente el rostro, y...
-¡Aquí tiene usted uno que sobra! -exclamó el Director. Efectivamente Gustavo fue declarado cesante en el mismo día.
Excuso decir que él se puso muy alegre; pues aquel alma delicada, a pesar de la repugnancia que le inspiraba el destino, lo aceptó por no hacer un desaire al amigo que se lo había proporcionado.
Habíase propuesto Gustavo no mezclarse en política y vivir sólo de sus artículos literarios, cosa imposible en España, por lo escaso de la retribución y lo raro de la demanda; así es que tuvo que alternar los escritos con otros trabajos. De este género son las pinturas al fresco que deben de existir en el palacio de los señores maqueses de Remisa, cosa que ignorará el propietario, pues encargó la obra a un pintor de adorno, que, no sabiendo pintar las figuras, dio un jornal por ellas a Gustavo.
Fundose después El Contemporáneo, y al brindarme con una plaza en su redacción el fundador y mi amigo D. José Luis Albareda, conseguí que también entrase a formar parte de ella el autor de este libro. Entonces escribió la mayor parte de sus leyendas y las Cartas desde mi celda, que causaron admiración grande en los círculos literarios de España. Para Gustavo, que sólo hallaba la atmósfera de su alma en medio del arte, no existía la política de menudeo, tan del gusto de los modernos españoles.
Su corazón de artista, amamantado en la insigne escuela literaria de Sevilla, y desarrollado entre catedrales góticas, calados ajimeces y vidrios de colores, vivía a sus anchas en el campo de la tradición; y encontrándose a gusto en una civilización completa, como lo fue la de la Edad Media, sus ideas artístico-políticas y su miedo al vulgo ignorante le hacían mirar con predilección marcada todo lo aristocrático e histórico, sin que por esto se negara su clara inteligencia a reconocer lo prodigioso de la época en que vivía.
Indolente, además, para las cosas pequeñas, y siendo los partidos de su país una de estas cosas, figuró en aquél donde tenía más amigos y en que más le hablaban de cuadros, de poesías, de catedrales, de reyes y de nobles. Incapaz de odios, no puso sus envidiables condiciones de escritor a servicio de la ira, que, a haberlo hecho más positivas hubieran sido sus ventajas y más doradas las cintas de su ataúd. No estando destinado, por lo dulce de su temperamento, a causar el terror de nadie, ni apto su carácter noble para la adulación o la asiduidad del servilismo, condiciones que sustituyen con ventaja y provecho propio a la acometividad y energía.
Gustavo no podía hacer gran papel entre las revueltas, distingos, escándalos, exhibiciones y favoritismos de los que, salvando rarísimos ejemplos, forman la mayoría de los afortunados en política, con relación a los bienes materiales; y hecho fiscal de novelas, desempeñó su destino lo mejor que pudo, haciendo dimisión tan luego como cayó del poder la persona que había firmado su nombramiento, el excelentísimo Sr. D. Luis González Bravo, artista como pocos y apreciador sincero y leal del mérito de Gustavo. El año 62, su hermano Valeriano, célebre ya en Sevilla por sus producciones pictóricas, vino a reunirse y a vivir con él, como en los años de su niñez trabajosa. Después de graves disgustos domésticos que ambos experimentaron, cesante el poeta, el pintor sin la pensión, que devolvía en magníficos cuadros de costumbres al Ministerio de Fomento, la muerte comenzó a prepararles un recibimiento tan ingrato y oscuro como el que tuvieron en los primeros pasos de su vida.
Volvieron los ímprobos trabajos de los primeros días, el malestar de la hora presente, la cruel incertidumbre de lo cercano; pero la desdicha tenía que habérselas con veteranos de sus rigores. Ambos hermanos unieron sus esfuerzos, y mientras el uno dibujaba admirablemente maderas para Gaspar y Roig o La Ilustración de Madrid, el otro traducía novelas insulsas o escribía artículos originales, como el de Las hojas secas, contentos con vivir juntos llevar pan a sus tiernos hijos, hablando el pintor de sus futuros cuadros, para cuando tuviera lienzos, y el poeta de sus grandiosas concepciones, para verlas realizadas cuando la perentoria necesidad del día no fuese precipitado final de sus ensueños. Una de las formas que más complacen a la Desgracia, entre el sinnúmero de sus horribles disfraces, es la de la Felicidad.
Como el tigre con su presa, parece jugar con sus víctimas; y cuando el golpear de sus fatales hábitos ha embotado las sensaciones, semeja abandonar a los que atormenta, y siempre acechando, deja que se olviden de ella, permite que el bienestar se introduzca temeroso aún en su morada, que los sueños color de rosa acaricien tímidas fantasías; y cuando ya el mortal, objeto de sus odios, creese libre de sus ultrajes, tiende de pronto su garra certera y pone fin con un tormento inesperado e irremediable a todas las agonías, helando en los labios la sonrisa de aquellos que ya empezaban a regocijarse con su huida. Esto aconteció en la morada de los hermanos Bécquer. Cuando ya habían conseguido unificando esfuerzos, organizar modesta manera de vivir; cuando un porvenir artístico e independiente les sonreía; cuando el trabajo comenzaba a ser en aquella casa de sosiego del precavido y no la precipitación del destajista; cuando ya se podía retratar a un amigo por obsequio y escribir una oda por entusiasmo, la muerte de Valeriano tiñó de luto el alma de sus amigos y contaminó con su frío el corazón de Gustavo, siéndole tanto más sensible el golpe, cuanto más refractario era aquel espíritu ideal a la seca verdad del no ser. Herida sin cura aquel alma fuerte, pronto había de destruirse la débil materia que, a duras penas la había contenido. El 23 de Septiembre del año 70 dejó de existir Valeriano.
El 22 de Diciembre del mismo año exhaló Gustavo su último suspiro. ¡Extraña enfermedad y extraña manera de morir fue aquélla! Sin ningún síntoma preciso, lo que se diagnosticó pulmonía, convirtiose en hepatitis, tornándose a juicio de otros en pericarditis; y entre tanto el enfermo, con su cabeza siempre firme y con su ingénita bondad, seguía prestándose a todas las experiencias, aceptando todos los medicamentos y muriéndose poco a poco.
Llegó por fin el fatal instante, y pronunciando claramente sus labios trémulos las palabras ¡TODO MORTAL!... voló a su Creador aquel alma buena y pura, dotada de tan no comunes facultades artísticas, que yo, pudiendo apreciar por el continuado trato las mayores capacidades literarias de mi época, no vacilo en asegurar que ninguna he visto dotada a un tiempo de tantas condiciones creadoras, unidas a un gusto tan exquisito y elevado.
Aunque, como se verá después en el rápido examen que de sus obras haga, deja impreso en ellas lo bastante el carácter del genio para que se le señale un puesto entre nuestros escritores y poetas, los que le conocíamos admirábamos a Gustavo, más por lo que esperábamos de él que por lo que había hecho. Puede decirse que todo lo que concibió está escrito al volar de la pluma, sin recogimiento previo de las facultades intelectuales, y entre la algazara de redacciones de periódicos o bajo el influjo de premiosos instantes. Esto mismo, que ve la luz pública tal cual lo hemos hallado, no pensaba él publicarlo sin corregirlo antes cuidadosamente, porque lo había escrito deprisa y como para que no se le olvidasen asuntos e ideas que no le parecían malos.
En cada punto de España que había visitado durante su vida artística, había levantado su fantasía poderosa, unida a su nada común saber, un mundo de tradiciones y de historia, sólo con ver brillar el bordado manto de santa imagen, o leyendo apenas una inscripción borrosa en oscuro rincón de arruinada abadía. Esto explica su estancia en el monasterio de Veruela, sus correrías por las provincias de Ávila y de Soria, y las idas y venidas a Toledo, donde vivió un año, y en donde estuvo tres días veinte antes de morir.
Para él Toledo era sitio adorado de su inspiración; y la primera vez que con su hermano fue a visitarle, ocurrioles un suceso por demás extraño. Una magnífica noche de luna decidieron ambos artistas contemplar su querida ciudad, bañada por la fantástica luz del tibio astro.
Armado el pintor de lápices y el poeta-arquitecto de recuerdos, abandonaron la vetusta corte, y sobre arruinado muro entregáronse horas enteras a su charla artística, que puede el lector apreciar cuán interesante e instructiva sería leyendo los artículos sobre el Arte árabe en Toledo, La basílica de Santa Leocadia y La historia de San Juan de los Reyes, hecha por Gustavo en la magnífica obra que con el título de Historia de los Templos de España, comenzó a publicarse en Madrid por los años 57 y 58, bajo su dirección y propiedad; obra grandiosa, imaginada por él, y que, a haberse continuado, sería la mejor y más a propósito para hacer la crónica filosófica, artística y política de nuestra patria. Hallábanse departiendo los hermanos, cuando acercose una pareja de Guardias civiles, que por aquellos días, sin duda, andaban a caza de malhechores vecinos.
Algo oyeron de ábsides, de pechinas, de ojivas y otros términos a la cual más sospechosos y enrevesados, unido a disertaciones sobre el género plateresco de Berruguete y Juan Gúas, sobre el artificio de Juanelo, etc., y examinando el desaliño de los que tal hablaban, sus barbas luengas, sus exaltados modales, lo entrado de la hora, la soledad de aquellos lugares, y obedeciendo, sobre todo, a esa axiomática seguridad que tiene la policía de España para engañarse, dieron airados sobre aquellos pajarracos nocturnos, y a pesar de protestas y de no escuchadas explicaciones, fueron éstos a continuar sus escarceos artísticos a la dudosa y horripilante luz de un calabozo de la cárcel de Toledo.
También el gobernador debía aguardar por aquellas cercanías la visita de temidos conspiradores, cuando, al amanecer, los delincuentes honrados continuaban en su mazmorra. Supimos todo esto en la redacción de El Contemporáneo, al recibir una carta explicatoria de Gustavo; toda llena de dibujos representando los detalles de la pasión y muerte probable de ambos justos. La redacción en masa escribió a los equivocados carceleros, y, por fin, vimos entrar sanos y salvos los presos parodiando ante nosotros con palabras y lápices las famosas prisiones de Silvio Pellico. ¿Quién en aquellos ojos brillantes, risas estripitosas y sorprendentes facilidades para todo lo que era expresión de cualquier arte, hubiera podido predecir estéril e inoportuna muerte? Tal fue la vida de Gustavo.
Diré algo sobre sus costumbres y carácter antes de hablar del escritor, porque esto que llamaré prólogo va haciéndose pesado, aunque los lectores buenos me lo dispensarán. Paréceme al escribirlo que estoy hablando con algo suyo; que al estampar cada frase en su alabanza, su infantil modestia se subleva, y que a cada error de estilo o grosería de lenguaje míos, sus nervios artísticos se crispan y su voz cariñosa me riñe, como otras veces, por mis innumerables descuidos y mi prisa en entregarme a la pereza. Gustavo era un ángel. Hay dos escritores a quienes en la vida he oído hablar mal de nadie. El uno era Bécquer, el otro es Miguel de los Santos Álvarez. Si a alguien se satirizaba injustamente, él lo defendía con poderosos argumentos; si la crítica era justa, un aluvión de lenitivos, un apurado golpe de candoroso ingenio o una frase compasiva y dulce cubría con un manto de espontánea caridad al destrozado ausente.
Alguna vez escribió críticas. No hemos querido insertarlas; pues, cuando cumpliendo alguna misión las hacía de encargo, a cada línea protestaba de lo que censurando iba, y era de ver su apuro, colocado entre el sacerdocio de la verdad y del arte, y la mansedumbre de su buen corazón. Si desde el cielo, en que de seguro habita, pues no es dado hallar infierno en otra vida al que en la tierra le tuvo, tiende los ojos sobre este libro, sólo hallará en él lo que escribió sin remordimientos de su bondad. La fecundidad e inventiva de Gustavo eran prodigiosas, y puede decirse que esto perjudicó a la importancia de sus escritos.
Su manera de concebir no era embrionaria, sino clara, metódica y precisa, tanto, que a sus imaginaciones sólo faltaba un taquígrafo; pero encariñado con ellas y no queriéndolas escribir con la precipitación del oficio, sino con el reposo del artista, íbalas dejando para cuando pudiera conseguirlo. A fin de poseer el sustento, escribió mucho y en géneros diferentes, como zarzuelas, traducciones, artículos políticos y de crítica, un tomo sobre Los Templos de España, y tenía meditadas y bosquejadas, a la manera que antes he dicho, multitud de obras, cuyos títulos sólo revelan facultades extraordinarias. Para el teatro tenía concebidas, sin que faltara el más pequeño detalle, las obras siguientes:
El cuarto poder, comedia.
-Los hermanos del dolor, drama.
-El duelo, comedia. -El ridículo, drama.
-Marta, poema dramático; -¡Humo!, ídem.
Entre las novelas encuentro en sus apuntes los títulos que siguen:
Vivir o no vivir.
-El último valiente y El último cantador, de costumbres andaluzas.
-Herrera.
-Crepúsculos.
-La conquista de Sevilla.
En fantasías y caprichos, los que siguen:
El rapto de Ganimedes, bufonada.
-La vida de los muertos, leyenda fantástica.
-La Diana india, estudio de la América.
-La amante del sol, estudio griego.
-La Bayadera, estudio indio.
-Luz y nieve, estudio de las regiones polares.
Tenía perfectamente ideadas las siguientes leyendas toledanas:
El Cristo de la Vega, pintando un judío.
-La fe salva.
-La fundadora de conventos.
-El hombre de palo, estudio sobre Juanelo.
-La casa de Padilla, ocurrido sobre el solar abandonado.
-La salve.
-Los ángeles músicos.
-La locura del genio, estudio sobre el Greco.
-La lepra de la infancia, estudio sobre el Condestable de Borbón.
Lo primero que pensaba escribir a conciencia, según decía, era un poema en cuatro cantos, titulado Las estaciones. Además tenía proyectadas y hasta versos hechos, de las siguientes poesías, que cada una había de formar un libro, a saber:
La oración de los reyes.
-Los mártires del genio, poemas sobre los dolores de los hombres famosos.
-Las tumbas, obra artística y poética; meditaciones sobre las sepulturas célebres.
-Un mundo, poema sobre el descubrimiento de las Américas.
Y otros títulos y otros planes que la muerte ha encerrado con él en la tumba y cuya historia se haya escrita brevemente en el magnífico prólogo, original suyo, que a éste mío sigue, donde se hallan indicados la sospecha de su muerte y el martirio que tantas creaciones, a las que sólo faltaba un poco de actividad sosegada para ser reales, causaban en aquel cerebro tan potente y seguro.
Todas las obras que contienen estos tomos han sido escritas, como ya he dicho, sin tomarse más tiempo para idearlas, que aquel que tardaba en dibujar con la pluma lo que había de describir o ser objeto de su inspiración; y era de ver los primores de sus cuartillas, festoneadas de torreones ruinosos, mujeres ideales, guerreros, tumbas, paisajes, esqueletos, arcos, guirnaldas y flores. Rara era la carta que salía de su mano sin ir llena de copias de lo que veía o caricaturas admirables sobre lo que narraba. Ni de su triste vida, ni de sus dolores físicos, quejábase nunca ni maldecía jamás. Mudo cuando era desgraciado, sólo tenía voz para expresar un momento de alegría. Cuando refería contrarios sucesos de su vida, lo hacía entre burlas o poetizando alegre y simpáticamente la desgracia.
Así es que cuando leí sus Rimas me afectaron profundamente. La única vez que exhalaba quejas lo hacía en verso, y era que en aquella naturaleza artística, hasta el grito del dolor había de escucharse sin vulgaridad, y semejante a los gladiadores antiguos que dejaban caer con gracia el moribundo cuerpo, él no dejaba ver su lacerado espíritu, sino envuelto entre las elegantes formas del plasticismo sevillano, pura y rígida escuela a que sólo ha faltado ser más subjetiva y franca para ser perfecta.
Tal era el hombre. Ocupémonos por fin del escritor y del poeta. Llegado a este punto, preciso es que abandone el alto criterio que las deslumbradoras facultades de Gustavo y la especialidad de su trato habían engendrado en mis juicios, para examinar el conjunto de obras que nos lega; las cuales, a pesar de no ser aquellas en que yo fundaba mi segura confianza, forman, sin embargo, un conjunto que basta a dar idea fija de su importancia en el terreno de nuestra literatura.
Sin entrar todavía en el campo de las relaciones, basta abrir esta obra por cualquiera de sus páginas para sentir en el mismo instante el ánimo agradablemente sorprendido, encontrándole fuera de esa atmósfera de lo vulgar, que tantos se afanan por romper, domeñando, sobre todo en España, la dificultad del lenguaje para expresar lo ideal y analítico del sentir moderno. Aunque Gustavo, cuando escribía en reposo, jamás olvidaba que su cuna literaria se había mecido en la patria de Herrera, Rioja, Mármol y Lista, como quiera que es un escritor eminentemente subjetivo, jamás deben desligarse en el análisis para su crítica la forma y la idea, dueña casi siempre ésta de aquélla, la una dictando, obedeciendo la otra.
En el fondo de sus escritos hay lo que podría llamarse realismo ideal, único realismo posible en artes, si no han de ser mera imitación de la naturaleza o anacronismo literario y han de llevar el sello de algo, creado por el artista. Sorprende a veces su semejanza con ciertos autores alemanes, a quienes no había leído hasta hace muy poco, y a los que se parece, porque sus producciones están pensadas y escritas con la razón y la imaginación, que son en aquéllos inseparables y como dos buenas hermanas entre las que no hay secretos ni odios, reinando siempre armonía inalterable, producto del largo uso de la libertad de conciencia.
Vese en Gustavo dominar siempre la idea a la forma, por más que ésta sea brillante y riquísima y oculte en apariencia a aquélla primorosamente; pues artista verdadero, es decir, hombre de sentimiento que atisba y oye repetirse dentro de su ser en mil ecos cualquier sensación externa, sabe permanecer siempre dentro del arte, o sease de lo bello, de lo bueno, de lo simpático, de lo sublime que casi todos fantaseamos aunque necesitemos las más de las veces que alguien, el genio, nos lo enseñe y explique para comprenderlo y precisarlo. Como todos los autores de estima, es Gustavo revolucionario, es decir, innovador y creador, amante de la verdad. En sus escritos tiende más a conmover que a enseñar; porque el tiempo y la razón a él y a aquéllos han demostrado que despertar los sentimientos que duermen en el fondo del alma es dar a los hombres la mejor enseñanza, llevándolos por el camino de lo bello (en cualquier sentimiento fingido no hay belleza), a cuyo término está la única moral, la moral subjetiva, por decirlo así, la que se desprende de todas las sensaciones que han agitado una vida.
Todo hombre que siente, esto es, que puede conmoverse profundamente, está en vías de perfeccionarse y de llegar a la verdadera moral; la moral, que a mi juicio es la vida de la idea, la Oda del cuerpo y del alma que viven en paz y armonía. Sí: Gustavo es revolucionario; porque, como los pocos que en las letras se distinguen por su originalidad y verdadero mérito, antes que escritor es artista, y por eso siente lo que dice mucho más de lo que expresa, sabiendo hacerlo sentir a los demás.
Es revolucionario, como los alemanes, pero no por imitación, sino dentro de la espontaneidad y del arte cuyos límites, por muy dilatados que sean, no se pueden traspasar impunemente, aunque sí ensancharlos, siempre que la imaginación y la razón, la idea y la forma vayan unidas, sin separarse un ápice una de otra. He aquí por qué se parece a los alemanes, porque llega a esos límites, y sabe y tiene poder para agrandarlos, lo cual consiguen muy pocos. Sus leyendas, que pueden competir con los cuentos ds Hoffmann y de Grimm, y con las baladas de Rückert y de Uhland, por muy fantásticas que sean, por muy imaginarias que parezcan, entrañan siempre un fondo tal de verdad, una idea tan real, que en medio de su forma y contextura extraordinarias, aparece espontáneamente un hecho que ha sucedido o puede suceder sin dificultad alguna, a poco que se analicen la situación de los personajes, el tiempo en que se agitan o las circunstancias que les rodean.
No son una idea filosófica que oculta tal o cual cosa y que quiere decir esto o lo otro; no: contienen una realidad que, para grabarse más profundamente en el corazón, hiere primero la fantasía con deslumbradoras apariencias, y, disipadas éstas, queda espontánea, fuerte y erguida. De la verdad ha de brotar la filosofía, y no de ésta ha de resultar aquélla. Tal sucede en las leyendas, en los artículos y, sobre todo, en sus magníficas Cartas, modelos de buen decir, verdaderas obras maestras de fecundia y de lenguaje. El rayo de luna, Los ojos verdes, ¿qué son sino cuadros fantásticos en que tal vez la locura de un hombre hace brillar una idea para todos real y visible? Aquel contorno de mujer que dibuja la luna, al atravesar las inquietas ramas de los árboles; aquel hada de ojos verdes que habita en el fondo del lago ¿qué representan sino la mujer ideal, pura, que inspira el amor de los amores, el amor que todo corazón noble desea y siente, amor interno, duradero, que jamás se encuentra en la tierra? ¿Qué significa aquel Miserere magnífico de las montañas, que va a escuchar un músico extraño, y al que pone notas tan extrañas como él, sino ese anhelar del artista, ese luchar sin reposo con la forma, esa desesperación eterna por hallar digno ropaje, línea precisa, color verdadero, palabra oportuna y nota adecuada al mundo increado de su alma, a los hijos brillantes de su fantasía? ¿Qué nos enseña aquel viejo Órgano de Maese Pérez, que nadie puede hacer sonar delante de Dios y del mundo, a no ser su propio espíritu, sino la imposibilidad de las escuelas, ese arte de las serviles imitaciones, en que no deben suceder falsos Rafaeles, Ticianos y Velázquez a los que así se llamaron en la tierra, a menos que Dios no haga el milagro de permitir bajar del cielo el ánima que le entregaron con el último estertor de la agonía? Y si, teniendo presente que se publican sus obras después de muerto el autor y sin la menor enmienda, examinamos el estilo, la propiedad, el profundo conocimiento de épocas lejanas y de costumbres ya idas, no podremos menos de admirar consorcio tan sorprendente entre la espontaneidad y el estudio, entre lo fantástico y lo real.
Otra de las particularidades de Gustavo, la más esencial a mi juicio, la que más claramente revela su genio noble y elevado, es que personalmente siente y manifiesta sus particulares sensaciones, resultando, y así debe de ser, que aquéllas son comprensibles para todos, porque las experimenta ni más ni menos que como cualquier otro, si bien revela la manera de percibirlas bajo una forma poética, a fin de despertar esos mismos sentimientos en los demás. Sus pasiones, sus alegrías, sus aspiraciones, sus dolores, sus esperanzas sus desengaños, son espontáneos, e ingenuos, y semejantes a los que lleva en sí todo corazón, por insensible que sea. Esta particularidad se revela en sus poesías con más fuerza que en sus otros escritos.
No finge nunca, dándole proporciones estéticas que al pronto la hacen parecer grande, una pasión exagerada; atento siempre a la verdad dentro del arte, habla según siente, y teniendo el don de sentir lo que impresiona a la colectividad, don tan sólo concedido al genio, apodérase de todos los corazones, que admíranse de ver a otro sorprender sus secretos y decir cuanto les conmueve, impresión que cada cual creía exclusivamente suya. ¿Por qué esta poesía subjetiva ha brillado tan poco en España, y cuando tal ha sucedido se ha verificado dentro de una excepción del sentimiento humano? No creo tanto en la influencia de las razas como en la de las religiones, que, generando las costumbres, preparan una política, una literatura, un arte general dados, los cuales llegan a ser medios en que se desarrollan fatalmente las inteligencias. Asombra contemplar lo que pudo ser la nación española inmediatamente después de la conquista de Granada y al advenimiento de Carlos V. Era tanto el empuje de la anterior civilización, nacida entre la fe y la guerra, entre el amor y el odio, que puede afirmarse la imposibilidad de encontrar, en igual período de tiempo y circunstancias, pueblo que hubiese adelantado más terreno en ciencias y en artes. Aparece primero la poesía anónima y heroica; inmediatamente la mística y didáctica, de Berceo y Alonso el Sabio, con la cual la prosa castellana, abandonando su hermosa cuna del Lacio, declárase libre de la anterior tutela, hermoseada y rejuvenecida por la literatura provenzal y arábiga.
El pueblo que antes que ningún otro de Europa adquiría derechos y municipios, creó una forma exclusivamente suya, cantando la gloria de sus héroes, la religión que le animaba y el amor que le enardecía, en un metro que no tiene semejante en otro idioma. El príncipe Juan Manuel burlábase de las pretensiones de los frailes y de la alquimia de su tío Alonso el Sabio; el arcipreste de Hita dejábase inspirar, ya por Epicuro, ya por Cristo; la Danza de la Muerte rivalizaba con todas las composiciones de su género en tétrica fantasía, y Pedro López de Ayala llevaba a la poesía la política. El arte subjetivo, aunque materialista, de la literatura árabe, encontraba eco en Jorge Manrique; los libros de caballerías no agotaban riquísimas imaginaciones, y las crónicas y los crepúsculos del teatro, y la arquitectura y las ciencias, y el ingenio humano en todas sus manifestaciones, con un carácter eminentemente nacional, recibían, entre la tolerancia de cultos y las libertades de los pueblos, el influjo de todo lo bello, de todo lo grande y de todo lo útil. La poesía subjetiva no había brotado aún, porque no era tiempo, pues ocupados los poetas en ensalzar a sus héroes, en adorar a sus santos, aliados fieles en guerras contra agarenos, y en reconquistar para la religión y la patria antiguas el terreno arrebatado, no habían abandonado todavía el campo de batalla, la plática en la asediada tienda de combate, ni el rezo a favor de la victoria entre las arcadas del templo, para sustituir el mundo exterior, que les embargaba, con la contemplación de sí mismos, al contacto de una sociedad tranquila y adecuada a la reflexión y al examen.
Llegó por fin el momento de reposo; y como si la Providencia, que vela por el equilibrio de las leyes materiales, temiese que tanta fuerza moral acumulada desnivelase el mundo, abrió las playas apartadas, con objeto de librar a Europa de la peligrosa energía de los españoles, y sentó en su trono un rey, emperador de lejanos países, precediéndole en el gobierno un monje de carácter tan elevado y firme, como hábil y fanático.
Al mismo tiempo que las Américas se descubrían, la Inquisición, oponiéndose a la reforma y consiguiendo brillantemente alejarla de España, comenzó a pesar sobre todas las inteligencias, y sin su permiso, ni podía la fantasía crear, ni inquirir el alma humana. Sintiose el hombre posesor de un espíritu peligroso, y apartando la vista de este enemigo interno, que podía rodear su cuerpo de las horribles llamas del Santo Oficio, suprimió su personalidad en todas las concepciones de su inteligencia, y semejante a tímidas aves que vuelan rastreando o se pierden tras las nubes, la hipocresía de la forma ocultó los sentimientos, o el misticismo fue el espacio a que se remontó sereno el espíritu, sin que por ello lograra escapar a persecuciones inesperadas: Todos los escritores y poetas subjetivos castellanos, Santa Teresa, Fr. Luis de León, San Juan de la Cruz, Juan de Ávila, Fr. Luis de Granada, a pesar de haber sido después canonizados, tuvieron que humillar sus puras frentes y anublar sus radiantes inteligencias ante las negras sotanas de los inquisidores. Si esto pasaba a los que eran poeta-santos, ¿qué suplicio no hubiera encontrado el simple poeta terrenal, exponiendo su alma desnuda a la zarpa de la Inquisición o al anatema de los conventos? Derruida, por otra parte, la estructura nacional política en los campos de Villalar, la forma tradicional poética y artística perturbose también con influencias extrañas; pero era tal el empuje recibido y tan peculiar y genérico nuestro carácter propio, que no bastaron a destruirle tan instantáneos y rápidos contratiempos. Desapareció el análisis de la verdad, es cierto, en todo el territorio de España; pero no la fantasía ni la riquísima vena de los españoles.
Perseguido el pensamiento, no murió entre las manos que le apretaban, sino que, amoldándose, como cuerpo fluido e impalpable, a la forma de la materia que le oprimía, se escapaba ufano por todas las aberturas. El poeta que amaba hacía responsables de sus delirios a pastores y héroes de la Mitología, y los grandes alientos, las dudas del alma, los placeres de la tierra encontraron hombres sin existencia real, mundo ficticio en que desarrollarse, dentro de nuestro inmortal teatro, donde parece que sus grandes genios se vengaron de la tiranía social que les oprimía, encerrando todos los preceptos bajo llave y creando con la anarquía dramática el moderno romanticismo, que no es más que la libertad de pensamiento en artes. Pero, entretanto, la poesía lírica, esencialmente subjetiva, desarrollábase dentro de los estrechos límites de la forma, acortando su vuelo a medida que se perfeccionaba, y manteniendo su existencia, bien invadiendo el teatro, bien ensalzando a las veces triunfos compatibles con la religión y la patria. Sólo Rioja, ese gran genio de la escuela sevillana, abre su alma a la verdad, y en aquella magnífica turquesa de su estilo funde sus cantares, ya anonadando cortesanos aduladores, ya vertiendo lágrimas ante los estragos del tiempo, ya cantando las flores hermosas, tan puras como su alma, que se transparenta siempre a través de sus poesías.
Pero no todos tenían la rigidez de su espíritu, y ya la forma había dado de sí cuanto pudiera. Los retruécanos, la mitología, los diferentes metros, los idiomas afines al castellano, todo se había agotado. No había más remedio que lanzarse en el terreno de la idea y de la verdad, cuya puerta vigilaba la Inquisición, o introducir la anarquía del despecho en el campo de las formas. Góngora, Luzbel de nuestra literatura, lanzando por la tradición del cielo de la libertad y queriendo progresar dentro de lo limitado y finito, introdujo el estilo culterano. La Inquisición mató la espontaneidad y el análisis. El orgullo quebró el cincelado vaso de obligados pensamientos. Quedó únicamente la sátira, revoloteando ya alegre y licenciosa, ya altiva y soberbia, sobre la frente del profundo Quevedo, a quien no valió su astucia para pensar libremente en una mazmorra. Imperó la teocracia, y un idiota fue su última víctima y su ejemplar producto.
No llegó a España la libertad del pensamiento; pero sí, con el nieto de Luis XIV, el principio de autoridad literario, y Moratín reglamentó de nuevo el arte, severamente conservado por la escuela sevillana. Tras la revolución francesa operose la revolución del mundo, y Quintana levantó su poderoso astro entre himnos a la libertad y severas justicias de los tiranos. Con la invasión volvió España a pelear para verse independiente, y una vez triunfante, no quiso volver a dormir el narcótico sueño de tres siglos. Las artes resucitaron, el teatro volvió a levantarse, y la poesía lírica, tan perfecta en la forma como en otros días, tuvo por sacerdotes de su culto hombres libres. Mientras Zorrilla nos refiere imperecederas tradiciones, Espronceda nos habla de sí mismo y del alma humana, y con él esa poesía subjetiva, producto de la libertad del pensamiento, toma carácter de naturaleza entre nosotros, demasiado apegados aún a la admiración de tiempos que pasaron, hasta el punto de que hombres casi demagogos son perfectos reaccionarios en cuanto hablan en verso.
No quiero por esto decir que la poesía lírica ha de ser política. ¡Líbreme Dios de verla por este camino! Pero cuando lo sea, debe representar su tiempo, como las obras que forman el glorioso catálogo de nuestro Parnaso. Creo haber probado lo bastante que, lejos de ser la poesía esencialmente subjetiva imitación de extranjeros líricos, es resultado natural de la moderna civilización, por lo cual comienza hoy a nacer en España, más atrasada en todo que otros países. A consecuencia de lo apuntado, y volviendo a ocuparme de las poesías de Bécquer, diré que, aunque hay un gran poeta alemán, Enrique Heine, a quien puede creerse ha imitado Gustavo, esto no es cierto, si bien entre ambos existe mucha semejanza. Heine, más independiente, es, sin embargo, menos artista que Gustavo, y el deseo de ser original lo arrastra a veces más allá de lo verdadero, siendo excéntrico y escéptico, no porque él realmente lo sea, sino porque cree singularizarse de este modo, sin notar que abandonando la verdad, huye del arte, que es la unidad, de la que nadie se separa impunemente.
En su poema Germania, en su libro de Lázaro, hay pruebas de lo que digo, si bien, por fortuna, están escondidas entre multitud de bellezas de primer orden. Otro autor a quien Gustavo se asemeja es Alfred de Musset. Nada tiene de extraño, pues como él educose en el clasicismo. Sin embargo, es menos mundano y ardiente que el inspirado poeta de las Cuatro noches. Las rimas de Gustavo, en que a propósito parece huir de la ilusión del consonante y del metro, para no herir el ánimo del lector más que con la importancia de la idea, son, a mi ver, de un valor inapreciable en nuestra literatura. Generalmente las poesías son cortas, no por método o por imitación, sino porque para expresar cualquier pasión o una de sus fases, no se necesitan muchas palabras. Una reflexión, un dolor, una alegría, pueden concebirse y sentirse lentamente; pero se han de expresar con rapidez, si se quiere herir en los demás la fibra que responde al mismo efecto.
De aquí la explicación de esas composiciones cortas, que han nacido modernamente en Alemania donde todos los grandes poetas las han cultivado, Gœthe, Schiller, Heine y otros han escrito multitud de lieder (lied, canción), que constituyen la actual poesía lírica alemana. En España, aunque inculto, existe hace tiempo ese género, como lo prueban la infinidad de nuestros cantares populares, en que no se sabe qué admirar más, si lo profundo de los sentimientos y reflexiones, o la concisión y naturalidad del estilo. Todas las rimas de Gustavo forman, como el Intermezzo de Heine, un poema, más ancho y completo que aquél, en que se encierra la vida de un poeta.
Son, primero las aspiraciones de un corazón ardiente, que busca en el arte la realización de sus deseos, dudando de su destino, como cuando exclama:
Saeta que voladora
cruza, arrojada al azar,
sin adivinarse dónde
temblando se clavará;
gigante ola que el viento riza
y empuja en el mar,
y rueda y pasa y se ignora
qué playa buscando va.
Siéntese poeta, y dice:
Espíritu sin nombre,
indefinible esencia,
yo vivo con la vida
sin formas de la idea.
Yo ondulo con los átomos
del humo que se eleva,
y al cielo lento sube
en espiral inmensa.
Yo, en los dorados hilos
que los insectos cuelgan,
me mezco entre los árboles
en la ardorosa siesta.
Yo, en fin, soy ese espíritu,
desconocida esencia,
perfume misterioso
de que es vaso el poeta.
No encontrando realizada su ilusión en la gloria, vuélvese espontáneamente hacia el amor, realismo del arte, y se entrega a él y goza un momento, y sufre y llora, y desespera largos días, porque es condición humana, indiscutible como un hecho consumado, que el goce menor se paga aquí con los sufrimientos más atroces. Anúnciase esta nueva fase en la vida del poeta con la magnífica composición que, no sé por qué, me recuerda la atrevida manera de decir del Dante:
Los invisibles átomos del aire
en derredor palpitan y se inflaman...
mis párpados se cierran...
¿Qué sucede? -¡Es el amor que pasa!
Sigue luego desenvolviéndose el tema de una pasión profunda, tan sencilla como espontánea. Una mujer hermosa, tan naturalmente hermosa que
Ella tiene la luz, tiene él perfume,
el color y la línea, la forma,
engendradora de deseos,
la expresión, fuente eterna de poesía,
conmueve y fija el corazón del poeta que se abre al amor, olvidándose de cuanto le rodea. La pasión es desde su principio inmensa, avasalladora y con razón, puesto que se ve correspondida, o al menos, parece satisfecha del objeto que la inspira: una mujer hermosa, aunque sin otra buena cualidad, porque es ingrata y estúpida. ¡Tarde lo conoce, cuando ya se siente engañado y descubre, dentro de un pecho tan fino y suave, un corazón nido de sierpes, en el cual no hay una fibra que al amor responda! Aquí, en medio de sus dolores, llega el poeta a la desesperación; pero cuando ésta le lleva ya al punto en que se pierde toda esperanza, él se detiene espontáneamente, medita en silencio, y aceptando por último su parte de dolor en el dolor común, prosigue su camino, triste, profundamente herido, pero resignado; con el corazón hecho pedazos, pero con los ojos fijos en algo que se le revela como reminiscencia del arte, a cuyo impulso brotaron sus sentimientos.
Piensa antes en lo solos que se quedan los muertos, y siente dentro de la religión de su infancia un nuevo amor, que únicamente pueden sentir los que sufren mucho y jamás se curan; un amor ideal, puro, que no puede morir ni aun con la muerte, que más bien la desea, porque es tranquilo como ella, ¡como ella callado y eterno! Se enamora de la estatua de un sepulcro, es decir, del arte, de la belleza ideal, que es el póstumo amor, para siempre duradero, por lo mismo que nunca se ve por completo correspondido.
En mi incompetencia, declaro que esta composición última me parece una de las más perfectas en castellano, no sólo por su vaguedad, misterio y dificultad de precisar claramente, sino por lo correcto y acabado de la forma.
Tal fue Gustavo A. Bécquer, como hombre y como poeta, en lo que puede apreciar el público.
Todo lo que atesoraba en su imaginación está dicho en el siguiente prólogo suyo.
Leedlo pronto y olvidad el mío, escrito nada más que por acompañarle siempre.
Él sólo, desde la otra vida, podrá apreciarlo.
¡Ojalá seas eterno, libro que compendias la vida de mi pobre amigo!
RAMÓN RODRÍGUEZ CORREA
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Léanlo cuando tengan tiempo, porque vale la pena y hay anécdotas ahi, que se deben leer, y dan a conocer la forma de ser de mi querido Bécquer.
Me deshago en admiración por él.
Hasta la próxima...
jueves, 26 de febrero de 2009
Tres fechas - III
¡Ay! Ya hoy la última parte de Tres fechas. Una de las más deliciosas lecturas que Bécquer nos dejó. Igual que Cartas desde mi Celda, esta literatura es como una especie de alivio para el pensamiento, al transportarnos a espacios en donde la poesía está en todas partes y el reposo es el principal medio para observar la acción de la naturaleza.
Pues, luego de que nuestro poeta soñador despertara de su ensueño en esa plaza desierta, y no encontrara más esa mano que lo saludara desde la alta ventana, recordarán que iba de nuevo rumbo a Madrid, sonriendo de su propia locura al escribir la segunda fecha... la fecha de la mano. Entonces, la primera fecha, la de la ventana, la segunda fecha, la de la mano, ¿y la tercera? pues aquí está:
Desde que tuvo lugar la extraña aventura que he referido hasta que volví a Toledo transcurrió cerca de un año, durante el cual no dejó de presentárseme a la imaginación su recuerdo; al principio a todas horas y con todos sus detalles; después, con menos frecuencia, y, por último, con tanta vaguedad, que yo mismo llegué a creer algunas veces que había sido juguete de una ilusión o de un sueño.
No obstante, apenas llegué a la ciudad que con tanta razón llaman algunos la Roma española, me asaltó nuevamente, y llena de él la memoria, salí preocupado a recorrer las calles, sin camino cierto, sin intención preconcebida de dirigirme a ningún punto fijo.
El día estaba triste, con esa tristeza que alcanza a todo lo que se oye, se ve y se siente. El cielo era color de plomo, y a su reflejo melancólico los edificios parecían más antiguos, más extraños y más oscuros. El aire gemía a lo largo de las revueltas y angostas calles, trayendo en sus ráfagas como notas perdidas de una sinfonía misteriosa, ya palabras ininteligibles, clamor de campanas o ecos de golpes profundos y lejanos. La atmósfera húmeda y fría helaba el rostro a su contacto, y hasta diríase que helaba el alma con su soplo glacial.
Anduve durante algunas horas por los barrios más apartados y desiertos absorto en mil confusas imaginaciones, y, contra mi costumbre, con la mirada vaga y perdida en el espacio sin que lograse llamar mi atención ni un detalle caprichoso de arquitectura, ni un monumento de orden desconocido, ni una obra de arte maravillosa y oculta. Ninguna cosa, en fin, de aquellas en cuyo examen minucioso me detenía a cada paso cuando sólo ocupaban mi mente ideas de arte y recuerdos históricos.
El cielo cerraba de cada vez más oscuro. El aire soplaba con más fuerza y más ruido, y había comenzado a caer en gotas menudas una lluvia de nieve deshecha, finísima y penetrante, cuando, sin saber por dónde, pues ignoraba aún el camino, y como llevado por un impulso al que no podía resistirme, impulso que me arrastraba misteriosamente al punto a que iban mis pensamientos, me encontré en la solitaria plaza que ya conocen mis lectores.
Al encontrarme en aquel lugar salí de la especie de letargo (1) en que me hallaba sumido, como si me hubiesen despertado de un sueño profundo con una violenta sacudida.
Tendí una mirada a mi alrededor. Todo estaba como yo lo dejé. Digo mal: estaba más triste. Ignoro si la oscuridad del cielo, la falta de verdura o el estado de mi espíritu era la causa de esta tristeza; pero la verdad es que desde el sentimiento que experimenté al contemplar aquellos lugares por la vez primera hasta el que me impresionó entonces, había toda la distancia que existe desde la melancolía a la amargura.
Contemplé por algunos instantes el sombrío convento (2), en aquella ocasión más sombrío que nunca a mis ojos; y ya me disponía a alejarme, cuando hirió mis oídos el son de una campana, una campana de voz cascada y sorda, que tocaba pausadamente, mientras le acompañaba, formando contraste con ella, una especie de esquiloncillo que comenzó a voltear de pronto con una rapidez y un tañido tan agudo y continuado, que parecía como acometido de un vértigo.
Nada más extraño que aquel edificio, cuya negra silueta se dibujaba sobre el cielo como la de una roca erizada de mil y mil picos caprichosos, hablando con sus lenguas de bronce por medio de las campanas, que parecían agitarse al impulso de seres invisibles, una como llorando con sollozos ahogados, la otra como riendo en carcajadas estridentes, semejantes a la risa de una mujer loca.
A intervalos, y confundidas con el atolondrador ruido de las campanas, creía percibir también notas confusas de un órgano y palabras de un cántico religioso y solemne.
Varié de idea, y, en vez de alejarme de aquel lugar, llegué a la puerta del templo y pregunté a uno de los haraposos mendigos que había sentados en sus escalones de piedra:
-¿Qué hay aquí?
-Una toma de hábito -me contestó el pobre, interrumpiendo la oración que murmuraba entre dientes, para continuarla después, aunque no sin haber besado antes la moneda de cobre que puse en su mano al dirigirle mi pregunta.
Jamás había presenciado esta ceremonia; nunca había visto tampoco el interior de la iglesia del convento. Ambas consideraciones me impulsaron a penetrar en su recinto.
La iglesia era alta y oscura; formaban sus naves dos filas de pilares compuestos de columnas delgadas reunidas en un haz, que descansaban en una base ancha y octógona, y de cuya rica coronación de capiteles partían los arranques de las robustas ojivas. El altar mayor estaba colocado en el fondo, bajo una cúpula de estilo del renacimiento, cuajada de angelones con escudos, grifos (3) cuyos remates fingían profusas hojarascas, cornisas con molduras y florones dorados, y dibujos caprichosos y elegantes. En torno a las naves se veían multitud de capillas oscuras, en el fondo de las cuales artían algunas lámparas, semejantes a estrellas perdidas en el cielo de una noche oscura. Capillas de arquitectura árabe, gótica o churrigueresca; unas cerradas con magníficas verjas de hierro; otras, con humildes barandales de madera; éstas, sumidas en las tinieblas, con una antigua tumba de mármol delante del altar; aquéllas, profusamente alumbradas con una imagen vestida de relumbrones (4) y rodeada de votos de plata y cera con lacitos de cinta de colorines.
Contribuía a dar un carácter más misterioso a toda la iglesia, completamente armónica en su confusión y su desorden artístico con el resto del convento, la fantástica claridad que la iluminaba. De las lámparas de plata y cobre pendientes de las bóvedas, de las velas de los altares y de las estrechas ojivas y los ajimeces del muro partían rayos de luz de mil colores diversos: blancos, los que penetraban de la calle por algunas pequeñas clarabyoas de la cúpula; rojos, los que se desprendían de los cirios de los retablos; verdes, azules y de otros cien matices diferentes, los que se abrían paso a través de los pintados vidrios de las rosetas. Todos estos reflejos, insuficientes a inundar con la bastante claridad aquel sagrado recinto, parecía como que luchaban confundiéndose entre sí en algunos puntos, mientras que otros los hacían destacar con una mancha luminosa y brillante sobre los fondos velados y oscuros de las capillas (5).
A pesar de la fiesta religiosa que allí tenía lugar, los fieles reunidos eran pocos. La ceremonia había comenzado hacía bastante tiempo y estaba a punto de concluir. Los sacerdotes que oficiaban en el altar mayor bajaban en aquel momento sus gradas, cubiertas de alfombras, envueltos en una nube de incienso azulado que se mecía lentamente en el aire, para dirigirse al coro, en donde se oía a las religiosas entonar un salmo.
Yo también me encaminé hacia aquel sitio con el objeto de asomarme a las dobles rejas que lo separaban del templo. No sé; me pareció que había de conocer en la cara a la mujer de quien sólo había visto un instante la mano, y abriendo desmesuradamente los ojos y dilatando la pupula, como queriendo prestarla mayor fuerza y lucidez, la clavé en el fondo del coro. Afán inútil: a través de los cruzados hierros, muy poco o nada podía verse. Como unos fantasmas blancos y negros, que se movían entre las tinieblas, contra las que luchaba en vano el escaso resplandor de algunos cirios encendidos, una prolongada fila de sitiales (6) altos y puntiagudos, coronados de doseles, bajo los que se adivinaban, veladas por la oscuridad, las confusas formas de las religiosas, vestidas de luengas (7) ropas talares (8), un crucifijo alumbrado por cuatro velas, que se destacaba sobre el sombrío fondo del cuadro, como esos puntos de luz que en los lienzos de Rembrandt hacen más palpables las sombras: he aquí cuanto pude distinguir desde el lugar que ocupaba (9).
Los sacerdotes, cubiertos de sus capas pluviales (10) bordadas de oro, precedidos de unos acólitos que conducían una cruz de plata y dos ciriales, y seguidos de otros que agitaban los inciensarios, perfumando el ambiente, atravesando por en medio de los fieles, que besaban sus manos y las orlas de sus vestiduras, llegarn, al fin, a la reja del coro.
Hasta aquel momento no pude distinguir, entre las otras sombras confusas, cuál era la de la virgen que iba a consagrarse al Señor.
¿No habéis visto nunca en esos últimos instantes del crepúsculo de la noche levantarse de las aguas de un río, del haz de un pantano, de las olas del mar o de la profunda sima de una montaña un jirón de niebla que flota lentamente en el vacío, y, alternativamente, ya parece una mujer que se mueve y anda y vuela su traje al andar, ya un velo blanco prendido a la cabellera de alguna silfa (11) invisible, ya un fantasma que se eleva en el aire, cubriendo sus huesos amarillos con un sudario sobre el que se cree ver dibujarse sus formas angulosas(12)? Pues una alucinación de ese género experimenté yo al mirar adelantarse hacia la reja, como desasiéndose del fondo tenebroso del coro, aquella figura blanca, alta y ligerísima.
El rostro no se lo podía ver. Vino a colocarse perfectamente delante de las velas que alumbraban el crucifijo, y su resplandor, formando como un nimbo de luz alrededor de su cabeza, la hacía resaltar por oscuro, bañándola en una dudosa sombra.
Reinó un profundo silencio; todos los ojos se fijaron en ella, y comenzó la última parte de la ceremonia.
La abadesa, murmurando algunas palabras ininteligibles, palabras que a su vez repetían los sacerdotes con voz sorda y profunda, le arrancó de las sienes la corona de flores que la ceñía y la arrojó lejos de sí... ¡Pobres flores! Eran las últimas que había de ponerse aquella mujer, hermana de las flores, como todas las mujeres.
Después la despojó del velo, y su rubia cabellera se derramó como una cascada de oro sobre sus espaldas y sus hombros, que sólo pudo cubrir un instante, porque en seguida comenzó a percibirse, en mitad del profundo silencio que reinaba entre los fieles, un chirrido metálico y agudo que crispaba los nervios, y la magnífica cabellera se desprendió de la frente que sombreaba, y rodaron por su seno y cayeron al suelo después aquellos rizos que el aire perfumado habría besado tantas veces...
La abadesa tornó a murmurar las ininteligibles palabras; los sacerdotes las repitieron, y todo quedó de nuevo en silencio en la iglesia. Sólo de cuando en cuando se oían a lo lejos como unos quejidos largos y temerosos. Era el viento que zumbaba estrellándose en los ángulos de las almenas y los torreones, y estremecía, al pasar, los vidrios de color de las ojivas.
Ella estaba inmóvil y pálida como una virgen de piedra arrancada del nicho de un claustro gótico.
Y la despojaron de las joyas que le cubrían los brazos y la garganta, y la desnudaron, por último, de su traje nupcial, aquel traje que parecía hecho para que un amante rompiera sus broches con una mano trémula de emoción y cariño.
El esposo místico aguardaba a la esposa. ¿Dónde? Más allá de la muerte; abriendo, sin duda, la losa del sepulcro y llamándola a traspasarlo, como traspasa la esposa tímida el umbral del santuario de los amores nupciales, porque ella cayó al suelo desplomada como un cadáver. Las religiosas arrojaron, como si fuese tierra, sobre su cuerpo puñados de flors, entonando una salmodia tristísima; se alzó un murmullo de entre la multitud, y los sacerdotes, con sus voces profundas y huecas, comenzaron el oficio de difuntos, acompañados de esos instrumentos que parece que lloran, aumentando el hondo temor que inspiran de por sí las terribles palabras que pronuncian.
-De profundis clamavi ad Te! (13) -decían las religiosas desde el fondo del coro con voces plañideras y dolientes.
-Dies irae, dies illa!(14) -le contestaban los sacerdotes con eco atronador y profundo, y, en tanto, las campanas tañían lentamente tocando a muerto, y de campanada a campanada se oía vibrar el bronce con un zumbido extraño y lúgubre.
Yo estaba conmovido; no, conmovido no; aterrado. Creía presenciar una cosa sobrenatural, sentir como que me arrancaban algo preciso para mi vida, y que al mi alrededor se formaba el vacío; pensaba que acababa de perder algo, como un padre, una madre o una mujer querida, y sentía ese inmenso desconsuelo que deja la muerte por donde pasa, desconsuelo sin nombre, que no se puede pintar, y que sólo pueden concebir los que lo han sentido...
Aún estaba clavado en aquel lugar, con los ojos extraviados, temblorosos y fuera de mí, cuando la nueva religiosa se incorporó del suelo. La abadesa la vistió el hábito, las monjas tomaron en sus manos velas encendidas, y formando dos largas hileras la condujeron como en procesión hacia el fondo del coro.
Allí, entre las sombras, vi brillar un rayo de luz; era la puerta claustral que se había abierto. Al poner el pie en su dintel (15) la religiosa se volvió por la vez última hacia el altar. El resplandor de todas las luces la iluminó de pronto, y pude verle el rostro. Al mirarlo tuve que ahogar un grito. Yo conocía a aquella mujer; no la había visto nunca, pero la conocía de haberla contemplado en sueños; era uno de esos seres que adivina el alma o los recuerda acaso de otro mundo mejor, del que, al descender a éste, algunos no pierden del todo la memoria.
Di dos pasos adelante: quise llamarla, quise gritar; no sé; me acometió como un vértigo; pero en aquel instante la puerta claustral se cerró... para siempre. Se agitaron las campanillas, los sacerdotes alzaron un ¡Hosanna!, subieron por el aire nubes de incienso, el órgano arrojó un torrente de atronadora armonía por sus cien bocas de metal y las campanas de la torre comenzaron a repicar, volteando con una furia espantosa.
Aquella alegría loca y ruidosa me erizaba los cabellos. Volví los ojos a mi alrededor, buscando los padres, la familia, huérfanos de aquella mujer. No escontré a nadie.
-Tal vez era sola en el mundo -dije, y no pude contener una lágrima.
-¡Dios te dé en el claustro la felicidad que no te ha dado en el mundo! -exclamó al mismo tiempo una vieja que estaba a mi lado, y sollozaba y gemía agarrada a la reja.
-¿La conoce usted? -la pregunté.
-¡Pobrecita! Sí, la conocía. Y la he visto nacer y se ha criado en mis brazos.
-Y ¿por qué profesa?
-Porque se vio sola en el mundo. Su padre y su madre murieron en el mismo día, del cólera, hace poco más de un año. Al verla huérfana y desvalida, el señor deán le dio el dote para que profesase; y ya veis... ¿Qué había de hacer?
-¿Y quién era ella?
-Hija del administrador del conde C***, al cual serví yo hasta su muerte.
-¿Dónde vivía?
Cuando oí el nombre de la calle, no pude contener una exclamación de sorpresa.
Un hilo de luz, ese hilo de luz que se extiende rápido como la idea y brilla en la oscuridad y la confusión de la mente, y reúne los puntos más distantes y los relaciona entre sí de un modo maravilloso, ató mis vagos recuerdos, y todo lo comprendí o creí comprenderlo.
Esta fecha, que no tiene nombre, no la escribí en ninguna parte. Digo mal: la llevo escrita en un sitio en que nadie más que yo la puede leer, y de donde no se borrará nunca.
Algunas veces, recordando estos sucesos; hoy mismo, al consignarlos aquí, me he preguntado: algún día, en esa hora misteriosa del crepúsculo, cuando el suspiro de la brisa de primavera, tibio y cargado de aromas, penetra hasta en el fondo de los más apartados retiros, llevando allí como una ráfaga de recuerdos del mundo, sola, perdida en la penumbra de un claustro gótico, la mano en la mejilla, el codo apoyado en el alféizar de una ojiva, ¿habrá exhalado un suspiro alguna mujer al rcruzar su imaginación la memoria de estas fechas?
¡Quién sabe!
¡Oh! Y si ha suspirado, ¿dónde estará ese suspiro? (16)
Pues, luego de que nuestro poeta soñador despertara de su ensueño en esa plaza desierta, y no encontrara más esa mano que lo saludara desde la alta ventana, recordarán que iba de nuevo rumbo a Madrid, sonriendo de su propia locura al escribir la segunda fecha... la fecha de la mano. Entonces, la primera fecha, la de la ventana, la segunda fecha, la de la mano, ¿y la tercera? pues aquí está:
III
Desde que tuvo lugar la extraña aventura que he referido hasta que volví a Toledo transcurrió cerca de un año, durante el cual no dejó de presentárseme a la imaginación su recuerdo; al principio a todas horas y con todos sus detalles; después, con menos frecuencia, y, por último, con tanta vaguedad, que yo mismo llegué a creer algunas veces que había sido juguete de una ilusión o de un sueño.
No obstante, apenas llegué a la ciudad que con tanta razón llaman algunos la Roma española, me asaltó nuevamente, y llena de él la memoria, salí preocupado a recorrer las calles, sin camino cierto, sin intención preconcebida de dirigirme a ningún punto fijo.
El día estaba triste, con esa tristeza que alcanza a todo lo que se oye, se ve y se siente. El cielo era color de plomo, y a su reflejo melancólico los edificios parecían más antiguos, más extraños y más oscuros. El aire gemía a lo largo de las revueltas y angostas calles, trayendo en sus ráfagas como notas perdidas de una sinfonía misteriosa, ya palabras ininteligibles, clamor de campanas o ecos de golpes profundos y lejanos. La atmósfera húmeda y fría helaba el rostro a su contacto, y hasta diríase que helaba el alma con su soplo glacial.
Anduve durante algunas horas por los barrios más apartados y desiertos absorto en mil confusas imaginaciones, y, contra mi costumbre, con la mirada vaga y perdida en el espacio sin que lograse llamar mi atención ni un detalle caprichoso de arquitectura, ni un monumento de orden desconocido, ni una obra de arte maravillosa y oculta. Ninguna cosa, en fin, de aquellas en cuyo examen minucioso me detenía a cada paso cuando sólo ocupaban mi mente ideas de arte y recuerdos históricos.
El cielo cerraba de cada vez más oscuro. El aire soplaba con más fuerza y más ruido, y había comenzado a caer en gotas menudas una lluvia de nieve deshecha, finísima y penetrante, cuando, sin saber por dónde, pues ignoraba aún el camino, y como llevado por un impulso al que no podía resistirme, impulso que me arrastraba misteriosamente al punto a que iban mis pensamientos, me encontré en la solitaria plaza que ya conocen mis lectores.
Al encontrarme en aquel lugar salí de la especie de letargo (1) en que me hallaba sumido, como si me hubiesen despertado de un sueño profundo con una violenta sacudida.
Tendí una mirada a mi alrededor. Todo estaba como yo lo dejé. Digo mal: estaba más triste. Ignoro si la oscuridad del cielo, la falta de verdura o el estado de mi espíritu era la causa de esta tristeza; pero la verdad es que desde el sentimiento que experimenté al contemplar aquellos lugares por la vez primera hasta el que me impresionó entonces, había toda la distancia que existe desde la melancolía a la amargura.
Contemplé por algunos instantes el sombrío convento (2), en aquella ocasión más sombrío que nunca a mis ojos; y ya me disponía a alejarme, cuando hirió mis oídos el son de una campana, una campana de voz cascada y sorda, que tocaba pausadamente, mientras le acompañaba, formando contraste con ella, una especie de esquiloncillo que comenzó a voltear de pronto con una rapidez y un tañido tan agudo y continuado, que parecía como acometido de un vértigo.
Nada más extraño que aquel edificio, cuya negra silueta se dibujaba sobre el cielo como la de una roca erizada de mil y mil picos caprichosos, hablando con sus lenguas de bronce por medio de las campanas, que parecían agitarse al impulso de seres invisibles, una como llorando con sollozos ahogados, la otra como riendo en carcajadas estridentes, semejantes a la risa de una mujer loca.
A intervalos, y confundidas con el atolondrador ruido de las campanas, creía percibir también notas confusas de un órgano y palabras de un cántico religioso y solemne.
Varié de idea, y, en vez de alejarme de aquel lugar, llegué a la puerta del templo y pregunté a uno de los haraposos mendigos que había sentados en sus escalones de piedra:
-¿Qué hay aquí?
-Una toma de hábito -me contestó el pobre, interrumpiendo la oración que murmuraba entre dientes, para continuarla después, aunque no sin haber besado antes la moneda de cobre que puse en su mano al dirigirle mi pregunta.
Jamás había presenciado esta ceremonia; nunca había visto tampoco el interior de la iglesia del convento. Ambas consideraciones me impulsaron a penetrar en su recinto.
La iglesia era alta y oscura; formaban sus naves dos filas de pilares compuestos de columnas delgadas reunidas en un haz, que descansaban en una base ancha y octógona, y de cuya rica coronación de capiteles partían los arranques de las robustas ojivas. El altar mayor estaba colocado en el fondo, bajo una cúpula de estilo del renacimiento, cuajada de angelones con escudos, grifos (3) cuyos remates fingían profusas hojarascas, cornisas con molduras y florones dorados, y dibujos caprichosos y elegantes. En torno a las naves se veían multitud de capillas oscuras, en el fondo de las cuales artían algunas lámparas, semejantes a estrellas perdidas en el cielo de una noche oscura. Capillas de arquitectura árabe, gótica o churrigueresca; unas cerradas con magníficas verjas de hierro; otras, con humildes barandales de madera; éstas, sumidas en las tinieblas, con una antigua tumba de mármol delante del altar; aquéllas, profusamente alumbradas con una imagen vestida de relumbrones (4) y rodeada de votos de plata y cera con lacitos de cinta de colorines.
Contribuía a dar un carácter más misterioso a toda la iglesia, completamente armónica en su confusión y su desorden artístico con el resto del convento, la fantástica claridad que la iluminaba. De las lámparas de plata y cobre pendientes de las bóvedas, de las velas de los altares y de las estrechas ojivas y los ajimeces del muro partían rayos de luz de mil colores diversos: blancos, los que penetraban de la calle por algunas pequeñas clarabyoas de la cúpula; rojos, los que se desprendían de los cirios de los retablos; verdes, azules y de otros cien matices diferentes, los que se abrían paso a través de los pintados vidrios de las rosetas. Todos estos reflejos, insuficientes a inundar con la bastante claridad aquel sagrado recinto, parecía como que luchaban confundiéndose entre sí en algunos puntos, mientras que otros los hacían destacar con una mancha luminosa y brillante sobre los fondos velados y oscuros de las capillas (5).
A pesar de la fiesta religiosa que allí tenía lugar, los fieles reunidos eran pocos. La ceremonia había comenzado hacía bastante tiempo y estaba a punto de concluir. Los sacerdotes que oficiaban en el altar mayor bajaban en aquel momento sus gradas, cubiertas de alfombras, envueltos en una nube de incienso azulado que se mecía lentamente en el aire, para dirigirse al coro, en donde se oía a las religiosas entonar un salmo.
Yo también me encaminé hacia aquel sitio con el objeto de asomarme a las dobles rejas que lo separaban del templo. No sé; me pareció que había de conocer en la cara a la mujer de quien sólo había visto un instante la mano, y abriendo desmesuradamente los ojos y dilatando la pupula, como queriendo prestarla mayor fuerza y lucidez, la clavé en el fondo del coro. Afán inútil: a través de los cruzados hierros, muy poco o nada podía verse. Como unos fantasmas blancos y negros, que se movían entre las tinieblas, contra las que luchaba en vano el escaso resplandor de algunos cirios encendidos, una prolongada fila de sitiales (6) altos y puntiagudos, coronados de doseles, bajo los que se adivinaban, veladas por la oscuridad, las confusas formas de las religiosas, vestidas de luengas (7) ropas talares (8), un crucifijo alumbrado por cuatro velas, que se destacaba sobre el sombrío fondo del cuadro, como esos puntos de luz que en los lienzos de Rembrandt hacen más palpables las sombras: he aquí cuanto pude distinguir desde el lugar que ocupaba (9).
Los sacerdotes, cubiertos de sus capas pluviales (10) bordadas de oro, precedidos de unos acólitos que conducían una cruz de plata y dos ciriales, y seguidos de otros que agitaban los inciensarios, perfumando el ambiente, atravesando por en medio de los fieles, que besaban sus manos y las orlas de sus vestiduras, llegarn, al fin, a la reja del coro.
Hasta aquel momento no pude distinguir, entre las otras sombras confusas, cuál era la de la virgen que iba a consagrarse al Señor.
¿No habéis visto nunca en esos últimos instantes del crepúsculo de la noche levantarse de las aguas de un río, del haz de un pantano, de las olas del mar o de la profunda sima de una montaña un jirón de niebla que flota lentamente en el vacío, y, alternativamente, ya parece una mujer que se mueve y anda y vuela su traje al andar, ya un velo blanco prendido a la cabellera de alguna silfa (11) invisible, ya un fantasma que se eleva en el aire, cubriendo sus huesos amarillos con un sudario sobre el que se cree ver dibujarse sus formas angulosas(12)? Pues una alucinación de ese género experimenté yo al mirar adelantarse hacia la reja, como desasiéndose del fondo tenebroso del coro, aquella figura blanca, alta y ligerísima.
El rostro no se lo podía ver. Vino a colocarse perfectamente delante de las velas que alumbraban el crucifijo, y su resplandor, formando como un nimbo de luz alrededor de su cabeza, la hacía resaltar por oscuro, bañándola en una dudosa sombra.
Reinó un profundo silencio; todos los ojos se fijaron en ella, y comenzó la última parte de la ceremonia.
La abadesa, murmurando algunas palabras ininteligibles, palabras que a su vez repetían los sacerdotes con voz sorda y profunda, le arrancó de las sienes la corona de flores que la ceñía y la arrojó lejos de sí... ¡Pobres flores! Eran las últimas que había de ponerse aquella mujer, hermana de las flores, como todas las mujeres.
Después la despojó del velo, y su rubia cabellera se derramó como una cascada de oro sobre sus espaldas y sus hombros, que sólo pudo cubrir un instante, porque en seguida comenzó a percibirse, en mitad del profundo silencio que reinaba entre los fieles, un chirrido metálico y agudo que crispaba los nervios, y la magnífica cabellera se desprendió de la frente que sombreaba, y rodaron por su seno y cayeron al suelo después aquellos rizos que el aire perfumado habría besado tantas veces...
La abadesa tornó a murmurar las ininteligibles palabras; los sacerdotes las repitieron, y todo quedó de nuevo en silencio en la iglesia. Sólo de cuando en cuando se oían a lo lejos como unos quejidos largos y temerosos. Era el viento que zumbaba estrellándose en los ángulos de las almenas y los torreones, y estremecía, al pasar, los vidrios de color de las ojivas.
Ella estaba inmóvil y pálida como una virgen de piedra arrancada del nicho de un claustro gótico.
Y la despojaron de las joyas que le cubrían los brazos y la garganta, y la desnudaron, por último, de su traje nupcial, aquel traje que parecía hecho para que un amante rompiera sus broches con una mano trémula de emoción y cariño.
El esposo místico aguardaba a la esposa. ¿Dónde? Más allá de la muerte; abriendo, sin duda, la losa del sepulcro y llamándola a traspasarlo, como traspasa la esposa tímida el umbral del santuario de los amores nupciales, porque ella cayó al suelo desplomada como un cadáver. Las religiosas arrojaron, como si fuese tierra, sobre su cuerpo puñados de flors, entonando una salmodia tristísima; se alzó un murmullo de entre la multitud, y los sacerdotes, con sus voces profundas y huecas, comenzaron el oficio de difuntos, acompañados de esos instrumentos que parece que lloran, aumentando el hondo temor que inspiran de por sí las terribles palabras que pronuncian.
-De profundis clamavi ad Te! (13) -decían las religiosas desde el fondo del coro con voces plañideras y dolientes.
-Dies irae, dies illa!(14) -le contestaban los sacerdotes con eco atronador y profundo, y, en tanto, las campanas tañían lentamente tocando a muerto, y de campanada a campanada se oía vibrar el bronce con un zumbido extraño y lúgubre.
Yo estaba conmovido; no, conmovido no; aterrado. Creía presenciar una cosa sobrenatural, sentir como que me arrancaban algo preciso para mi vida, y que al mi alrededor se formaba el vacío; pensaba que acababa de perder algo, como un padre, una madre o una mujer querida, y sentía ese inmenso desconsuelo que deja la muerte por donde pasa, desconsuelo sin nombre, que no se puede pintar, y que sólo pueden concebir los que lo han sentido...
Aún estaba clavado en aquel lugar, con los ojos extraviados, temblorosos y fuera de mí, cuando la nueva religiosa se incorporó del suelo. La abadesa la vistió el hábito, las monjas tomaron en sus manos velas encendidas, y formando dos largas hileras la condujeron como en procesión hacia el fondo del coro.
Allí, entre las sombras, vi brillar un rayo de luz; era la puerta claustral que se había abierto. Al poner el pie en su dintel (15) la religiosa se volvió por la vez última hacia el altar. El resplandor de todas las luces la iluminó de pronto, y pude verle el rostro. Al mirarlo tuve que ahogar un grito. Yo conocía a aquella mujer; no la había visto nunca, pero la conocía de haberla contemplado en sueños; era uno de esos seres que adivina el alma o los recuerda acaso de otro mundo mejor, del que, al descender a éste, algunos no pierden del todo la memoria.
Di dos pasos adelante: quise llamarla, quise gritar; no sé; me acometió como un vértigo; pero en aquel instante la puerta claustral se cerró... para siempre. Se agitaron las campanillas, los sacerdotes alzaron un ¡Hosanna!, subieron por el aire nubes de incienso, el órgano arrojó un torrente de atronadora armonía por sus cien bocas de metal y las campanas de la torre comenzaron a repicar, volteando con una furia espantosa.
Aquella alegría loca y ruidosa me erizaba los cabellos. Volví los ojos a mi alrededor, buscando los padres, la familia, huérfanos de aquella mujer. No escontré a nadie.
-Tal vez era sola en el mundo -dije, y no pude contener una lágrima.
-¡Dios te dé en el claustro la felicidad que no te ha dado en el mundo! -exclamó al mismo tiempo una vieja que estaba a mi lado, y sollozaba y gemía agarrada a la reja.
-¿La conoce usted? -la pregunté.
-¡Pobrecita! Sí, la conocía. Y la he visto nacer y se ha criado en mis brazos.
-Y ¿por qué profesa?
-Porque se vio sola en el mundo. Su padre y su madre murieron en el mismo día, del cólera, hace poco más de un año. Al verla huérfana y desvalida, el señor deán le dio el dote para que profesase; y ya veis... ¿Qué había de hacer?
-¿Y quién era ella?
-Hija del administrador del conde C***, al cual serví yo hasta su muerte.
-¿Dónde vivía?
Cuando oí el nombre de la calle, no pude contener una exclamación de sorpresa.
Un hilo de luz, ese hilo de luz que se extiende rápido como la idea y brilla en la oscuridad y la confusión de la mente, y reúne los puntos más distantes y los relaciona entre sí de un modo maravilloso, ató mis vagos recuerdos, y todo lo comprendí o creí comprenderlo.
Esta fecha, que no tiene nombre, no la escribí en ninguna parte. Digo mal: la llevo escrita en un sitio en que nadie más que yo la puede leer, y de donde no se borrará nunca.
Algunas veces, recordando estos sucesos; hoy mismo, al consignarlos aquí, me he preguntado: algún día, en esa hora misteriosa del crepúsculo, cuando el suspiro de la brisa de primavera, tibio y cargado de aromas, penetra hasta en el fondo de los más apartados retiros, llevando allí como una ráfaga de recuerdos del mundo, sola, perdida en la penumbra de un claustro gótico, la mano en la mejilla, el codo apoyado en el alféizar de una ojiva, ¿habrá exhalado un suspiro alguna mujer al rcruzar su imaginación la memoria de estas fechas?
¡Quién sabe!
¡Oh! Y si ha suspirado, ¿dónde estará ese suspiro? (16)
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(1) letargo: sueño amodorrado, estado de inconsciencia.
(2) Convento de Santa Isabel.
(3) grifos: animales mitológicos que de medio cuerpo para arriba son águilas y para abajo leones.
(4) de relumbrón: llena de oropeles y de vestidos más aparentes en vistosidad que valiosos.
(5) Obsérvese el gran sentido del color que poseía Bécquer; esta descripción de luces de colores que se mezclan y confunden es un gran acierto de arte impresionsita. ...Esto es lo que le comentaba, Fausto, por si lo lee.
(6) sitial: asiento noble, propio para ceremonias.
(7) luengas: largas; es arcaísmo.
(8) ropas talares: vestimentas largas que llegan hasta el suelo.
(9) Otra magnífica evocación pictórica de orden impresionista; esta vez sobre fondo oscuro. La observación relativa a Rembrandt se refiere a los efectos de claroscuro, propios de este pintor. ...Otro más, Fausto.
(10) capas pluviales: capas que usan los prelados en las ceremonias religiosas.
(11) silfa: sílfide; la forma silfa no es la común, y está formada probablemente sobre silfo, espíritu del aire, nombrado en la literatura inglesa.
(12) Obsérvese la sostenida interrogación, tan extensa y, sin embargo, tan armoniosa en el despliegue de sus miembros gramaticale; ésta es la vía de la prosa poética, aquí más patente por el uso retórico del tono interrogativo en cuanto al ritmo de la exposición.
(13) Es el Salmo 129: "Desde lo más hondo, Te llamo, Señor..."
(14) Es el comienzo de la secuencia de Tomás de Celano que se dice en la misa de difuntos: "Día de ira, aquel día..."
(15) Otra vez usa dintel (la parte alta de la puerta) por umbral (la parte baja). Antes usó bien la palabra.
(2) Convento de Santa Isabel.
(3) grifos: animales mitológicos que de medio cuerpo para arriba son águilas y para abajo leones.
(4) de relumbrón: llena de oropeles y de vestidos más aparentes en vistosidad que valiosos.
(5) Obsérvese el gran sentido del color que poseía Bécquer; esta descripción de luces de colores que se mezclan y confunden es un gran acierto de arte impresionsita. ...Esto es lo que le comentaba, Fausto, por si lo lee.
(6) sitial: asiento noble, propio para ceremonias.
(7) luengas: largas; es arcaísmo.
(8) ropas talares: vestimentas largas que llegan hasta el suelo.
(9) Otra magnífica evocación pictórica de orden impresionista; esta vez sobre fondo oscuro. La observación relativa a Rembrandt se refiere a los efectos de claroscuro, propios de este pintor. ...Otro más, Fausto.
(10) capas pluviales: capas que usan los prelados en las ceremonias religiosas.
(11) silfa: sílfide; la forma silfa no es la común, y está formada probablemente sobre silfo, espíritu del aire, nombrado en la literatura inglesa.
(12) Obsérvese la sostenida interrogación, tan extensa y, sin embargo, tan armoniosa en el despliegue de sus miembros gramaticale; ésta es la vía de la prosa poética, aquí más patente por el uso retórico del tono interrogativo en cuanto al ritmo de la exposición.
(13) Es el Salmo 129: "Desde lo más hondo, Te llamo, Señor..."
(14) Es el comienzo de la secuencia de Tomás de Celano que se dice en la misa de difuntos: "Día de ira, aquel día..."
(15) Otra vez usa dintel (la parte alta de la puerta) por umbral (la parte baja). Antes usó bien la palabra.
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Como en otras ocasiones, Bécquer nos deja la cifra de lo que pudiera haber sido "una novela más o menos sentimental o sombría", un poco en la línea de la novela gótica (como se llamaba a los relatos de terror que ocurrían en conventos con evocación de amores y muertes), sólo que menos estrepitosa y más creíble. Al leer, no sabemos si lo que cuenta le pudo haber sucedido en la realidad.
Para mí, ha quedado para la posteridad esa frase que ha dedicado a las mujeres: "...aquella mujer, hermana de las flores, como todas las mujeres." ¡Qué bonito! ¿Qué les pareció? Es una historia muy bien armada, y el título no podía ser mejor... Tres fechas... que no nos dice... Pero averiguando, volviendo a la "prosáica realidad" jijijiji, Bécquer hizo estos viajes a Toledo durante su juventud, y se sitúan la primera en la primavera de 1855 (acaso el 1 de marzo), la segunda al final del verano del mismo año (hacia septiembre) y la tercera en la mitad del otoño de 1856. Bécquer tenía, pues, diecinueve, y veinte años; las tres fechas corresponden también al ciclo del año: primavera, verano y otoño, en una secuencia acorde con lo que se cuenta en cada una de ellas... y acorde a la impresión que le da Toledo en cada visita... el ambiente que describe, todo. ¿Lo notaron?
¡¡Besos a todos!! Y hasta mañana...
¡¡Besos a todos!! Y hasta mañana...
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